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    La cultura y la violencia vicaria

    Sr. director:

    Ante el reciente caso de violencia vicaria que ha vuelto a conmover a nuestra sociedad, la respuesta inmediata ha sido pedir justicia, endurecer las penas, reforzar el sistema judicial y los controles policiales. Son respuestas lógicas y necesarias. Pero, una vez más, el debate público parece quedar casi exclusivamente reducido a una lógica punitiva, como si más control y castigos fueran suficientes para evitar este tipo de tragedias.

    Si bien esas medidas son indispensables, no son suficientes por sí solas. La experiencia internacional así lo constata, ya que incluso en países como España, con leyes avanzadas, juzgados especializados y sistemas de control policial sofisticados, se siguen registrando decenas de feminicidios al año. Estados Unidos, con un sistema judicial especialmente duro, enfrenta altos niveles de violencia contra las mujeres. Esto indica que las respuestas punitivas son imprescindibles, pero no basta con ellas para conseguir un cambio de raíz y sostenido.

    El problema raíz está en las normas culturales subyacentes. Una cultura que, durante generaciones, ha socializado a los varones en el dominio, la posesión y la creencia de que la mujer y los hijos son una extensión de “su territorio”, normalizando y legitimando la violencia contra mujeres e hijos. La verdadera transformación no puede venir solo por el camino del control y la punición.

    Implica revisar las raíces culturales que perpetúan la violencia y promover procesos de socialización y educación desde edades tempranas, especialmente dirigidos a los varones, que fomenten modelos de convivencia basados en el respeto, el cuidado y la igualdad. Es en la infancia y la adolescencia donde se moldean las ideas sobre qué significa “ser hombre”, y es donde debemos intervenir, promoviendo formas de masculinidad que rompan con el mandato de dominio y se construyan sobre valores de equidad y empatía.

    Existen experiencias internacionales concretas que muestran que este cambio es posible. En Canadá, los programas escolares de educación en respeto mutuo han reducido los niveles de violencia contra las mujeres entre los adolescentes. En países nórdicos, la incorporación sistemática de la igualdad en la currícula educativa ha dado como resultado que las generaciones más jóvenes estén menos proclives a aceptar conductas violentas. Incluso en Latinoamérica, iniciativas como Hombres por la Equidad, en México, o Promundo, en Brasil, han demostrado que es posible cambiar determinados patrones de comportamiento y reducir la violencia hacia la mujer.

    Antes de continuar, quiero hacer aquí un mea culpa. Como varón, necesito abordar este tema reconociendo que, en ocasiones, he sido partícipe de actitudes cotidianas que perpetúan la desigualdad. Asumir esa responsabilidad, individual y colectiva, es un paso indispensable. No se trata solo de señalar a los violentos, sino también de preguntarnos qué hemos hecho o dejado de hacer para que estas conductas sigan tan presentes en nuestra sociedad.

    También debo reconocer que este cambio es difícil de asumir para muchos hombres. Cuestionar privilegios, revisar conductas y desaprender lo aprendido puede resultar incómodo, incluso doloroso. La resistencia, consciente o no, es una de las razones por las que la transformación cultural avanza con dificultad. Sin embargo, reconocer esa reticencia es el primer paso para poder avanzar.

    Si de verdad queremos terminar con estos crímenes, necesitamos más que leyes y patrulleros: necesitamos un compromiso serio, contundente, multifacético y sostenido para transformar la forma en que educamos a los varones. Y eso requiere que cada uno de nosotros esté dispuesto a mirarse al espejo y reconocer sus propias contradicciones.

    Solo desde la honestidad y la apertura al cambio podremos construir una sociedad más equitativa y menos violenta. Y solo así podremos evitar tener que seguir escribiendo cartas como esta cada vez que la violencia contra las mujeres y los niños nos arranca una vida más.

    Rodrigo Fresco

    CI 1.723.982-2

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