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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsistimos en estas semanas a diversas celebraciones que conmemoran el bicentenario de la independencia del Uruguay. Festejos que se iniciaron en 2011 y se extenderán hasta el 2030. Ese es el período que marca, hace dos siglos, la transición de la Banda Oriental a la República independiente. ¿Qué hay de nuevo hoy con respecto a celebraciones anteriores del centenario o del sesquicentenario? Nada más ni nada menos que una gran transformación cultural. Decía el filósofo Nietzsche (1844-1900), con su desdén por la Academia, que toda Historia no era más que un relato al servicio del poder. Menos radical, Benedetto Croce, pensador italiano (1866-1952), advertía que el relato es parte de la Historia.
Desde nuestro primer imaginario histórico nacional, construido a partir de 1860 con la inclusión del 25 de Agosto como fecha patria, hasta hoy, la narrativa histórica ha puesto el énfasis en distintos factores, de acuerdo a las necesidades del Estado nacional y al clima cultural dominante que la élite política e intelectual adhería.
Bajo el Gobierno de Latorre (1876-1880) se levantó el primer monumento de reivindicación histórica, el de la independencia nacional, en Florida (1879), y allí surgió la Leyenda Patria, de Zorrilla. Un año antes, Blanes dejaba para la posteridad su Juramento de los Treinta y Tres Orientales. Poco después, en 1883, la figura de Artigas devenida en Padre de la patria y “Fundador de la nacionalidad oriental” era motivo de una ley para la construcción del monumento en la plaza Independencia (que cristalizaría en 1923). A todo esto se sumaba una pléyade de intelectuales (políticos, historiadores, periodistas) que apuntaban en igual sentido.
Llegamos a 1930, en el cenit del orgullo nacional, y la Historia oficial nos ofrecía el panegírico de una voluntad general que desde siempre había luchado por esa independencia.
Veinte años después, generación del 45 presente, el relato oficial ya no tenía el consenso de otrora. El mundo de posguerra de la Segunda Guerra Mundial generaba un nuevo orden y la descolonización marcaba el surgimiento del tercer mundo. América Latina se sentía parte de él y la lucha por la independencia (o liberación) también la comprendía. Una historiografía regional y rioplatense ya había comenzado a desarmar la narrativa liberal unitaria, constructora del mapa político vigente, de un siglo atrás (Mitre y otros). En los nuevos enfoques aparecen con fuerza los imperialismos del presente (EE.UU.) y del pasado, el británico sobre todo. El surgimiento del Uruguay dejaba de ser el resultado del clamor de un pueblo para ser fruto de una diplomacia artera que buscaba en el Estado tapón asegurar el libre comercio para las necesidades de la naciente Revolución Industrial.
Ese relato, que tuvo su auge en los sesenta y setenta, luego entró en declive, aunque todavía genera ciertos adeptos seducidos al descubrir que la Historia oficial contenía ciertas mentiras piadosas (mitos). Inevitablemente, esa nueva corriente también había incurrido en interpretaciones polémicas y deformantes, con fines de estrategia política. En estos días se inauguró la película Ponsonbyland, que hubiera sido un escándalo hace 100 o 50 años. Hoy, el público que concurre a verla, en general poco informado, recibe una grata sorpresa inicial ante esta versión sui géneris no enseñada en las aulas, sensación que luego se diluye como si se tratara de una ficción más del cine. Es el mismo público que volverá a cantar con ímpetu guerrero el himno nacional cada vez que nuestra selección de fútbol (o similar) irrumpa en el césped de algún estadio. Las nuevas generaciones viven inmersas en esa cultura líquida (Bauman) del consumismo y del carpe diem; con sus inseparables celulares y sus navegaciones por el mundo (virtual o real) esta temática y sus celebraciones poco importan en sus preocupaciones cotidianas.
Para terminar, y tomando en cuenta la cultura global que nos rodea, creemos que ha sido una decisión acertada que la comisión encargada de los festejos del Bicentenario, centrada en el proceso 1825-1830, haya incluido en estas celebraciones una variada gama de historiadores, intelectuales y figuras de la cultura y del arte, con diferentes interpretaciones y sensibilidades, para seguir aportando nuevos elementos y enfoques a la conmemoración señalada. En definitiva, la Historia siempre estará en construcción atendiendo a las demandas que las sucesivas generaciones planteen.
Mauro Manini
Docente de Historia en enseñanza media