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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEsta carta se relaciona con la de Zaida González Legnani, fechada el 30 de julio pasado y titulada Entre Lacalle Pou y Chico Tazo.
Zaida dice que le incomodó el homenaje realizado recientemente por el Partido Colorado con motivo de los 170 años del nacimiento de José Batlle y Ordóñez. En sus palabras: “Lo que flotó en el ambiente no fue la potencia de un ideario vivo, sino la incomodidad de ver a un partido que parece seguir nombrando a Batlle más por obligación que por convicción”.
González critica la postura coalicionista de algunos dirigentes colorados que, por ejemplo, en el homenaje citado le habrían hecho un guiño a Benito Nardone, un viejo opositor a las ideas batllistas. Entiende que, al “empujar” a favor de la coalición, la estructura del partido “cada vez conversa menos con el batllismo” y se aleja así de su tradición, generando, según ella, un problema de identidad.
A medida que se acorta el tiempo que nos separa de las próximas elecciones nacionales, la eventual comparecencia de blancos, colorados e independentistas —y tal vez cabildantes— bajo un mismo lema causa mayores inquietudes en algunos sectores.
Sobre un eventual problema de identidad del Partido Colorado en el marco de ese lema común —lo cual también vale para el resto de sus eventuales participantes—, me parece importante realizar algunos apuntes.
En primer lugar, hablar de la identidad de un partido político de larga trayectoria supone dejar de lado la coyuntura y referirse a la historia de ese partido en su conjunto.
Si lo hacemos, veremos que, si bien es indiscutible que la figura de José Batlle y Ordóñez tuvo una dimensión y una influencia enormes en el Partido Colorado, e incluso en todo el país, en el seno de ese partido convivieron otras figuras con un pensamiento bastante diferente en algunos aspectos del quehacer político. Tanto es así que podríamos hablar, por momentos, de la presencia de dos “alas” políticas diferenciadas dentro de un mismo partido: una más estatista y otra más liberal.
Solo por poner un ejemplo, sirve como referencia el contrapunto que en su tiempo marcaron los expresidentes Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle: el primero, defensor de algunas premisas batllistas adaptadas a la época; el segundo, claramente antagonista de ellas y bastante más próximo a lo que podía esperarse ideológicamente de la mayoría del Partido Nacional de entonces.
Por supuesto, entre las dos “alas” políticas coloradas había puntos de coincidencia y una identidad compartida, cuyo elemento más importante era el concepto republicano-liberal de libertad individual.
Este concepto es el mismo que permite hoy sostener una “identidad coalicionista” y, a la vez, distinguirla de la identidad del principal adversario político: el Frente Amplio. No se trata, por tanto, de un elemento menor.
Esto es así porque, aunque algunos sectores frentistas proclamen ser batllistas y otros traten de identificarse con ese pensamiento, lo cierto es que grandes sectores de ese tan amplio Frente son absolutamente contrarios al republicanismo y a sus libertades: por ejemplo, los comunistas, los socialistas y los sucesores del movimiento tupamaro, entre otros.
Así pues, es claro que, desde una mirada filosófico-política, los partidos que podrían integrar una coalición republicana tienen más cosas en común que diferencias en relación con sus respectivos proyectos de país y en comparación con el del Frente Amplio. Las diferencias entre los primeros son solo matices que perfectamente podrían sostenerse en el tiempo sin afectar la coherencia del conjunto.
En cambio, las diferencias con el Frente Amplio son más profundas. Son diferencias que incluso existen en el seno de ese partido, pues los sectores antes mencionados —inspirados en el marxismo y sus derivaciones posteriores— son antagónicos no solo respecto de los partidos más tradicionales, sino también de los sectores moderados de su propia fuerza política.
En suma, la identidad histórica del Partido Colorado es bien clara, más allá de los siempre presentes matices, las diferenciaciones internas y las distintas coyunturas.
Este partido hunde sus raíces históricas en lo que se conoce como republicanismo, una corriente que moldeó el pensamiento europeo y americano hasta comienzos del siglo XIX y que luego convergió históricamente con el liberalismo clásico. Es evidente, por tanto, su pertenencia a la amplia tradición liberal, aunque el republicanismo tuviera sus matices respecto del tronco liberal clásico que no es momento de analizar.
El Partido Nacional y el Partido Independiente también abrevan en esa amplia tradición liberal. Por eso no resulta en absoluto forzado, sino perfectamente compatible, que comparezcan en una alianza electoral común, lo cual no significa que se disuelvan sus matices históricos.
Puede que al Partido Colorado le esté faltando un análisis filosófico-político que le permita redescubrir la vigencia y la coherencia de los principios que ha sostenido a lo largo de su historia para construir desde allí sobre bases firmes.
Reconocidos esos principios, como someramente he intentado hacer, no se advierte en el partido ningún problema de identidad por alentar la estrategia coalicionista, aun en supuesto desmedro del batllismo más puro, sino, por el contrario, mucha fuerza por desplegar.
Leonardo Decarlini