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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMotiva esta carta la circunstancia de que ha llegado a mis manos el libro de Germán Deagosto Leones y corderos (ed. Fin de Siglo). Sucede que me involucra y por eso no puedo dejar de aclarar mi posición, que considero ha sido tergiversada como tantas veces antes. Pero en este caso hablamos nada menos que de un premio Bartolomé Hidalgo. No se trata de cualquier librito. Y se refiere a asuntos que para mí siempre han sido claves. Por esto me pareció que bien valía la pena reaparecer ahora que puedo hacerlo porque, al invocarme su autor con los auspicios de mi amigo Edward Hopper, quedó abierto el canal espiritual que lo permite.
Hay muchas cosas que me gustaría decir, pero para no abusar de la oportunidad y del espacio me enfocaré en la cuestión central en la que considero haber sido —digámoslo con amabilidad— malentendido: me refiero al concepto de la libertad, algo tan importante y, a la vez, tan manoseado. Que quede claro que no me considero el portador de la verdad sobre este asunto —ni sobre ningún otro—, pero al parecer he sido distinguido por la ciencia política como un referente sobre el tema, como el propio Deagosto ha tenido a bien considerar.
Antes que nada, corresponde felicitar a Germán por el premio y —sobre todo— por animarse a tratar públicamente temas tan complejos y trascendentes. Pero quisiera hacerle notar que no cumplió con su consigna de evocar a sus protagonistas “en su mejor versión”. No lo hizo conmigo. Ni siquiera me citó en “mi versión”. Incluso dudo de que me haya leído en profundidad. Así, llegó a un concepto de libertad que yo no sostengo. Todas las interpretaciones bien argumentadas merecen su crédito, pero lo que no debe es adjudicarme una interpretación que no sostengo. No es el primero en hacerlo.
Aclaremos también que el libertarismo, corriente de la cual Javier Milei, uno de los protagonistas del libro de Deagosto, dice ser seguidor, tiene unos cuantos puntos en común y principios cercanos con el liberalismo, pero no son lo mismo. E incluso entre los liberales también existen diferencias relevantes. Para ayudarlo en el análisis, por si le interesa, diré que me considero un liberal de centro. Si estudia con atención mi obra, llegará por sí solo a esa conclusión.
En la parte de mi producción intelectual que ha sido más difundida distingo dos conceptos de libertad, entre más de 200 definiciones que a lo largo del tiempo distintos pensadores han dado sobre ese asunto. Se las ha llamado libertad negativa y libertad positiva.
La libertad negativa es tener un ámbito mínimo en el cual el individuo puede actuar sin ser obstaculizado deliberadamente por otras personas. Alguien que vive en un paraje natural extenso tiene más libertad negativa que alguien que vive en un pueblo pequeño y sobrepoblado (en igualdad de otras condiciones). Es claro que dicho ámbito no puede ser ilimitado porque si lo fuera las personas se obstaculizarían sin límite entre sí impidiéndose en muchos casos que algunas de ellas satisficieran incluso sus necesidades mínimas.
La libertad positiva es la que permite al individuo ser su propio amo y señor, esto es, que pueda decidir por sí mismo las cuestiones esenciales de su vida en lugar de que les sean impuestas por otros. Un esclavo no tendría libertad positiva alguna. Un niño pequeño no tiene libertad positiva, pues su vida presente la determinan sus padres.
Las anteriores son las claves para distinguir los dos conceptos. Y me he desgañitado intentando contener las acepciones extensivas de la libertad positiva que, no he parado de advertir, terminan distorsionando el concepto en forma tan impertinente que terminan favoreciendo situaciones de falta de libertad: de autoridad excesiva y hasta de opresión, que incluso pueden llevar al despotismo.
Deagosto resume los conceptos en sus propias palabras, cuando analiza mi obra, y no puedo evitar decirle que para nada me conforma cómo lo hace. Entre otras afirmaciones criticables, dice que “la segunda es emancipatoria y pasa por la autorrealización, por acceder a las herramientas que nos habiliten el goce de la libertad”. Y yo he insistido muchas veces y en detalle respecto a que no deberíamos hacer lo que el autor de Leones y corderos parece hacer: confundir la libertad con las condiciones necesarias para su mejor goce (el acceso a las herramientas al que él se refiere). Ambas cosas son importantes, pero no son lo mismo. La libertad es la libertad, y no igualdad, equidad, justicia, cultura, bienestar o felicidad humana, estas últimas son condiciones (muy relevantes, por cierto) para el mejor goce de la primera.
Que quede claro que no pienso que sea necesario que alguien se autorrealice para considerar que es libre. Deagosto afirma que la libertad positiva es la libertad para la autorrealización. Esta supone un desarrollo efectivo en cierto sentido predeterminado. Yo he afirmado e insistido en que la libertad es una oportunidad para la acción y no debemos confundirla con la acción misma ni con su resultado. He afirmado expresamente que la mera incapacidad de lograr nuestras metas no es falta de libertad. Y he insistido en que la libertad no supone ningún objetivo predeterminado. Si, a pesar de que disfruto del derecho de caminar a través de puertas abiertas, prefiero no hacerlo, sino quedarme quieto y vegetar, no estoy teniendo menos libertad. También he dicho que para que un hombre sea libre no necesita saber cómo usará su libertad, esto es, para qué la usará; solo requiere remover el yugo.
El sentido fundamental de la libertad es ser libertad de cadenas, de aprisionamiento, de esclavización por otros cuyos fines son suyos y no los de cada uno de nosotros. El resto es la extensión de este sentido o metáfora. No es bueno —produce confusión— pretender estirar la palabra libertad para incluir una amalgama de otras cosas deseables: igualdad, justicia, felicidad o bienestar.
Como puede deducirse de mis palabras anteriores, el concepto de libertad que Deagosto expone como mío dista bastante de serlo y encarna, por el contrario, la posición extensiva que tanto he criticado. Pero me parece un exceso que además de lo anterior se pongan en mi boca expresiones que nunca he dicho o se pongan fuera del necesario contexto para su adecuado entendimiento. Eso no se hace. Son unas cuantas, así que por ahora solo me referiré a un par de ellas.
Cuando el amigo Germán refiere al diálogo que mantiene conmigo en aquella conexión espiritual lograda a través de Hopper y su cuadro Noctámbulos y se pregunta hasta qué punto puedo ser libre sin limitar la libertad de los otros, responde que la libertad para los leones es la muerte para los corderos y me atribuye haber estado de acuerdo con él. Es un error grave. Es innegable que la libertad de unos se alcanza limitando la libertad de otros. Pero, si bien el espacio libre de interferencia no puede ser ilimitado, también es necesario reservar un espacio de libertad personal mínimo, que sea sagrado e inviolable. Y en ese espacio los leones serán libres, pero eso no implicará la muerte de los corderos, como sugiere, porque también los corderos gozarán de ese espacio de libertad y deberán ser respetados. En el seno de las democracias liberales, donde la libertad de la que hablamos puede sostenerse, impera la ley, el Estado de derecho, y en ellas tanto la seguridad de los corderos como la de los leones serán garantizadas por la ley.
En otra parte del mismo diálogo también me atribuye haber afirmado cosas que no pienso. Sí, estábamos en un bar, pero en mi condición espiritual puedo asegurar que no podía estar ebrio y por tanto no pude haberle dicho lo que Deagosto plantea. Dice que yo hice la pregunta retórica: ¿de qué le sirve a un analfabeto la libertad de prensa?, y que respondí que no le sirve de nada, que las personas no pueden ser libres si son pobres, desgraciadas y no tienen acceso a la educación o a la salud, que la libertad solo es libertad si se conjuga con algún grado de igualdad social.
Que me perdone Deagosto, pero lo anterior es un disparate y está en las antípodas de mi pensamiento. Que revise lo que expresé ocho párrafos atrás acerca de no confundir la libertad con las condiciones para su mejor ejercicio. Es evidente que ofrecer derechos políticos o salvaguardas contra la intervención del Estado a hombres desnudos, analfabetos, hambrientos y enfermos podría ser visto por estos como una burla de su condición. Es probable que no les interese. Necesitan ropas, educación, comida y medicinas antes que —y más que— libertad personal. Pero la libertad mínima que necesitan hoy, y el mayor grado de libertad que puedan necesitar mañana, no es una libertad diferente de la de profesores, artistas y millonarios, sino la misma. Es cierto que algunos podrán aprovechar la libertad más que otros, e incluso que una misma persona lo hará en forma diferente a lo largo de su vida, pero la libertad no es un criterio de igualación, ni debe ser confundida o fusionada con otros valores. Es libertad y solo eso. Y nada menos que eso. Siempre es bueno tener libertad y es malo lo contrario. Nunca se puede decir que la libertad no le sirve para nada al más pobre de los pobres. Respecto a la pregunta que se hace, sin dudas al analfabeto le sirve la libertad de prensa. ¿O acaso por no saber leer no es capaz de conversar con su vecino de temas relevantes aprovechando lo que este, que no es analfabeto, ha podido leer en la prensa? ¿O acaso solo existe prensa escrita?
Por hoy lo dejo por acá. Pero tengo mucho más para decirle al economista filósofo sobre su libro. Podemos intercambiar opiniones, por cierto, si él lo quiere. Será un gusto para mí y sigo teniendo a disposición a Hopper para ello.
Isaiah Berlin
Por gentileza de Edward Hopper y de LDS