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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDeseo expresar mi agradecimiento por lo publicado el 21 de agosto pasado, bajo el título “Los católicos deben saber quiénes apoyaron la eutanasia para discernir su voto en la próxima elección”. Más allá de que me considero católico, el contenido de esa nota me recordó que el término católico, según la RAE, deriva del término universal. Por ello, referido a la eutanasia y a la Iglesia católica, ello se vincula con la civilización humana, pues no puede haber mayor expresión humana que la de Dios hecho hombre. Así, al asociar el concepto de la eutanasia con ese carácter universal, ello nos recordó que Einstein decía que vivimos en un “universo único y significativo”. Ello se relaciona con la referida ley de la eutanasia, en tanto el mismo autor decía que en ese “universo único y significativo”, “cuando existe riesgo de vida o muerte, las normas y obligaciones se tiran por la borda”. Aunque Einstein no fuese católico, reconocía que “la tradición religiosa judeo-cristiana (…), es el fundamento de nuestras aspiraciones y valoraciones”. Advertía además, algo sumamente actual: decía que “la humanidad civilizada se halla actualmente en grave peligro (…) por (…) la opresión de individuos que, por medios económicos, pretenden asfixiar esas valiosísimas tradiciones”.
Resulta oportuno llamar la atención respecto a que lo que hoy se promueve desde nuestro Parlamento tiene una relación directa con esos “medios económicos”. Son los mismos a los que se refiere esa nota del 21 de agosto pasado, respecto a lo “fácil y barato”. Implica que “matar” en el “medicidio” (como le llamaba Kevorkian)…, supone “ahorro” de esos “medios económicos”. Ello resulta importante para reconocer la hipocresía que se oculta al hablar de esa “libertad para decidir”, calificándola, además, como “muerte digna”. Cuando el cardenal Sturla dice que “el proyecto aprobado en Diputados es una ‘solución fácil y barata’ que debería avergonzar a los uruguayos”, se refiere a no dejarse llevar por ese “engaño”, referido a confundir la dignidad humana, que está en su libertad, suponga que al fin de la vida humana, la muerte provocada, por sí mismo o por terceros…, sea la única y mejor alternativa. Lo vergonzante es no haber apreciado aún, a lo que nos somete la “Agenda 20-30”, al introducirnos en esa “cultura de la muerte” ya denunciada en 1995 por el papa Juan Pablo II. La vergüenza para los uruguayos sería la de haber votado parlamentarios que aún no son capaces relacionar la actual espiral de corrupción política y violencia social (que comprobamos diariamente), se sustenta en esa “cultura”, que hoy impulsa nuestro Parlamento. Lo vergonzoso es no advertir, sino enmascarar, el suicidio o el homicidio, como “muerte digna”, escondiendo el criterio de “costo-beneficio” de lo “fácil y barato”. Supone aplicar al ser humano, el mismo criterio que administra animales, vegetales o minerales.
El llamado de la Iglesia uruguaya es para reconocer que esa “muerte digna” es algo tan absurdo e “indigno” como promover el suicidio en lugar de prevenirlo, o el de promover el homicidio ejecutado por terceros, en lugar de evitarlo. Es tan absurdo como promover el Estado de derecho desde el Parlamento, políticas que desconocen los deberes de asistencia y los derechos de ser asistido. Es algo tan necio como ignorar la justicia para defender lo más valioso del ser humano, que es su vida. Será como proclamar “el derecho a morirse”, como derecho básico…, proporcionado por los propios medios, o los proporcionados por terceros. Negaría la verdadera libertad, que está en asumir el deber de asistir la vida humana. Negaría el derecho a ser asistido con justicia, en el más elemental derecho, que es el de vivir. Negaría la libertad de asumir la responsabilidad de asistir. Borraría con el codo las recientes referencias a una “libertad responsable” a la que hoy parecen haber renunciado muchos diputados blancos y colorados…, y casi todos los frenteamplistas.
Me lleva a escribir esta carta, comprobar el contraste con aquel año 1825, que solo culminó un largo período de lucha, desde las invasiones inglesas de 1806, y desde el Primer Sitio a Montevideo, en mayo de 1811. En todo ese tiempo, como describe Alejandro Dumas en Montevideo o la Nueva Troya, debió enfrentar la civilización contra la barbarie. Lo que se defendía entonces era diferente a la “libertad a decidir”, hoy invocada por el Parlamento. Era la libertad defendida, no con el actual criterio de “costo-beneficio”, optando por lo “fácil y barato”. Era, como dice Dumas, la libertad por la que se luchaba, cuando “Montevideo…, no tenía sino una línea de fortificación apenas trazada y defendida por cinco cañones… aunque todos los días se luchaba, y la ciudad se sorprendía… como lo hacía Troya, ya por un heroico hecho de sus defensores, o de una bárbara acción de los enemigos…, la defensa adquiría nuevo vigor… en la última defensa de la civilización ante el poder de tales bárbaros”. El contraste con la situación actual, aparece cuando un diputado nos propone tomar como ejemplo a los Países Bajos y Bélgica, ignorando que la “libertad para decidir” está en impedir lo que ofende la dignidad humana..., que antes se defendía contra lo que la ofende, a diferencia de lo que sucede hoy. Al proclamar hoy esa falsa “libertad a decidir” se olvidó ese “con libertad no ofendo ni temo”, que tomaba como referencia la dignidad de la vida humana…, que es la que hoy se ofende. Por eso lo vergonzoso es la hipocresía asumida al hablar de libertad y de justicia social, mientras se ofende la dignidad de la vida humana. Quizá sea aún tiempo de reconocer que promoviendo el “suicidio” o el “homicidio asistido”, solo se oculta ese criterio “costo-beneficio”, que propone matar, en lugar de evitar el sufrimiento, utilizando los excelentes medios actuales de analgesia y sedación.
Lamento profundamente que esas luces de colores, que hoy iluminan nuestro Palacio Legislativo, en los 200 años del inicio de nuestro Estado de derecho, lleguen a culminar con la luz del color del luto…, que es el que hoy amenaza con oscurecer nuestra historia.
Agradezco la publicación.
Dr. Eduardo Casanova
CI 1.039.691-4