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    El Partido Nacional I

    Sr. director:

    El Partido Nacional tiene planteada una autocrítica desde el día siguiente a la derrota electoral: ¿por qué se perdió una elección para la cual las condiciones del país auguraban una mesa servida para la victoria? En realidad, lo efectivamente planteado fueron modos y pretextos para postergar esa necesaria autocrítica. Las tensiones o reproches que se quisieron desactivar con la postergación solo produjeron lo previsible: más tiempo de incubación.

    Ahora se ha conocido el informe de una empresa contratada para explicar la derrota. Yo he escrito sobre eso unas cuantas veces a lo largo de muchos meses. Creo que mi diagnóstico sea mejor, fue publicado antes y es gratis. Tiene, además, la ventaja que puede condensarse en una frase: el Partido Nacional perdió estas elecciones porque nunca se dio cuenta de por qué o con base en qué había ganado las anteriores, cinco años atrás. Empecé con este tema en abril de 2021 (“Serán atendidos”, Voces). A continuación, un resumen.

    El gobierno de Lacalle Pou, a los 15 días de asumir, tuvo que enfrentar una amenaza sanitaria mundial: en consecuencia, todos los preparativos y planes de gobierno quedaron instantáneamente en suspenso. El gobierno, urgido, da una respuesta. No es una respuesta sanitaria, es un planteo de fondo, un decirse a sí mismo del gobierno en términos básicos, generales. A lo que le sucede que la población, los uruguayos, así lo entienden. El Uruguay oyó dos voces ante la pandemia: cuarentena obligatoria y libertad responsable, acá no se apagan los motores de la economía. Los motores aludidos no son las empresas públicas: son los 1.000 emprendimientos de los uruguayos.

    En esa instancia inicial, sorpresiva y que obliga al gobierno a postergar todo lo previsto, fue puesto inesperadamente en tela de juicio o bajo cuestionamiento un paradigma fundamental de este país (“Algo pasó en Uruguay”, El País, 5/10/2023). Como todos sabemos, el Uruguay moderno se construyó sobre la matriz batllista. Con el tiempo, y ley de entropía mediante, aquello vino a dar en lo que Real de Azúa llamó “impulso y freno a la vez”. Lo cito: “El batllismo creó el Estado moderno uruguayo generando un habilidoso arbitraje entre partido y Estado que hacía a nuestra sociedad desdeñosa de todo cambio de estructura y de todo impulso radical y valeroso, ya que todo reclamo tiene aparentemente el destino de ser oído y atendido” (el subrayado es mío). Esto mismo fue aludido por Methol al decir que el Uruguay es un país de comensales y, más recientemente, Javier de Haedo y mi hermano Ignacio lo han caracterizado como el pacto de la penillanura, término que usaré en adelante por motivos de concisión.

    En ese momento casi inaugural del gobierno de Lacalle Pou se produce un primer atisbo de quiebre en el sentido común nacional. Se empieza a hablar otro idioma, se comienza a generar otro imaginario social, ya no más de comensales pidiendo ser atendidos por el gobierno. Ese es el comienzo de un cambio enorme: el gobierno altera las expectativas antiguas, casi tradicionales, casi sello de la uruguayez y, al hacerlo, en vez de castigo pasa a tener 60% de aprobación popular.

    Esto, que ocupa pocos renglones, es/fue un cambio sustantivo en lo que suele llamarse “el sentido común nacional”. Los cambios en el imaginario de la sociedad no son bruscos, son procesos. Lo importante, lo decisivo, es el comienzo, el primer paso, el desprendimiento inicial. Ese primer desplazamiento tuvo lugar en un número suficiente de uruguayos como para ser un desplazamiento del Uruguay. Claro que a esos pasos iniciales hay que darles nombre, ponerles letra, claves de lectura, palabra, relato, identificación. Si no adquiere-recibe un relato, eso se muere, se marchita. Se muere porque la sociedad no tiene elementos para interpretar qué le está pasando.

    Ese desplazamiento inicial no fue una viaraza del momento, oscilación de un pueblo sorprendido y asustado por la pandemia. Dos años después, los conservadores del antiguo paradigma, convencidos de la validez del pacto de la penillanura, se lanzaron a juntar firmas y convocaron a un plebiscito contra la LUC (Ley de Urgente Consideración). Y pierden. Insisten dos años después en un terreno ideal para el retorno del pacto de la penillanura: la reforma jubilatoria que les ofrecía un terreno en el que el costo político de desafiar lo establecido sería insoportable. Y resultó que el costo político estaba en oponerse a la reforma y no en sostenerla. Y ese plebiscito también fracasó. (“Interpretar este Uruguay”, El País, 28/6/2024)

    Se había instalado otra expectativa y esa expectativa no era algo de las encuestas de opinión: habían sido sendos actos ratificados con control de la Corte Electoral. Pero faltaba ponerle letra, convertirla en un pronunciamiento político, hacerla palabra, verbo, discurso. La dirigencia ni tomó cuenta cabal del cambio ni, mucho menos, se dedicó a ponerlo en palabras y hacerlo políticamente inteligible.

    Cuando finalmente llega el tiempo de la campaña electoral, la dirigencia se abocó a trabajar en ella como si nada de lo anterior hubiese sucedido, como si el Uruguay al que iban a convocar electoralmente fuese el mismo del año 2020, como si ese Uruguay no hubiese respondido en dos plebiscitos a otro tipo de invitación, como si no hubiese dado muestras de haber entendido otro idioma político y aceptado otro tipo de envite, como si no hubiese dado muestras suficientes de entender y adoptar otro idioma, otro tipo de compromiso.

    No solo se encaró la campaña electoral con base en otro tipo de evocaciones, sino que se puso visible cuidado en tomar distancia de todo aquello novedoso de la reciente experiencia previa. El candidato hizo cuestión de enfatizar sus condiciones de componedor y acuerdista —que las tiene— en vez de mostrarse portador de aquella invitación original, distante del viejo pacto de la penillanura. A aquel Uruguay que había entendido y dado respuesta a una invitación política distinta, en un idioma político distinto, se le volvió a hablar en el lenguaje de a penillanura. Tan fuerte resonó en la cabeza de la dirigencia la convicción de que el Uruguay esencial era el de la medianía que hasta bautizaron como DCentro a una agrupación. (“Buscando entender”, El País, 8/12/2024).

    Como consecuencia de todo esto, aquel Uruguay, que era un poquito más de la mitad, que había respondido con su voto en dos plebiscitos y con su opinión favorable en numerosas encuestas a lo largo del período, ese Uruguay se encontró con que ya nadie le hablaba en aquel idioma político de libertad responsable, con el cual se había sentido interpelado y se había dispuesto animosamente a seguir dialogando políticamente y construyendo en esa gramática sus proyectos nacionales y personales. Y entonces se fue; se volvió al territorio del pacto de la penillanura. ¿Hay algo más parecido al pacto de la penillanura que Orsi?

    El Partido Nacional perdió estas elecciones porque nunca se dio cuenta de por qué había ganado las anteriores y por qué le había ido bien al gobierno en todo el tiro. Cualquier análisis del resultado electoral que no haya tenido esto en cuenta no es más que un rejuntado de frases comunes.

    Juan Martín Posadas

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