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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn estos días he podido leer en algún matutino capitalino el giro político a la derecha que ha venido teniendo el continente sur y centroamericano en los últimos años, cerrado hace poco con los triunfos electorales de Fujimori en Perú y De la Espriella en Colombia. Esto es, después de muchos años y muchos gobiernos en muchos países con orientaciones de izquierda, se aprecia primeramente una masa electoral profundamente dividida (diría casi que por mitades en la mayoría de los países), pero además y por lo menos circunstancialmente —el futuro dirá lo que tenga que decir— una vuelta a gobiernos de derecha. Por lo menos así se llaman a sí mismos tanto los izquierdistas como los derechistas, exhibiendo orgullo por tales calificaciones.
Estas líneas solo pretenden hacer reflexionar a ambas partes en el hecho de que, como se sabe, las cosas no suelen ser negras y blancas, sino normalmente grises. En efecto, si la izquierda funda normalmente su plataforma política en la reivindicación de los derechos de los más desprotegidos (aumentos de cupos laborales, aumentos de salarios reales, aumentos de pasividades) y si normalmente tiene éxito en tal gestión —la más reciente comprobación se ve con Petro en Colombia—, si los grupos de trabajadores públicos y privados y pasivos (jubilados y pensionistas) son naturalmente muchísimo más que la mitad de la población de un país (por fuera solo quedan empresarios, profesionales independientes, menores de edad), entonces, ¿cómo es posible que pierdan a la elección siguiente? De otra manera: ¿por qué la mayoría que mejoró su situación económica con el gobierno de izquierda no repite su voto, de forma de respaldar lo actuado e ir a más en el futuro? Carece de sentido abandonar aquello con lo cual se mejora.
Y es que la respuesta es que, si bien siempre se dice que las elecciones se ganan o pierden a través de cómo se ve el bolsillo del elector, el factor delincuencia, criminalidad, sometimiento juega en sentido opuesto a aquellos trabajadores y pasivos beneficiados salarial o jubilatoriamente. La izquierda siempre ha pensado que la delincuencia era un fenómeno monocausal: la pobreza. Eliminada la pobreza, ya no habría necesidad de delinquir porque se habrían generado las condiciones socioeconómicas necesarias para avanzar en progreso y desarrollo sin necesidad de delinquir para poder comer.
Y la vida le ha enseñado a la izquierda una lección que todavía no aprendió: la criminalidad —como casi todo en la vida— es multicausal. Nadie debería negar la existencia de fenómenos de pauperización económica, pero nadie debería ignorar los fenómenos sicológicos, siquiátricos, de poder, de ambición, de revanchismo que anidan en la mente humana.
Debería la historia humana habernos enseñado que no solo se mata o se roba por hambre, se mata o se roba por “superioridad racial”, por desplazamientos familiares o sociales, por desplazamientos laborales, por ambición, por codicia, por poder y por un infinito elenco de causales. Y como la izquierda no lo ha tenido claro, no solo no ha combatido eficientemente la delincuencia, sino que por omisión, inacción o ideología la ha dejado crecer. No intencionalmente, pero sí negligentemente.
Y cuando parece advertir que el tema se le ha escapado de las manos, en Uruguay asume un ministro de Interior para declarar que la lucha contra el narcotráfico está perdida; y el partido político de izquierda y su aparato sindical se oponen a la utilización de personal y maquinaria militar para su combate.
Entonces, el votante beneficiado por el aumento de su salario o porque ahora tiene trabajo y antes no, que vive en un barrio donde la policía es recibida a balazos, en un barrio donde debe encerrarse e intentar no salir a la calle ni dejar salir a sus niños para intentar seguir vivos, en un barrio donde un día sí y otro también se escuchan los balazos, en un barrio donde la gente se vuelca al consumo de la droga y comienza a perder su dignidad y su independencia, en un barrio donde los delincuentes se apoderan de su casa y lo dejan en la calle o en la cuneta, en un barrio en cuya escuela los niños juegan en los recreos, no a la pelota, sino a enfrentarse a ver quién puede ser el más eficiente dealer, ese votante, ¿fue beneficiado o fue perjudicado? ¿Repetirá su voto por el mejor salario o pretenderá una mayor y mejor seguridad? ¿Resulta casual que en El Salvador casi nueve de cada 10 personas voten por Bukele, cuyo buque insignia exitoso ha sido el más frontal combate a la delincuencia?
Si la izquierda pretende para el mundo un orden más justo y más equitativo, debe asumir tal situación y encaminarse a su corrección. Si no lo hace, ese mundo no llegará ni a corto ni a largo plazo. Y las mejoras económicas se quedarán solo y nada más que en eso. Porque, sepámoslo, hombre nuevo no habrá. No lo hubo nunca en la historia y no lo habrá en el futuro. No hay ningún indicio en tal sentido.
Y desde el otro enfoque, el de la derecha: si pretende reencauzar la sociedad solo a través del orden y el combate frontal a la delincuencia —lo que está muy bien— y no atiende a intentar generar condiciones que posibiliten, en los más cortos tiempos que resulte posible, mejores niveles de vida social y económica para la mayor parte de la población (trabajadores y pasivos), sucederá que no podrá mantenerse en el poder aun cuando logre vencer, total o parcialmente, al mundo del crimen.
Porque el ser humano lo quiere —y lo merece— todo: vivir en un mundo razonablemente seguro que resguarde debidamente sus derechos fundamentales y contar con una posición social y económica que le permita salir de sus penurias diarias, y encarar proyectos familiares, sanitarios, educativos, laborales y sociales que le permitan vivir una vida lo más plena que resulte posible.
Monty Fain Ajdelman
Escribano público