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    El proyecto de ley de eutanasia

    Sr. director:

    Debido a que anteriormente se me ha permitido utilizar este espacio para expresarme, agradezco que pueda volver a hacerlo para referirme al tema de la eutanasia. Hoy lo hago con profundo dolor al recordar un libro, por pocos conocido, escrito en 1850 por Alejandro Dumas, que lleva por título Montevideo o la Nueva Troya. En él, el autor se refiere al enfrentamiento en nuestro país entre la civilización y la barbarie. Eran los días en los que, dice Dumas, tuvo lugar “la primera moneda fundida de la República, que contenía solo estas palabras: asedio de Montevideo”.

    Hoy, cuando escuchamos que un diputado se refiere a tomar ejemplo de los Países Bajos y de Bélgica respecto a la eutanasia, nos recordó lo que expresaba Dumas al respecto. Decía que en esos días “Montevideo (...) era símbolo del orden, la esperanza de la ‘civilización’, (...) último asilo de la humanidad, (...) contra un poder antisocial que ascenderá destruyendo (...) la incubación europea”. El actual “engaño”, en la Nueva Troya del siglo XXI, nos lleva a recordar el reclamo que hacía el autor al pedir “a la civilización un apoyo para el triunfo de la misma (…) —sin dejar que ese su— (...) último grito sea inútil y se pierda en el vacío”. Se refería a esa civilización, entendida sin distingos de situaciones personales diversas, que lleve a valorar de modo diferente la referencia moral al valor humano, definido a partir de su vida.

    A propósito del “engaño” inducido en estos días en todos esos argumentos en favor de lo que Kevorkian llamó medicidio, es preciso reconocer que es una falacia plantear como una alternativa la solidaridad con el que sufre. Con la asistencia para suprimir su sufrimiento, sin poner fin a su vida. A propósito de ello, Dumas en su relato destacaba que entonces “no había día en que ninguna familia de Montevideo, durante ese largo asedio, no llegase a vestir de luto”. Sin embargo, ello no impedía la asistencia hasta las últimas consecuencias, aliviando el dolor de los que sufrían, cuando “no solo los médicos prestaban desinteresadamente sus servicios (…), —sino que— (…) las señoras (…) lo hacían para velar religiosamente a la cabecera de los enfermos”. No se hacían distingos de ningún tipo, tampoco en el plano socioeconómico, precisamente porque se partía de no hacer distingos en el valor de referencia de la vida humana. En esa tarea común no se hacía distinción entre ocupaciones de tipo profesional, ni de sexo, ni de edad, ni de otro tipo. En esos días, en que se defendía la civilización contra la barbarie, “todo hombre fuese soldado u oficial” se involucraba en la misma defensa, que era la de la civilización humana. No existían distingos entre jóvenes y viejos, cuando ambos reconocían una amenaza común, cuando “los viejos velaron por la seguridad interna de la ciudad, y los muchachos, al tronar del cañón, abandonaron la escuela para proveer de cartuchos a los combatientes”.

    El “engaño” actual, en la Nueva Troya, comprobamos que hoy nos ha llevado, en nombre de una falsa libertad, a perder lo que aún conservábamos de aquellos días, en los que, “para proclamar la libertad de los esclavos, que se está debatiendo en Europa desde hace un siglo, y ante la que se detiene hace ya 60 años el gobierno de EE.UU. (…), en Montevideo, se decreta la libertad de esclavos para hacerlos también soldados”. En esos días “la libertad a decidir” no pasaba por decidir (¡ni siquiera desde el Parlamento!) para poner fin a la vida humana. Ignorarlo parecería que hoy no solo impediría al Estado de derecho conciliar la libre asistencia de deberes con la justicia de los derechos asistidos. Contribuirá también a seguir retroalimentando la ya creciente violencia social y corrupción política, el narcotráfico y el tráfico humano, también en el tráfico de órganos. Ese engaño, en la Nueva Troya del siglo XXI, se llevará a cabo, en parte, al confundir el derecho y el deber de calmar el dolor con la falsa e injusta libertad para poner fin a la vida humana, ya se trate de la vida propia o la vida de terceros

    Dr. Eduardo Casanova

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