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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi tuviéramos que definir una condición esencial para denominar como democracia la forma de gobierno de una nación, seguramente muchos de nosotros diríamos que es la interacción de tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Este sistema, reglado y compartimentado, debería ser la garantía para que los derechos y las obligaciones de todos los ciudadanos gocen de respeto y máxima seguridad. Nuestro país ha diseñado y construido las condiciones esenciales (división de poderes) para gozar de una democracia plena. Pero… Sí, como en todo, en la vida real hay uno o varios peros. El problema es que la realidad, cambiante debido en forma principal a nuestra intervención (intromisión), ha mantenido la estructura desvirtuando el contenido.
Nuestro sistema sigue dividido en tres poderes, aunque no son los que los manuales nos indican, los tres poderes que rigen nuestros destinos, que deciden sobre nuestras vidas, que nos dan u obligan. Son el poder mediático, el poder político y el poder económico. De cada uno de estos podemos hacer un análisis, ver cómo han evolucionado y se han ido consolidando, cómo ha sido (y es) el proceso para imponerse.
Analicemos el primero, el poder mediático. Básicamente, se ejerce a través de la propaganda, la construcción de un relato, la intervención permanente de embestidores verbales y por el periodismo. El periodismo, a través de medios escritos, radiales, televisivos y de streaming, hurgan en la realidad e informan a los ciudadanos sobre temas y situaciones de todo tipo que hacen al quehacer diario. Muchos de nosotros, quizás la gran mayoría, se entera y toma posición sobre los temas de actualidad a través del trabajo de los periodistas. El periodismo en general y los periodistas muy especialmente tienen la tarea de ser los ojos y oídos de los ciudadanos, a lo que en la mayoría de los caos se le suma el enfoque que da el reportero. Periodista es quien hurga en la realidad, informa e investiga buscando veracidad y exactitud, debe actuar con imparcialidad, ser honesto y entre otros factores ser independiente.
El cambio de gobierno, que asumió a partir del pasado mes de marzo, trajo consigo el increíble y hasta ahora inexplicable hecho de que casi 30 “periodistas” pasaran de trabajar en los medios a integrar oficinas públicas de comunicación y propaganda. Las decenas, o cientos, de cargos que se ocupan o crean al inicio de cada gobierno buscan básicamente colocar compañeros ideológicamente afines; no solo es una solución laboral, en la mayoría de los casos bien rentada, sino que es un premio a la militancia y pertenencia a los distintos sectores partidarios. Puede darse, dentro de los cientos de nuevos funcionarios, que alguno de ellos sea considerado por su capacidad y formación sin que predomine su pertenencia política, pero en la realidad pueden ser uno o dos casos dentro del gran total. El nuevo gobierno tuvo alrededor de 1 millón de votantes, todos afines a la propuesta y planes de gobierno, y todos ellos serían elegibles para acompañar la gestión desde la multiplicidad de cargos a llenar. La realidad es que se elige y premia a quienes han sido incondicionales y han trabajado para el partido.
Bajemos a tierra y busquemos entender qué es lo que ha pasado. Hurgando en algunos podemos inferir que esta treintena de comunicadores militantes ha optado por trabajar en el sector público dado que las remuneraciones y la seguridad laboral son muy superiores a las que ofrece el sector privado. Teniendo como meta ocupar cargos públicos y recibiendo señales claras de la fuerza política no dudaron en pasar de ser periodistas a ser comunicadores militantes. Todos podemos ejercer nuestras tareas o profesiones siendo simpatizantes de tal o cual partido político o ideología sin que esto influya en nuestro desempeño.
Ahora bien, una cosa es ser simpatizante y otra muy distinta es ser militante. El militante no está dispuesto a cuestionar, se ve obligado a defender hechos y personas de su misma postura sin importar nada; además de manifestar su total adhesión partidaria e ideológica debe ser enemigo acérrimo, con la necedad necesaria de todo aquello o de quienes no promulguen sus creencias y posiciones. Lamentablemente, esta “traición” a la credibilidad del periodismo no ha sido considerada y analizada por los medios, solo un par de escuetas menciones. Claro, esto no es de ahora, por ejemplo, entre unos cuantos, el periodismo no tuvo un ético accionar ante las muy difíciles de calificar (¿indecentes, ilegales, infames, maliciosas, rentadas?, entre otros calificativos) filtraciones de la fiscalía en casos muy bien elegidos a ciertos comunicadores militantes, no tuvo el rechazo y tratamiento judicial que merecía, reinando un silencio cómplice de la inmensa mayoría del periodismo nacional.
Hace un par de años un columnista de un medio escrito se “zarpó” e insultó a varios políticos que él detestaba. Envié un mail al director del medio manifestando rechazo y asombro por la forma soez con que el columnista se había expresado, además hice mención a que no era la primera vez e indiqué otras columnas en las que derrapaba con insultos y descalificaciones. Bueno, este prestigioso director me contestó: “(…) nosotros no hacemos periodismo de periodistas”. En mi pueblo a esto le llaman corporativismo, y queda en evidencia que existe un código de omertá entre periodistas y comunicadores, salvo que se trate de pegarle a Petinatti o a Nacho Álvarez, cocarda que lucen orgullosos los políticamente correctos, digamos mejor que es un requisito para ser considerado camarada. Recordando un estribillo que canta el gran Raphael, sin la menor duda, “escándalo, es un escándalo” que durante años decenas de comunicadores militantes nos hayan manipulado integrando un comando que (es mi presunción) manipuló y filtró la información que recibimos.
Resulta cómico cómo desde los medios se les pide, y exige, a los partidos políticos una autocrítica luego de haber perdido las elecciones. Pregunto, quizás ingenuamente, cuánto se va a demorar la autocrítica de los periodistas que, sin ser parte, se han visto utilizados y engañados. Cuándo se entenderá que los gobiernos de izquierda tienen entre sus fines limitar y amordazar al periodismo, controlar y prohibir, cuándo se reaccionará ante un proceso infame de imposición del pensamiento único, cuántos comunicadores militantes contribuyen a la desaparición de la libertad de pensamiento y expresión, proceso en el que estamos. El periodismo hizo caer al presidente de la mayor potencia mundial, caso Watergate, sin más comentarios.
Menciono algunas preguntas que muchos nos estamos haciendo, sin conseguir aún respuestas: ¿cómo haremos desde ahora en adelante para diferenciar a los periodistas de los comunicadores militantes?, ¿cuántos comunicadores militantes quedan aún en los medios, en muchos casos trabajando como topos?, ¿cuándo llegará el momento en que el periodismo independiente denuncie los constantes ataques, directos y de los otros, que sufren los medios? ¿Es necesario que el Estado cuente con decenas de oficinas de relaciones personales y comunicación, que en definitiva son medios de propaganda político-partidaria?
Estamos atravesando una etapa decadente de nuestra historia, más preocupados por el fútbol que por la degradación democrática que lentamente va cercenando nuestra libertad mientras la clase política se pelea y distancia dominada por un infantilismo mortal. Honestidad, ética y profesionalismo han mutado en manipulación, soberbia y embuste al parecer para unos cuantos, y eso es malo, pero peor es no reconocerlo y denunciarlo por quienes aún defienden la profesión de periodista, callar y mirar para otro lado no es opción.
Daniel H. Báez