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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáComo consumidor habitual de medios informativos, hace tiempo me acompaña una inquietud que he querido analizar con mayor objetividad. Mi impresión, que busco aquí objetivar, es que gran parte de lo que se informa sobre el sistema político uruguayo gira en menor medida en torno a los temas estructurales que verdaderamente definen nuestro futuro (como economía, seguridad, salud o educación) y más en torno a temas que pueden considerarse como complementarios (disputas internas, actos protocolares, declaraciones coyunturales, etcétera).
Los temas estructurales no son una creación de los analistas ni un capricho técnico: son los que determinan la calidad de vida, las oportunidades, el crecimiento y la cohesión social a largo plazo. Según la más reciente encuesta de Factum (agosto 2025), la seguridad es la principal preocupación del 46% de los uruguayos, seguida del trabajo (11%), la educación (6%) y la economía (6%). Y los políticos lo saben: en cada campaña electoral, estos asuntos ocupan el centro de sus discursos y promesas, presentados en esa oportunidad como compromisos ineludibles e impostergables.
La pregunta que me hice, y que motiva esta carta, fue: ¿a qué dedica realmente su tiempo el sistema político? ¿Esa centralidad que a veces se declara en torno a los temas estructurales se refleja efectivamente en el tiempo y la energía que el sistema político les dedica?
Para intentar responder estas preguntas, utilicé herramientas de inteligencia artificial para analizar todos los titulares que mencionaban a actores políticos, publicados entre junio y setiembre de 2023, 2024 y 2025 en seis medios nacionales (El País, El Observador, la diaria, Subrayado, Montevideo Portal y Búsqueda). En total, se analizaron 603 titulares, clasificados en dos grandes categorías según su contenido: 1) temas estructurales: economía, seguridad, salud y educación, y 2) temas complementarios: disputas partidarias, actos protocolares, actividades culturales y deportivas, viajes oficiales, declaraciones sin contenido programático, etcétera.
También clasifiqué el tono de cada titular como positivo, negativo o neutro, según el lenguaje y el contexto. Por ejemplo, “Gobierno trabaja nueva estrategia nacional para personas en situación de calle” fue considerado positivo, mientras que “Auersperg tras comparecencia de Civila: el Mides reaccionó tarde y era el que debía hacerse cargo y no el Sinae” fue clasificado como negativo.
Los resultados fueron consistentes y respaldan la hipótesis planteada: aproximadamente dos tercios de las menciones en medios de actores políticos se vincularon con temas complementarios, con mínima variación entre los tres años analizados (65% en 2023, 66% en 2024 y 67% en 2025). Dentro de los temas estructurales, más de la mitad se abordaron con tono crítico o reactivo (51% negativo), mientras que solo aproximadamente un tercio se centró en propuestas concretas o visiones a largo plazo (37%).
Más allá de los números, lo que estos datos sugieren es preocupante. Si lo que se comunica en los medios refleja, aunque sea parcialmente, en qué se concentra el tiempo del sistema político, entonces estamos ante una dinámica en la que la energía parece volcarse más en la confrontación que en la construcción. Algunos episodios recientes rozan lo absurdo, como la intención de citar a un ministro por la restricción del uso del facón en un evento ecuestre.
Cuando la política se transforma en un escenario de enfrentamientos y búsqueda de protagonismos centrados en temas secundarios, los problemas estructurales del país corren el riesgo de quedar relegados, invisibilizados ante la ciudadanía y postergados en la acción. No se trata de negar que lo secundario tenga su lugar. Pero si los temas estructurales no ocupan el centro del tiempo político, difícilmente puedan ocupar el centro de la agenda política y corren el riesgo de quedar relegados, invisibles y sin solución.
Mi análisis no está exento de limitaciones: se basa exclusivamente en titulares, no incluye medios audiovisuales ni redes sociales, y la clasificación fue manual y subjetiva. Además, los titulares pueden no reflejar con precisión todo lo que hacen o comunican los actores políticos. Aun así, los resultados son lo suficientemente consistentes como para invitar a una reflexión colectiva sobre las verdaderas prioridades del sistema político uruguayo.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es solo “¿a qué dedica el tiempo nuestro sistema político?”, sino también “¿qué estamos dispuestos a exigirle que priorice?”. Porque un sistema político que dedica más energía a desprestigiar la propuesta ajena que a construir soluciones corre el riesgo de convertirse en un espectáculo improductivo, en el que lo urgente se posterga y lo importante se diluye.
Al final, el tiempo político es un recurso tan limitado como valioso, y cada hora invertida en lo irrelevante es una hora robada a lo importante. Y esas “horas robadas” no son inocuas: no solo revelan las prioridades de quienes nos gobiernan, sino que también moldean (para bien o para mal) el país que tendremos mañana.
Rodrigo Fresco