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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCreo que en Uruguay nos hemos acostumbrado peligrosamente a convivir con un clima de violencia generalizada. Nos hemos acostumbrado al odio, al machismo, a la violencia y, peor aún, a la impunidad. Nos hemos acostumbrado a escuchar explicaciones, justificaciones y discursos que parecen destinados a convertir lo intolerable en cotidiano.
Y frente a los hechos de público conocimiento creo que corresponde detenernos un momento y hacernos algunas preguntas incómodas: ¿hacia dónde vamos? ¿Cuál es el rumbo que estamos tomando? ¿Qué sociedad queremos construir? ¿Y qué estamos dispuestos a dejarles a quienes vienen detrás?
Porque también debemos preguntarnos hasta dónde llega el poder. Hasta dónde llega la violencia. Hasta dónde llega la impunidad.
Desde distintos sectores políticos se ha sostenido que determinadas situaciones no pueden preverse ni controlarse. Pero hay algo que no deberíamos aceptar como inevitable: la violencia no puede ser una fatalidad. Puede y debe ser combatida, prevenida cuando sea posible, contenida cuando sea necesario y, cuando corresponde, sancionada con toda la firmeza de la ley.
Por favor, no normalicemos que una estudiante sea atacada en pleno día, en su propio lugar de estudio. No normalicemos que una persona conduzca bajo los efectos de estupefacientes y lleve consigo a tres menores que estaban bajo la tutela del Estado, y que la institución (también del Estado) a la que pertenece sostenga que el hecho se dio en la vida privada de este y que por eso no se tomarán medidas inmediatas.
No normalicemos lo que no debería ser normal. Hagamos algo como sociedad. Dejémonos de discursos vacíos y de políticas que muchas veces parecen más preocupadas por exhibir consignas que por ofrecer soluciones.
Y sí: basta de políticas de género que no producen resultados reales. Apostemos de verdad por las niñas, por las adolescentes y por las mujeres de este país. Ellas merecen mucho más que discursos. Merecen educación, cuidado, protección, justicia y libertad.
Apostemos a la educación. Apostemos a la prevención. Apostemos al cuidado. Apostemos a la protección efectiva de los derechos humanos.
Porque una sociedad que se acostumbra a la violencia termina acostumbrándose también a la injusticia.
Y no deberíamos resignarnos a ninguna de las dos.
Manuela Pessano Gamarra