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    La guerra en Oriente Medio II

    Sr. director:

    Maquiavelo sostiene que un príncipe no puede observar “todas aquellas cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, ya que a menudo se ve obligado, para conservar el Estado, a obrar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión”, pero “sin apartarse del bien, mientras pueda”, aunque en algún momento “sabrá entrar en el mal cuando haya necesidad”.

    El pensamiento del filósofo florentino encarna bien en las acciones bélicas contemporáneas. La guerra provoca la flexibilización o desaparición parcial de las barreras éticas e invoca la legitimidad que se utiliza para justificar las iniciativas militares. Los temperamentos autoritarios de los contendientes privilegian la necesidad de derrotar al enemigo, sin detenerse a analizar los daños causados a las víctimas no beligerantes.

    Luego de haberse frustrado las negociaciones para frenar el desarrollo nuclear en Irán, la guerra preventiva promovida por Estados Unidos e Israel lleva hasta una zona gris del derecho internacional. Cualquier apoyo a la guerra está condicionado por reparos formales derivados de la no autorización previa para usar la fuerza militar. Por otro lado, desde una mirada secular pocos se opondrían a la caída del régimen teocrático iraní que desconoce la soberanía de sus vecinos y viola reiteradamente los derechos de sus colectivos.

    El conflicto en Oriente Medio se expande más allá del territorio atacado, y las amenazas impactan en un espacio más globalizado para casi todo excepto para aplicar las normas internacionales que garantizan la paz y la seguridad. Desde hace tiempo las instituciones responsables son cuestionadas por su escasa relevancia al hundirse en burocracias paralizantes y trabas políticas del sistema creado al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

    Esta guerra lleva pocos días y es prematuro predecir su duración, así como la gravedad de sus impactos en Latinoamérica y el mundo en términos energéticos, de comercio y de seguridad. Pero podría aventurarse que al terminar el conflicto habrá un cambio de era, en cuanto emerja un nuevo orden construido sobre reglas más elásticas y menos supeditado a acuerdos universales o a los principios tradicionales del orden internacional precedente. Un orden nuevo que además estaría sujeto a alianzas geopolíticas diferentes.

    El presidente Donald Trump ha planteado abiertamente que habrá zonas de influencia, y que su país como primera potencia liderará en ese nuevo escenario mediante la amenaza del uso de la fuerza militar combinada con las transacciones más convenientes para los intereses norteamericanos. La “extracción” de Maduro en Venezuela y la instalación de un gobierno dócil se convirtió en un caso emblemático sobre los alcances de esa estrategia.

    Parte de la nueva política exterior norteamericana también pasa por la flexibilización de sus compromisos con la seguridad hemisférica occidental. De ahora en más los antiguos aliados europeos utilizarán el escudo de la OTAN, pero sin la certeza de contar con el respaldo automático de los Estados Unidos.

    La gestión de los intereses europeos recaerá en los propios países del continente, como ocurre actualmente a través del despliegue de fuerzas militares nacionales que no participan en la guerra contra Irán, pero defienden el espacio europeo de posibles ataques iraníes. Librados a sus esfuerzos, los países de la Unión Europea exhiben posiciones diferentes en sus vínculos con Estados Unidos, aunque esa asociación mantiene los lineamientos básicos bajo el liderazgo de grandes potencias como Alemania y Francia.

    La posición norteamericana en la guerra contra Irán ha colocado restricciones implícitas al accionar internacional de otras potencias, como Rusia y China, que compiten por el poder mundial y hoy miran el teatro de operaciones del Medio Oriente, donde no intervienen ni emiten manifestaciones públicas vinculantes respecto a su evolución.

    Encerrada en su propio contencioso bélico en el cual no logra consolidarse como vencedora, Rusia presta apoyos de inteligencia a su aliado iraní y a regañadientes participa en negociaciones de paz con Ucrania. Con su paciencia milenaria China implementa su plan estratégico 2035 para convertirse en la primera potencia mundial, mientras escudriña en los acontecimientos en Irán sin inmiscuirse en un área próxima de influencia y un país que ha sido importante proveedor de insumos energéticos para los chinos.

    Frente a estos acontecimientos, los países latinoamericanos basculan entre la reivindicación de los principios históricos de respeto a la soberanía nacional, no intervención y prohibición del uso de la fuerza fuera del marco legítimo, y la eventual alineación bajo el paraguas geopolítico de alguna de las potencias principales.

    Más allá de los intereses comerciales o de las inversiones externas recibidas, algunos gobernantes latinoamericanos identificados con la nueva derecha fueron invitados a integrar una alianza hemisférica para la seguridad regional y para frenar la influencia china y el control de los recursos naturales, la producción alimentaria y las vías comerciales estratégicas en América Latina. Eso es coherente con la Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana y la adaptación de la antigua doctrina Monroe según el “corolario Trump”, que ahora se concreta en el proyecto bautizado como Escudo de las Américas.

    Gobiernos de otros países de la región más identificados con la izquierda intentan defender los principios internacionales sin alinear sus intereses nacionales con los de las potencias mundiales principales. El desafío para ellos consiste en evitar el aislamiento o la pérdida de relevancia de sus respectivas posiciones en un escenario de cambios, con mecanismos multilaterales débiles para proteger sus iniciativas y cuando falta además un liderazgo institucional capaz de balancear el peso específico de las grandes potencias.

    Los países latinoamericanos atravesarán estos tiempos más inestables con la guía firme de los principios de la política exterior democrática y liberal. Pero no deberían encerrarse en posiciones dogmáticas e ideológicas que limiten el sano pragmatismo basado en sus intereses nacionales y en las señales recibidas de la región que integran y del hemisferio al que pertenecen históricamente: una suerte de realpolitik posmoderna, renovada y mejor adaptada a este período más rupturista.

    En un mundo que enfrenta cambios importantes en el orden internacional preexistente y cuando aumenta el escepticismo sobre el rol cumplido por los organismos multilaterales, la consolidación de la reciente alianza comercial y estratégica del Mercosur con la Unión Europea constituye un buen eje para la integración y la defensa, que está avalado por la vocación asociativa y el compromiso con la paz que ostentan los dos bloques regionales.

    Carlos A. Bastón

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