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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPresente y futuro del Sodre y su Auditorio Nacional. ¿Cultura o entretenimiento?
Días atrás fue presentado, en el Museo Zorrilla, el libro El patrimonio perdido. Auge y decadencia de la música clásica en Uruguay.
Alberto Reyes es un destacado pianista e intelectual uruguayo residente en EE.UU. con una carrera internacional relevante. Lo conocí en el Sodre, allá por 2013, cuando quien escribe estaba al frente de su Dirección Artística.
El instituto había adquirido el último piano de concierto Steinway y la magistral Nibya Mariño venía periódicamente a “ablandar” el instrumento. Era una forma de homenajear a la más grande pianista uruguaya a sus 90 años. Una tarde coincidieron con Alberto en la sala de ensayos de la Ossodre y quien escribe fue testigo de un encuentro memorable. El choque de dos grandes del piano intercambiando acordes y conceptos que a veces subían de tono, pero terminaban en sonrisas.
El libro presentado convoca, sin lugar a dudas, un debate impostergable que, como su título expresa, trata del auge y la decadencia actual de la música clásica en nuestro país. En ese texto tan recomendable hay un desarrollo histórico de claridad meridiana que abarca desde la llegada de la música clásica a la Banda Oriental y su posterior desarrollo, la creación del Sodre en 1929, hasta nuestros días. El apogeo de la ópera en los albores del siglo XX con la llegada de las grandes luminarias como Caruso o Giacomo Puccini. La Suiza de América. El incendio del Estudio Auditorio (18/9/1971) que coincide casi con la rotura institucional (27/6/1973) y el comienzo de una debacle que dura hasta el presente con algunas luces y muchas sombras. Treinta y ocho años después del incendio, en 2009, y gracias a orientales ilustres como la Dra. Adela Reta y el Dr. Tabaré Vázquez, se inauguró el nuevo Auditorio Nacional... Los “ladrillos”, como dijo una vez Juan Carlos Gebelín, pero también dijo “no alcanzará con los ladrillos...” y así parece ser.
El Auditorio Nacional volvió a la vida pública con las lógicas pretensiones de erigirse en un espacio imprescindible para la vida cultural del Uruguay: el gran teatro nacional con cuerpos estables del país. Vino Julio Bocca. El ballet revivió. La Ossodre y el Coro Nacional fueron recomponiendo su nivel a partir de buenas direcciones y un trabajo comprometido. La Ópera revivió con producciones memorables. Se refundó el Coro Nacional de Niños. Todo se fue recomponiendo. Hubo en esa etapa el indispensable apoyo de las autoridades. El Sodre renacía con ballet, óperas, conciertos, casi siempre con salas agotadas. El público estaba, está y estará.
Gerardo Grieco llegó a mediados de 2013. Su total desconocimiento del medio musical académico, de la historia de un instituto que quería volver a ser lo llevaron, en poco tiempo, a eliminar la Dirección Artística, dejando el instituto a la deriva en la lógica de una programación coherente y asociada de sus cuerpos estables. El rumbo de la programación cambió hacia una diversidad de contenidos sin ningún criterio artístico. Basta para verificarlo con pararse cinco minutos frente a la gran pantalla de Andes y Mercedes. No es ese el cometido del Sodre ni de un teatro nacional de ningún país, y ese paradigma será ahora difícil de revertir.
Una vez, una de las orientales más ilustres que dio este suelo, Nelly Goitiño, abogada y actriz, dijo en un acto, mientras presidía el instituto: “El Sodre es para todos, pero no para todo”. Grieco entendió que el Sodre era para todo y lo llevó a cabo dejando un lastre difícil de revertir. Pero la frase de la ilustre Goitiño interpela y debería abrir el debate: cultura vs. entretenimiento.
Por otra parte, en un país que no escapa a la realidad del continente en materia de violencia y subdesarrollo, estas instituciones son vitales y deben ser parte de la vida diaria de niños y jóvenes, sobre todo de contextos vulnerables. La tarea diaria de sensibilización por medio de la música clásica y las artes escénicas resulta fundamental. Y las autoridades políticas de todo el espectro nacional deberán entender que cuentan con una herramienta inigualable que podría bajar en cierto tiempo considerablemente los índices de violencia y desarrollar en los nuevos la sensibilidad y el intelecto.
Dijo una vez un gran hombre que se llamaba Gerard Mortier, que dirigió los más grandes teatros clásicos del mundo (París, Madrid, Salzburgo, Nueva York, Bruselas, Hamburgo, Fránkfurt, etc.) y se le preguntó sobre estas instituciones. Respondió en forma tajante: “Créanme cuando les digo que siempre será más barato edificar teatros que cárceles”. Mientras los sucesivos gobiernos no se enfoquen en el proceso de visualizar a los nuevos y aportar ese espacio público para generar sensibilidad, seguirán creciendo los flagelos de la modernidad.
La música clásica, la ópera y el ballet no son expresiones para iluminados ni aristócratas, sino todo lo contrario. Han sido para la humanidad el pan de cada día por siglos. Puedo decir, con la propiedad que dan tres décadas trabajando en estos ámbitos, que no he visto un solo niño salir indiferente y tocado en su interior de la experiencia sensorial que genera la música y el arte. Ojalá las cosas cambien. Ojalá se abra el debate. Que sea pronto porque es imprescindible. Nos va la vida en ello.
Nos va la vida en la cultura. Pero dejemos de decir esa frase en campañas electorales y hagámosla realidad. Ojalá seamos capaces de volver a aquellos tiempos no tan lejanos en la historia. Es posible.
Claro que sí.
Ariel Cazes
Cantante lírico. Exdirector artístico del Sodre