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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué nos está pasando? El otro día Uruguay quedó fuera del Mundial. Mi hijo, de ocho años, se puso a llorar desconsoladamente. Al principio no entendía muy bien qué le pasaba. Lo abracé y traté de consolarlo diciéndole que dentro de cuatro años habría otro Mundial. Pero, al mismo tiempo, no quería que empezara a sentir algo que muchos uruguayos venimos sintiendo desde hace demasiado tiempo: que Uruguay ya no da la talla.
Un niño de ocho años creció escuchando las hazañas de Luchito Suárez, Cavani, Pichichi Forlán, Godín, Lugano, el Ruso Pérez, Egidio Arévalo Ríos, Scotti, el Loco Abreu… Empiezo a nombrar aquella selección y eran todos cracks. Esa generación nos hizo creer que, aunque fuéramos pocos, podíamos competir con cualquiera.
Hoy vemos una selección que tiene potencial, pero no termina de despegar. Que conserva una historia enorme, pero le cuesta construir el presente. Que despierta expectativa antes de cada campeonato, pero se queda corta cuando llega el momento decisivo. Una selección que sigue compitiendo con dignidad, sí, pero una dignidad golpeada, sin hazañas, sin milagros y, sobre todo, sin resultados.
Mientras abrazaba a mi hijo, me pregunté si esa sensación de frustración era solamente futbolística. Y llegué a la conclusión de que no. ¿No será que la selección es también un reflejo del Uruguay?
Hace apenas un siglo organizábamos el primer Mundial, construíamos el Estadio Centenario en tiempo récord y conquistábamos la Copa del Mundo. Éramos un país pequeño que hacía cosas enormes. Hoy seguimos llegando a los mundiales, pero nos vamos temprano. Y muchas veces sentimos vergüenza, impotencia y tristeza.
¿No nos está pasando algo parecido como país? Tenemos cerca de 200.000 compatriotas viviendo en asentamientos. Más de la mitad de nuestros jóvenes no logra culminar la educación media. Según Unicef, alrededor de dos tercios de los estudiantes acumulan inasistencias que comprometen seriamente su trayectoria educativa. Cada día nos despertamos con la noticia de un nuevo homicidio. La droga destruye familias enteras, sobre todo a las más vulnerables. Eso también es perder.
Y frente a todo esto solemos preguntarnos: ¿quién tiene que solucionarlo? La respuesta es sencilla: la sociedad organizada políticamente. En una democracia republicana, la herramienta que tenemos para cambiar las cosas es la política. No hay otra. Ni queremos otra.
Pero algo está fallando. Faltan grandes liderazgos capaces de marcar un rumbo y convocar a la sociedad detrás de objetivos comunes. Y también faltan gobernantes que comprendan que el ejemplo es una forma de ejercer autoridad. Cuando quienes deben representar lo mejor de la República terminan siendo noticia por conductas que avergüenzan a la ciudadanía, el daño institucional es enorme.
Sin embargo, hay algo que en los últimos meses me preocupa todavía más. He escuchado a dirigentes políticos cuestionar la meritocracia. Primero fue una senadora del oficialismo. Luego, una colega en el Parlamento. Y eso me hizo pensar que quizá ya no se trata de una opinión aislada, sino de una idea que empieza a instalarse en el debate público.
Y ahí sí creo que tenemos una batalla cultural por dar. Porque atacar la meritocracia es atacar uno de los pilares sobre los que se construyó Uruguay.
La meritocracia no significa desconocer que existen desigualdades de origen. Claro que no todos nacen en las mismas condiciones. Hay quienes enfrentan mayores dificultades económicas, familiares o sociales. Precisamente por eso el Estado tiene la obligación de garantizar igualdad de oportunidades mediante una educación pública de calidad, acceso a la salud, seguridad y políticas sociales eficaces.
Pero una cosa es procurar igualdad de oportunidades y otra muy distinta es negar el valor del mérito. La meritocracia parte de una idea sencilla: cuando las oportunidades existen, el esfuerzo, el talento, la dedicación y la responsabilidad deben ser reconocidos.
Nuestra propia Constitución lo dice con extraordinaria claridad en su artículo 8: “Todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”. No habla de privilegios. Habla de talentos y de virtudes. El talento puede ser una habilidad natural. La virtud, en cambio, también es una decisión cotidiana: levantarse temprano, estudiar cuando otros descansan, trabajar con responsabilidad, perseverar cuando las cosas se ponen difíciles, prepararse, asumir responsabilidades. Eso también merece reconocimiento.
Quien dedicó años a formarse, quien sacrificó tiempo y esfuerzo para alcanzar una profesión o desarrollar un oficio, quien trabaja con honestidad y constancia tiene derecho a que ese esfuerzo sea valorado. No porque valga más como persona, sino porque una sociedad progresa cuando premia el mérito y no el privilegio. Lo contrario conduce inevitablemente a una sociedad donde da lo mismo esforzarse que no hacerlo. Y ese no es el Uruguay que quiero para mis hijos.
Si hoy sentimos que la selección perdió parte de aquella mística que la hizo grande, quizá sea porque el país también ha ido perdiendo parte de la suya.
La solución no pasa por resignarnos ni por bajar las exigencias. Pasa por recuperar una cultura del esfuerzo, de la responsabilidad, del mérito y del ejemplo. Porque los países, igual que las grandes selecciones, no vuelven a ganar por casualidad. Vuelven a ganar cuando recuperan la convicción de que vale la pena dar lo mejor de cada uno.
Ojalá que dentro de cuatro años, cuando vuelva a rodar la pelota en otro Mundial, mi hijo no solo vea una selección que vuelve a competir de igual a igual. Ojalá también vea un Uruguay que haya decidido volver a creer en sus talentos, en sus virtudes y en el mérito como camino para recuperar la grandeza que alguna vez lo distinguió.
Juan Martín Jorge
Representante nacional
Partido Colorado