El Premio Innovación de PwC en Uruguay alcanza su séptima edición en un contexto en el que la innovación gana peso como elemento clave para la competitividad empresarial. La iniciativa busca reconocer a organizaciones que desarrollan e implementan soluciones con impacto y, al mismo tiempo, ofrecer una radiografía del estado del ecosistema innovador local.
La edición 2026 vuelve a poner el foco en un ámbito que viene mostrando señales de madurez: más postulaciones en los últimos años, proyectos cada vez más sofisticados y una creciente conexión con mercados globales. Con el respaldo de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Búsqueda, el premio busca reconocer e impulsar iniciativas que marcan el pulso de esta evolución.
La convocatoria está abierta a empresas públicas y privadas, así como a otras organizaciones instaladas en Uruguay, sin distinción de sector, que hayan implementado mejoras significativas en sus modelos de negocio, procesos o tecnologías. La postulación no tiene costo y se realiza en dos etapas: una primera instancia de inscripción y una segunda de profundización, donde se presenta el desarrollo completo de la iniciativa.
Detrás de la selección hay un jurado diverso que reúne representantes del sector público, la academia, el ámbito empresarial y los medios. Esa heterogeneidad incide de manera directa en cómo se evalúan los proyectos. “La innovación es, por definición, transversal, y eso se refleja en el jurado. Esa diversidad —con representantes del BID, ANII, Udelar (Universidad de la República), PwC y Búsqueda— enriquece muchísimo la evaluación, porque nos permite analizar cada proyecto desde múltiples dimensiones: impacto, viabilidad, mercado y aporte al país”, dice Marieke Goettsch, presidenta del jurado.
“Uno podría esperar visiones muy divergentes, pero en la práctica suele haber bastante consenso. Eso habla de la calidad de los proyectos y de que los criterios están bien definidos”, señala. Las diferencias aparecen, pero en casos puntuales. “Cuando sucede, son discusiones muy ricas que ayudan a afinar aún más la decisión final”.
El premio distingue dos universos distintos: empresas con proyectos ya en marcha y start-ups en proceso de consolidación. Y esa diferencia no es menor a la hora de evaluar. “En la categoría general, valoramos especialmente que la innovación ya esté operativa y haya demostrado resultados concretos. En cambio, en start-ups, el foco está más en el potencial: la factibilidad, el mercado al que apunta, la solidez del equipo y el impacto que podría alcanzar”, explica.
Cuando los proyectos llegan parejos al final, el criterio técnico deja lugar a una variable más difícil de cuantificar: el impacto. “Suele pesar mucho cuánto realmente cambia las cosas. También valoramos la originalidad dentro del contexto local y, en algunos casos, el hecho de que sean postulantes nuevos, que amplían y dinamizan el ecosistema”, agrega.
Ahí aparece uno de los puntos más discutidos cada año: qué significa innovar. Para el jurado, no se trata necesariamente de inventar algo único. “La innovación no necesariamente tiene que ser inédita a nivel global, sino que introduzca novedad y valor en el contexto local. Puede ser un producto, servicio, proceso o modelo que transforme la forma de hacer las cosas en Uruguay”, plantea Goettsch.
Ese enfoque ayuda a entender por qué el premio logra captar una foto bastante fiel del momento que atraviesa el ecosistema. Y esa foto, según el jurado, viene cambiando. “No solo aumentó la cantidad de postulaciones, sino también la calidad. Se ve un entorno cada vez más maduro, con proyectos más sofisticados, mayor ambición y mejor conexión con mercados globales”, dice.
El reconocimiento, en ese contexto, funciona más como amplificador que como punto de llegada. “Es difícil atribuir el crecimiento directamente al premio, pero sin duda ayuda mucho en visibilidad. Los proyectos ganadores y finalistas tienen una gran exposición en medios y redes, y además el evento genera un espacio de networking muy valioso que abre puertas”, sostiene.
De cara a esta edición, se consolida un nivel de exigencia alto. Más allá de la calidad de las ideas o la ejecución, el diferencial sigue estando en la capacidad de producir cambios concretos. “Me entusiasman especialmente las innovaciones que combinan un modelo de negocio sólido con la capacidad de resolver problemas relevantes de nuestra sociedad. Proyectos que no solo sean innovadores, sino que también generen impacto real —ya sea en sostenibilidad, inclusión o productividad— y tengan potencial de escalar”, resume.
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La lógica detrás de innovar
La experiencia acumulada en las distintas ediciones del premio, dejó una certeza para Richard Moreira, socio principal de la firma: en Uruguay se innova más de lo que se ve. Esa innovación adopta múltiples formas. Algunas son más visibles, como las tecnológicas que derivan en nuevos productos y servicios. Otras, en cambio, son más silenciosas y están vinculadas a procesos industriales o a mejoras en las cadenas de valor, pero resultan igual de significativas.
A la hora de distinguir qué implica realmente innovar, Moreira marca una diferencia conceptual relevante. “La empresa adaptativa reacciona; la innovadora redefine el entorno”, resume. Mientras la adaptación permite sostener competitividad dentro de reglas ya establecidas, la innovación supone ir un paso más allá: crear valor donde antes no lo había, alterar expectativas y, en definitiva, “desplazar el eje”.
En ese marco, el premio —subraya— no fue concebido como una competencia en sentido estricto, sino como un espacio para visibilizar y compartir experiencias. “La innovación es, sobre todo, un aprendizaje acumulado que enriquece a los equipos”, afirma, y destaca el valor de promover ámbitos donde esos procesos puedan ponerse en común.
Esa mirada también se refleja en la diversidad de sectores que hoy muestran potencial innovador en el país. Desde la biotecnología y los servicios digitales hasta la producción agropecuaria, la logística, la sostenibilidad o la inteligencia artificial, el abanico es amplio y dinámico. “En esto, la geografía digital no tiene fronteras: el límite, a veces, somos nosotros mismos”, señala.
De cara a la nueva edición, las expectativas se mantienen en línea con la tendencia de los últimos años: un crecimiento sostenido tanto en cantidad como en calidad de postulaciones. “Cada vez hay más empresas que se presentan”, afirma Moreira, y concluye que la comunidad innovadora necesita espacios como este para dar a conocer sus avances y consolidar un ecosistema que sigue ganando densidad.
Moreira destaca, además, la satisfacción de ver cómo empresas y start-ups que se han postulado lograron crecer a partir de su participación, con procesos de internacionalización, acceso a rondas de inversión y una mayor proyección. En ese contexto, el premio funciona como una plataforma que no solo reconoce, sino que también impulsa trayectorias dentro de un ecosistema en expansión.