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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáExpectativa, experiencia y desencanto. La odisea en 35 mm en Cinemateca
Anoche fui con mi hijo a Cinemateca Uruguaya a ver La odisea, de Christopher Nolan. Elegimos esa sala por una razón: la posibilidad, especialmente destacada y muy comentada en estos días, de verla proyectada en 35 mm.
Previamente, me ocupé de entender el significado de ese formato y sobre la decisión de Nolan de rodar íntegramente en película IMAX de 65 mm. La información destacaba el valor particular que adquiere su exhibición en una copia física, en este caso de 35 mm, frente a una proyección digital. Todo indicaba que estábamos ante una oportunidad poco habitual de acercarnos, dentro de las posibilidades disponibles en Montevideo, a la experiencia cinematográfica buscada por su realizador.
La expectativa era alta y, a juzgar por la demanda, no solamente nuestra. Para conseguir dos ubicaciones que no fueran las filas 1 y 2 tuve que esperar más de diez días. Era lunes de noche, hacía mucho frío, había viento y una fuerte tormenta. Sin embargo, la sala estaba casi llena.
Antes de entrar, algunos detalles contribuyeron a cierta sensación de descuido en el local y escasez en la oferta de snacks y bebidas. Los baños, descuidados. Contrastaba con eso la excelente disposición de la empleada de la caja, evidentemente ajena a esas carencias.
Dentro de la sala fue bastante peor.
La calidad de imagen me resultó desastrosa. Uso la palabra deliberadamente. Valoro especialmente la calidad de reproducción de imagen y sonido, aunque no tengo elementos para explicar las causas técnicas de lo que vimos. La imagen estaba extraordinariamente lejos de lo que se puede acordar por una proyección de calidad: muy mala definición de la imagen, color empobrecido y, por momentos, unas finas líneas negras que atravesaban verticalmente la pantalla.
Mi hijo tuvo la misma impresión. Al salir me confesó que a los cinco minutos de comenzada la película habría querido irse. No lo hizo porque había ido conmigo. Yo también pensé en irme, pero no lo hice porque había ido con él. El silencio mutuo nos condenó a quedarnos.
El sonido era fuerte, pero también carecía de calidad. Aturdidor, hasta el punto de salir de la sala con dolor de cabeza.
Podría quedar simplemente en la mala experiencia de dos espectadores. Pero al momento de escribir estas lineas entré nuevamente al sitio de Cinemateca para ver la disponibilidad de la función del próximo sábado: quedaba una sola butaca, en la primera fila y sobre un extremo.
¿Cómo explicar semejante convocatoria?
Seguramente influya el peso que ha adquirido la expresión “35 mm”. Analógico, celuloide, Nolan, Cinemateca: todo lleva a asociar esa exhibición con autenticidad y calidad. La copia física, las funciones especiales y la dificultad para conseguir entradas hacen el resto. La expectativa está instalada antes de que se apague la luz.
Quizás, como comunidad, hemos ido perdiendo ciertos patrones de comparación sobre la calidad de una imagen. Nos hemos acostumbrado al mal streaming, a imágenes comprimidas, televisores configurados de cualquier manera y salas de muy distinta calidad. ¿Es posible que nos acostumbremos a consumir una calidad cada vez menor mientras seguimos considerándonos consumidores exigentes? La pregunta excede largamente al cine, eso es lo realmente preocupante.
Desconozco la experiencia que tuvieron quienes llenaron la sala esa noche ni quienes agotaron las funciones anteriores y siguen agotando las siguientes. Quizá algunos hayan salido fascinados; quizá algunos hayan visto y escuchado lo mismo que nosotros.
Quede claro, diferenciado y expreso: se puede amar profundamente el cine sin tener especialmente entrenada la percepción del contraste, la definición, la luminosidad o la profundidad de los negros, del mismo modo que se puede amar la música sin advertir las grandes diferencias entre dos sistemas de reproducción. Pero son dos asuntos diferentes.
Sé que nosotros elegimos y esperamos Cinemateca porque “Nolan en 35 mm” generaba la expectativa de una forma especialmente cuidada de ver una película concebida con una extraordinaria preocupación por la imagen y el sonido.
Una exhibición que generaba expectativa de calidad terminó ofreciéndonos, al menos a nosotros, una experiencia de imagen y sonido extraordinariamente alejada de ella. Esa fue nuestra expectativa, experiencia y nuestro desencanto.
Erico Buela