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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn los rincones más olvidados de Durazno, la inseguridad no es una sensación. No es una percepción. Es una realidad. Una realidad que se palpa, que se sufre, que se teme. Mientras se debaten titulares, allá la gente se encierra antes del anochecer. No por precaución, sino por miedo. Miedo real. Miedo cotidiano.
Y el sistema, ese que debería protegerlos, ¿qué hace? Nada. Observa. Contempla. Se cruza de brazos ante el clamor de los ciudadanos. El Estado, convertido en un espectador mudo del drama que él mismo ha provocado.
En esos pueblos, la sensación de abandono es asfixiante. No hablamos de casos aislados, sino de una rutina de vulnerabilidad. Los ciudadanos aún confían —todavía, milagrosamente— en las instituciones. Pero acuden a la Justicia y se topan con un muro. Con el silencio. Con la nada. No hay avances. No hay soluciones. No hay justicia. Solo hay promesas huecas, expedientes que duermen, funcionarios que miran hacia otro lado. Una inoperancia que roza, sí, lo insoportable.
Y lo peor —porque siempre hay algo peor— no es solo la ineptitud. Es la corrupción. Una corrupción que no es marginal, sino estructural. Un sistema viciado, diseñado para proteger a los poderosos y castigar a los débiles. El acceso a la Justicia no depende de la verdad, sino del dinero. No depende de la equidad, sino de las influencias. Los poderosos compran impunidad. Los débiles, resignación.
¿Y ustedes? ¿Van a seguir mirando hacia otro lado? ¿Van a seguir justificando la doble moral de un sistema que se arrodilla ante los corruptos y desprecia a las víctimas?
Esto no es solo una cuestión de justicia. Es una cuestión de dignidad. Porque un pueblo que vive con miedo, que sabe que el sistema está diseñado para fallarle, es un pueblo traicionado.
Ha llegado la hora. La hora de asumir responsabilidades, de dejar de hablar y empezar a actuar. La hora de limpiar el sistema judicial de su corrupción, de su mediocridad, de su complacencia. Durazno no merece promesas, merece resultados. No merece discursos vacíos, sino reformas profundas. No merece resignación, sino esperanza. Y esa esperanza solo renacerá cuando las instituciones vuelvan a servir a quienes deben servir: al ciudadano, al honesto, al justo y al valiente.
Manuela Pessano Gamarra