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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi usted tiene la mala suerte de pinchar la rueda del auto en medio de un viaje, es comprensible que recurra a una solución rápida para llegar a destino. Pero, más pronto que tarde, sabe que tendrá que cambiarla. Resulta que los gobiernos saben con certeza cuándo termina su viaje, y al parecer al sistema político no le da vergüenza proponer soluciones que se saben cortoplacistas y que volverán a ser un problema en no mucho tiempo.
Porque la naturaleza de la reforma de la “caja de profesionales” —para tapar el agujero del insostenible sistema de reparto— y el reciente gravamen a las compras en Temu, para que los importadores ganen en competitividad, sobre todo si se toma en cuenta que en Uruguay es más caro manejar hasta el puerto a retirar una importación que pedir el mismo producto en la web china a la puerta de casa —véase peso e ineficiencia del sector no transable, indexación crónica, etc.—, son ejemplos de soluciones parciales que eluden atacar los temas de fondo y realizar las transformaciones que el país necesita.
Y es que resulta de alto rédito político no cambiar nada. Los dos proyectos que disputaron el balotaje se decían “la continuidad” o “el cambio seguro”, ambos abrazados al statu quo; cuesta encontrar otra razón que no sea idiosincrática en el terror a los cambios profundos.
Cabe aclarar que no es el cambio solo por el cambio. Si viviéramos en un país que crece a tasas de convergencia, con alta inversión, un ecosistema emprendedor pujante, mayor productividad y capitalización, no estaría mal mantener todo como está. Pero lo cierto es que todos parecemos estar de acuerdo en que el país necesita un cambio de rumbo, independientemente de quien gobierne.
A veces merodean algunos, como la tan postergada y necesaria reforma del Estado, donde parece haber un cierto grado de acuerdo, pero nadie se anima a tomar al toro por las astas. Personalmente creo que hay otras más importantes, como una reforma laboral hacia un mercado de trabajo más moderno o la desmonopolización de los combustibles. Ambas están dirigidas a disminuir el nivel de precios y el desempleo, pero son solo dos en la gran lista de reformas hacia un país más similar a su no tan recordado pasado liberal de verdad.
No se puede tapar el sol con un dedo. Al Uruguay le aquejan problemas desde hace largo rato y las reformas suelen ser efímeras. Conocemos la fecha de caducidad de ciertas medidas, momento en el cual se tendrá que encontrar otro parche. ¿Nadie quiere cambiar las cosas? ¿Nadie está dispuesto a tocar intereses y privilegios? ¿Hasta cuándo se puede tirar la pelota para adelante?
Aqueja que los liderazgos dentro de los partidos tradicionales se vean al espejo y dejen de convertir a los que en un momento fueron símbolos de libertad, valores y orden en simples vehículos hacia el poder: partidos de gestión. Claro, si desean que realmente algo cambie. Por añadidura, tal vez la gente volvería a creer en la política; tal vez volverían a revolear las banderas y decir con verdadero orgullo que son de un partido. En su defecto, se puede volver a decir que el Uruguay es así y el que dice lo contrario no entiende al país.
I. Fontes