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    Los colorados y el 25 de agosto

    Sr. director:

    Deseo referirme a la afirmación de Gerardo Caetano en un video oficial del Estado uruguayo.

    Como se sabe, Caetano sostiene allí que el general Fructuoso Rivera estaba con Carlos Lecor el 25 de agosto de 1825 y que por eso los colorados no somos afines al 25 de agosto. Las dos afirmaciones son equivocadas, como sabe cualquier aficionado o mero estudiante de historia.

    La afirmación trasunta, por lo demás, un anticoloradismo que su autor ha profesado toda la vida. Pero que disimulaba mejor. Y que lo lleva ahora a desvirtuar groseramente los hechos históricos. Nunca tanto como hoy.

    Gerardo Caetano no ignora varias cosas que voy a enumerar. Como no las ignora… entonces jamás debió haber hecho la afirmación que hizo si no fuera impelido por una aversión anticolorada sin medida ni tasa.

    Monzón. Caetano no ignora que pocos días después del desembarco del 19 de abril se produjo el encuentro del Monzón, del que salieran Juan Antonio Lavalleja y Rivera como comandantes conjuntos de la revolución. Así firman las primeras proclamas, así se presentan ante el gobierno de Buenos Aires. El 25 de agosto Rivera era uno de los dos principales caudillos rebelados contra los brasileños. Encabezaba la revolución contra Lecor: no estaba con él.

    Intercambios previos al desembarco. Caetano no ignora los intercambios entre los dos caudillos que se habían producido antes de la invasión de los “33 orientales”. El clásico libro de Setembrino Pereda sobre el Monzón menciona una docena de fuentes históricas indiscutibles que atestiguan las comunicaciones previas.

    Trajeron y llevaron mensajes entre Rivera y Lavalleja, previo al desembarco, y lo han hecho público, además del propio Rivera, entre otros Francisco Lecoq, Domingo Cullen, Juan Manuel de Rosas, Juan Spikerman. Isidoro de María, Andrés Lamas y el deán Funes afirmaron que vieron cartas entre Rivera y Lavalleja previas al desembarco. Los prestigiosos historiadores Pablo Blanco Acevedo y Eduardo Acevedo (apoyado en el historiador inglés Joe Armitage) afirmaron que Rivera y Lavalleja tenían una inteligencia previa.

    Lavalleja, Oribe y Rivera ante la derrota. Caetano no ignora que luego de la derrota de 1820 los 300 orientales que quedaban, una vez que se marchó José Gervasio Artigas, frente a los 15.000 portugueses invasores se rindieron con dos condiciones. Una, el mantenimiento de una fuerza armada integrada solo por orientales, los “Dragones”. Dos, el respeto a las tierras concedidas por el reglamento de tierras.

    La única causa porque los brasileños aceptaron esas condiciones de los derrotados era el prestigio de Rivera hasta en el último rincón del país. Caetano no ignora que tanto Lavalleja como Manuel Oribe durante la ocupación portuguesa y bajo su dominio revistaron, bajo égida portuguesa, en ese regimiento bajo órdenes de Rivera. Ahí estaban los orientales sometidos pero sabiéndose embrión de la futura rebelión.

    Los bandos de la revolución. Caetano no ignora que desde el 12 de mayo de 1817, cuando Artigas nombra a Rivera como jefe del Ejército del Sur, la revolución se había dividido. Como reacción contra la decisión de Artigas nacen los bandos. Unos eran respaldados por Artigas (Rivera) y otros eran centralistas, pro Buenos Aires y antiartiguistas encabezados por Oribe.

    Oribe pasa con 500 hombres y artillería a servir al Buenos Aires contra Artigas e incluso participa de la batalla de Cepeda contra el artiguismo. Oribe entra al Montevideo de Lecor (octubre de 1817) y este lo envía a Buenos Aires con sus hombres y pertrechos. Así se había convenido entre Juan Martín de Pueyrredón, Lecor y Oribe. En mayo siguiente, Artigas nombrará a Rivera jefe de todo el Ejército.

    El enfrentamiento de esos dos bandos durará décadas. Salvo los ocho meses después del Monzón, los primeros meses del gobierno de Oribe y los primeros meses del gobierno de Juan Francisco Giró esos bandos estarán en perpetua lucha los siguientes 50 años y más. Particularmente feroz en la época de Juan Manuel de Rosas.

    Los Caballeros Orientales. Caetano no ignora que el bando centralista bajo la fundación del peor enemigo de Artigas, Carlos de Alvear, constituyó la asociación Caballeros Orientales. Centralistas que apoyaron la invasión de Lavalleja. Para muchos orientales el desembarco fue visto por eso como proporteño. Los Caballeros Orientales serán los enemigos del autonomismo y de Rivera siempre.

    Rivera conspirador. Caetano no ignora que frente a la derrota de Artigas desde el primer momento Rivera conspira contra los portugueses. Dos días después de ser detenido escribe al gobernador de Entre Ríos, al gobernador de Córdoba, al gobernador de Santa Fe y a Artigas pidiendo 2.000 hombres para insurreccionarse con 1.000 que juntaría él. Esas cartas de fervor patriótico están publicadas sea en el Archivo Artigas, sea en archivos privados de Argentina y Chile.

    Rivera conspira junto con los republicanos de Río Grande. Caetano no ignora que bajo la ocupación brasileña Rivera conoce como un activo el espíritu republicano y antiimperial de la oficialidad riograndense. Ese espíritu republicano determinará pocos años después la creación contra el Imperio de la República de Rio Grande, que durara 10 años, la que fuera aliada del bando de Rivera. Existen numerosos testimonios de las relaciones conspirativas bajo la Cisplatina de Rivera con esa oficialidad republicana riograndense. Entre ellos, los de Pedro Pablo Sierra o el de Pedro Juan Brito.

    El enfrentamiento geopolítico. Caetano no ignora que el mapa en la cabeza de Rivera, según numerosas evidencias, era la Liga Federal más Río Grande y sin Buenos Aires. Eso era el resultado posartiguista de ver a Buenos Aires como enemigo. Eso lo llevó también a Rivera, en su segunda presidencia, a constituir la llamada “quíntuple alianza” para combatir a Rosas.

    La alianza fue conformada en Paysandú y estaba integrada por Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Río Grande y la Banda Oriental. En Paysandú estuvieron contestes, asimismo, delegados de Santa Fe y Córdoba. La idea era crear lo que en la época se llamó el “Uruguay mayor”. Ese proyecto de país “gaucho” murió en la derrota republicana del 6 de diciembre de 1842 en arroyo Grande contra el rosismo.

    El revisionismo histórico ha implantado una falsedad: que los colorados éramos unitarios. Nunca lo fuimos ni nosotros ni la mayoría de los exiliados de Rosas que albergamos en Montevideo, que se decían a sí mismos liberales, no unitarios. El mapa en la cabeza de los Caballeros Orientales y la expedición de los “33 orientales” era el Virreinato del Río de la Plata con capital Buenos Aires.

    El enfrentamiento ideológico. Caetano no ignora que los Caballeros Orientales y el “artiguismo posible”, según la feliz expresión de Padrón Fabre, o la “patria posible”, según la feliz expresión de López Mato, estaban enfrentados no solo por concepciones geopolíticas, sino también por concepciones ideológicas.

    Mientras Buenos Aires y buena parte de la elite montevideana no sabían si eran republicanas o monárquicas, por ejemplo, Artigas y Rivera serán partidarios de un confederalismo o federalismo republicano de fuente en las constituciones de Estados Unidos. Muy adverso, desde luego, al federalismo autoritario de fuente hispánica que ejercieran Rosas y sus aliados. Los separaba nada más y nada menos que la libertad.

    Para distinguir entre ambos federalismos, la clave del principal enfrentamiento ideológico de la región en la primera mitad del siglo XIX, hay mucha bibliografía. A unos los entendí mejor leyendo a Enrique Borba y a otros leyendo a Francisco Ramos Mejía.

    El fin del acuerdo entre los bandos. Caetano no ignora que los bandos pactaron paz entre ellos para sacar a los portugueses. El acuerdo entre los bandos duró entre abril de 1825 y enero de 1826. Entre el acuerdo de Monzón y enero de 1826. En esta última fecha los Caballeros Orientales, con la anuencia de Lavalleja, logran la disolución del Regimiento Oriental de los Dragones y la inserción de sus miembros en el Ejército centralista argentino. Rivera se retira del Ejército en nombre de la autonomía provincial —“por la que hemos luchado desde los tiempos de Artigas”, dice— y craneará la invasión a las Misiones, que fue la causa luego de nuestro nacimiento como Estado.

    La representación política de Rivera. Caetano sabe bien que la expedición de los “33 orientales” con el apoyo de Rivera encontró la popularidad y el apego de toda la campaña que seguía a Rivera. Solo Rivera convocaba multitudes. Rivera mandó cartas a todos los pueblos, se conservan muchas, diciendo que ha llegado la hora que tanto deseábamos de sacudir la tiranía, de lo que tanto hemos hablado. En algunos pueblos se celebró con fiesta la adhesión de Rivera a la revolución.

    Más allá de los méritos del Gral. Lavalleja, no estaba entre ellos la popularidad que tenían Artigas o Rivera. Intentó una revolución en 1823, sin el apoyo de Rivera, y así como llegó se fue. Intentó luego dos revoluciones contra el presidente Rivera (1832 y 1834) y entró y salió del país sin ningún apoyo de la gente.

    Rivera tenía bajo sus órdenes a 700 hombres, sin contar el eventual apoyo brasileño, unos 8.000 hombres entonces. Podía destrozar a Lavalleja en media hora. Se juntaron en el arroyo Monzón, intercambiaron proyectos, consiguieron consensos, salieron abrazados e hicieron la revolución. Para Caetano el Monzón no existió. Raro. Pues sin Monzón no hubiera habido 25 de agosto.

    La verdad sobre el 25 de agosto. Caetano no ignora en suma que el 25 de agosto está en el medio de la colaboración entre Rivera y Lavalleja. Un mes después Rivera obtendrá el primer triunfo de la revolución, en Rincón, setiembre de 1825. Dos días después de Monzón, en mayo de 1825, Rivera ya participaba de escaramuzas contra los brasileños y reducía sus tropas.

    El debate sobre las fechas patrias. Caetano no ignora que el Partido Colorado fue siempre partidario del 18 de julio como fecha nacional por dos razones. Una, porque es la fecha de instauración de la República. Es la fecha de los republicanos. Segunda, porque el 25 de agosto los orientales nos declaramos integrantes de la Argentina, bajo la égida bonaerense. Eso era revulsivo para los artiguistas. Y como decía una de las Instrucciones del Año XIII, Buenos Aires jamás deberá ser la capital.

    Como se sabe ese fue el eje de la discusión del centenario, hace 100 años, de tal manera que una cámara votó por el 18 de julio, otra por el 25 de agosto y la Asamblea General nunca se pronunció.

    ¿Por qué Caetano, que sabe todo esto y mucho más, porque ha sido un historiador serio, hace lo que hace, esta gruesa inexactitud, lejos de la altura de su nivel como historiador? Con obras culminantes como La República batllista.

    A mi juicio es un ejemplo más, pero notable, de tergiversación llevada muy probablemente por el entusiasmo de convicciones políticas.

    Este exceso quedará así en la historia. A mí me hace acordar a aquella otra barbaridad a que condujo la ideologización antirrepublicana cuando en la carátula del boletín de la Asociación de Profesores de Historia del Uruguay se puso como foto de los charrúas una foto de 1905 de unos indígenas ecuatorianos. Si la realidad en que creo no existe, la invento, parecen decir.

    Son episodios lastimosos, jalones, que hieren la verdad histórica. Gerardo estuvo siempre a otra altura. Esperamos que vuelva a su nivel.

    El responsable, además de Caetano, es el Estado uruguayo, que lo divulgó como verdad oficial. Este es un gobierno de profesores de Historia, en general historiográficamente antirrepublicanos: el presidente, el ministro de Cultura, el director de Educación (que quiere cambiar el escudo). Y, sin embargo, están aguando la fecha histórica del bicentenario con divisionismos artificiales.

    Manuel Flores Silva