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    A la deriva

    Sr. director:

    Cuando la corriente toma el control

    “La peor forma de injusticia es pretender parecer justo sin serlo”.

    Platón, República, Libro II

    Algunos libros envejecen con nosotros; otros, en cambio, parecen esperarnos. Descubrí los cuentos de Horacio Quiroga en mi lejana niñez y aún hoy conservo intactas las imágenes que despertaron entonces. Con los años comprendí que no eran solo relatos de la selva, de amor, de locura ni de muerte: eran profundas metáforas sobre la condición humana. Y pocas veces esa certeza volvió a mí con tanta fuerza como al releer el cuento A la deriva.

    La historia es conocida. Su protagonista, Paulino, un hombre curtido por la vida en la selva misionera, es mordido por una yararacusú, una de las serpientes más venenosas de la región. Consciente de la gravedad de la herida, aborda una canoa y comienza a descender por el río Paraná con la esperanza de alcanzar ayuda antes de que el veneno haga su trabajo. Durante el trayecto alterna momentos de desesperación con una creciente sensación de alivio. Cree que el dolor disminuye, imagina que podrá salvarse y continúa navegando convencido de que aún conserva el control de su destino. Pero el lector comprende, mucho antes que él, que esa aparente mejoría no es otra cosa que el último efecto del veneno antes de la muerte. Mientras Paulino sigue remando, ya no es él quien conduce el viaje: es el río el que lo lleva inexorablemente hacia su final.

    La tragedia del cuento no reside únicamente en la mordedura. Reside en ese viaje silencioso. En esa lenta deriva donde todo parece conservar su apariencia mientras la vida se extingue imperceptiblemente. El río continúa su curso con absoluta indiferencia. La selva no se inmuta. Nada anuncia el final, salvo una sensación creciente de que ya no existe regreso posible.

    La política, como la literatura, conoce esas derivas.

    Las grandes crisis no nacen de grandes escándalos. A veces, basta un episodio aparentemente menor que quiebra aquello que ningún gobernante puede darse el lujo de perder: la confianza.

    El poder no se sostiene únicamente sobre normas o mayorías parlamentarias. Descansa, sobre todo, en una autoridad moral y el liderazgo que permite conducir, persuadir y generar certezas. Cuando esa autoridad comienza a resquebrajarse, cada decisión posterior deja de evaluarse por sus propios méritos y pasa a interpretarse a la luz de la desconfianza acumulada.

    Es entonces cuando aparecen los síntomas. Y ya sabemos la historia, las explicaciones llegan tarde, las versiones se contradicen, quienes deberían cerrar filas parecen hablar lenguajes distintos y surgen silencios que pesan más que las palabras.

    La agenda deja definitivamente de pertenecer al gobierno y pasa a ser dictada por los acontecimientos.

    Poco a poco, la iniciativa política se desvanece. El liderazgo comienza a confundirse con la administración de la crisis. El rumbo se vuelve incierto y el clima que rodea al poder adquiere una extraña atmósfera de resignación, como si todos advirtieran que algo esencial se está perdiendo, aunque nadie encuentre la manera de nombrarlo.

    En el cuento de Quiroga hay un momento especialmente conmovedor. Paulino cree sentirse mejor. El dolor parece disminuir. El alivio lo invade. Pero el lector sabe que esa calma no anuncia la recuperación.

    Es el último espejismo antes del desenlace.

    También la política conoce la calma chicha: ese instante en que todo parece aquietarse, aunque la corriente continúe arrastrándolo todo. Y las crisis dejan de pertenecer al hecho que las originó y adquieren vida propia. Ya no importa solamente la decisión inicial. Importa la sucesión de vacilaciones, las respuestas contradictorias, la incapacidad para recuperar la iniciativa, la credibilidad resquebrajada y la creciente sensación de que el gobierno ya no conduce los acontecimientos, sino que es conducido por ellos.

    Ya el problema deja entonces de ser un episodio. Se convierte en un estado de ánimo.

    Y cuando un gobierno transmite incertidumbre y falta de certezas, esa incertidumbre termina extendiéndose hacia su partido, hacia sus aliados, a sus adversarios y, finalmente, hacia toda la sociedad.

    Quizá por eso el cuento de Quiroga conserva intacta su vigencia. No por su maravillosa fotografía de serpientes o de selvas, sino porque describe un mecanismo universal: el instante en que un hombre sigue creyendo que gobierna su destino mientras una fuerza invisible ya ha comenzado a decidir por él.

    Ningún presidente enfrenta hoy una yararacusú. Ningún gobierno navega por el Paraná. Pero la conducción política se encuentra frente al mismo riesgo: confundir el movimiento con el rumbo, creer que todavía basta con remar, cuando hace tiempo que es la corriente la que ha tomado el control.

    Y entonces, casi sin advertirlo, ya no es el presidente quien conduce el curso de los destinos nacionales, sino una corriente soterrada, la de las intrigas palaciegas, la de las luchas de poder y las influencias que operan en las sombras, la que termina dejándolo, simplemente, a la deriva.

    Gustavo Modernell