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    La hidrovía y la diplomacia de los países pequeños

    Sr. director:

    En una carta anterior publicada en este semanario, en noviembre pasado, planteábamos una pregunta que parecía casi retórica: ¿por qué Uruguay no volvía a convocar a Urupabol, ese viejo mecanismo de coordinación entre Uruguay, Paraguay y Bolivia, pensado precisamente para que los países pequeños de la región pudieran mirar juntos sus intereses estratégicos?

    La noticia conocida este lunes, con el comunicado conjunto de los cancilleres de Bolivia, Paraguay y Uruguay y la asunción de Bolivia de la secretaría pro tempore de Urupabol, es por eso una señal positiva. No resuelve por sí sola los problemas de fondo pero marca una dirección. Y en política internacional, sobre todo para países de escala reducida, las señales también importan.

    Es justo reconocer, además, el impulso que viene dando el canciller boliviano Fernando Aramayo, querido amigo, en una etapa compleja para su país. Bolivia atraviesa tensiones institucionales, económicas y políticas conocidas, pero sigue siendo una nación con enormes posibilidades de crecimiento, con recursos estratégicos, ubicación geográfica relevante y una necesidad evidente de integrarse mejor con sus vecinos. En ese contexto, que Bolivia asuma un rol activo dentro de Urupabol no debería pasar inadvertido.

    También corresponde felicitar al presidente Yamandú Orsi, en el marco de la asunción de Uruguay de la presidencia pro tempore del Mercosur, por impulsar desde el inicio una iniciativa concreta, pragmática y alineada con los intereses estratégicos del país. Que Uruguay aproveche esa responsabilidad regional para promover mecanismos útiles, con agenda real y resultados posibles, es una buena señal para una política exterior que necesita combinar principios, oportunidad y sentido práctico.

    Para Uruguay, esta agenda tiene una importancia particular. Durante años hemos hablado de apertura comercial, inserción internacional, acuerdos bilaterales, Mercosur, tratados posibles y tratados imposibles. Pero pocas veces miramos con suficiente profundidad la dimensión regional inmediata, especialmente aquella que conecta intereses logísticos, portuarios, fluviales y comerciales con países que, como nosotros, también necesitan escala, coordinación y salida al mundo.

    El propio comunicado firmado por los cancilleres ofrece algunas definiciones relevantes. Allí se habla de una nueva etapa orientada a “fortalecer la conectividad”, “facilitar el comercio” y promover una agenda concreta entre los tres Estados. No es menor que el documento ponga en el centro la “hidrovía Paraguay–Paraná como eje fundamental”, junto con la integración logística y portuaria, el transporte multimodal, la conectividad aérea y la reactivación de Urupabol Empresarial como espacio de articulación con el sector privado.

    Urupabol puede ser, si se lo toma en serio, mucho más que una sigla recuperada del archivo diplomático. Puede transformarse en una plataforma de trabajo pragmática entre tres países que no tienen vocación de hegemonía regional, pero sí necesidades concretas: bajar costos logísticos, facilitar el comercio, mejorar la conectividad, coordinar políticas portuarias, atraer inversiones y defender intereses comunes frente a bloques y economías de mayor tamaño.

    La hidrovía Paraguay-Paraná debería estar en el centro de esta conversación. Durante demasiado tiempo, esa gran arteria fluvial de América del Sur fue vista más como un corredor de problemas que como una infraestructura de oportunidades. La mala fama asociada al tránsito de drogas, al contrabando y a las debilidades de control no puede ocultar su verdadero potencial: ser un eje de desarrollo, integración productiva, comercio legal, empleo, logística y presencia estatal inteligente.

    En ese sentido, la reactivación de Urupabol abre una oportunidad concreta: que Uruguay refuerce su rol portuario y logístico, y que Paraguay, Bolivia y Uruguay coordinen una agenda comercial más productiva, institucional y orientada a resultados. La región no necesita más discursos grandilocuentes de integración, sino mecanismos que funcionen, reuniones que deriven en planes, planes que deriven en obras, y obras que deriven en comercio, empleo y desarrollo.

    Uruguay debería estar allí, no como espectador, sino como protagonista.

    Pedro Michelini Lerena