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    Sobre la libertad de los leones y la de los corderos

    Sr. director:

    En mi primera carta bajo este título me referí a algunas de las afirmaciones que Germán Deagosto realizó en su premiado ensayo Leones y corderos (Fin de Siglo). Hay mucho para discrepar, pero ahora quiero enfocarme en el epílogo de su libro. Allí se suelen poner las conclusiones o síntesis de lo expresado. Me centraré en dos párrafos.

    En el primero Deagosto se define como “zurdo liberal”. Dice que se siente “un tibio socialdemócrata atraído por el pensamiento de Rawls y Berlin, de Keynes y Ostrom, de Smith y su mano invisible de la moral y la empatía… un liberal tolerante, igualitarista, plural”. Dice que entiende y aplaude que haya gente que “escapó de circunstancias complicadas, que superó muchos obstáculos a fuerza de mérito propio, tesón y entrega”, pero que lo que no le parece adecuado es “hacer de cuenta que esa es la regla y no la excepción y, por tanto, que no es necesario disponer las instituciones mirando siempre a los más desfavorecidos”.

    En el segundo, y siguiente párrafo, afirma que está “preocupado por la apropiación libertaria del concepto libertad, que es la libertad solo en sentido negativo, individualista, casi darwinista”. Y se pregunta “¿de qué sirve la libertad sin las condiciones materiales para ejercerla?”. “Eso no es libertad, es una burla”, responde. Y afirma que “la libertad debe entenderse también en su sentido positivo, que está asociado al autodominio… a poder desarrollar nuestras capacidades más allá del contexto y las circunstancias que nos tocaron”. Y que él es “más liberal cuando se trata de cosas que no discurren por la economía”.

    Menos mal que admite ser un “liberal con contradicciones” porque esa es realmente su situación, con simpatías hacia cuestiones incompatibles. Y lo pienso yo, que me considero un liberal de centro o de centro-izquierda (no es posible ser muy definitivo en estas clasificaciones). Estimo que Germán aún no tiene claro lo que es ser un liberal, que aún no ve que ciertas cuestiones que la izquierda más radical siempre ha demonizado son condiciones imprescindibles para la libertad. Por eso, libertad es la palabra clave, y recién en segundo plano la tolerancia y el pluralismo, que solas no significan mucho. No es liberal quien dice serlo en lo político, pero no en lo económico, porque el libre mercado es un postulado que solo se defiende políticamente o no se defiende. No se puede ser liberal en lo político propugnando un sistema económico dirigista en el cual el Estado es el jugador principal.

    Por supuesto que existen liberales de izquierda, ya que para ser de izquierda lo fundamental es ser sensible con la suerte de los más pobres y débiles. Ello para nada es incompatible con el liberalismo. El liberalismo promueve su progreso a través de darles mejores oportunidades y asegurándoles un mínimo de vida digna, pero siempre en el respeto del concepto de libertad, tanto negativa como positiva, para todos los ciudadanos. Esto supone, entre otras cosas, aceptar las desigualdades entre ellos. El punto no es que todos tengamos el mismo nivel de riqueza, sino que todos podamos vivir, al menos, en forma digna.

    Sin embargo, otras corrientes como el marxismo tienen una posición diferente. Para este quienes más tienen deben forzosamente ocuparse de quienes menos tienen, hasta que todos seamos materialmente iguales. “A cada cual según su necesidad y de cada cual según su capacidad”, sostiene. Es decir que, para el marxismo, algunos deben llevar sobre sus hombros a los otros (que no pueden o no quieren ocuparse de su progreso individual). Este enfoque aparentemente altruista y solidario no lo es porque no es voluntario por parte del individuo con capacidad, sino fruto de la coerción. Y la coerción es lo contrario de la libertad. Con esa premisa de que todos seamos materialmente iguales se castiga a los más capaces y talentosos a no poder —en la mayoría de los casos— gozar plenamente de los frutos que legítimamente obtienen. Más allá de que a mediano y largo plazo esto no ayuda a los más pobres, constituye una clara violación del espacio de libertad individual de aquellos, libertad que el liberalismo pregona para todos.

    Algo distinto es que quienes están en mejor posición económica asistan a los más débiles o menos capaces para que puedan vivir dignamente. Esto es lo que en las democracias liberales normalmente se realiza a través de los sistemas impositivos. El punto es dónde se traza la línea que determina el nivel de cargas que algunos deberán soportar para beneficio de otros. Por esto digo que el asunto de la libertad es clave para el liberalismo, aún más que el pluralismo y la tolerancia.

    Se nota que Deagosto no está cómodo definiéndose como liberal. Aparece por todos lados un cierto sentimiento de culpa. Entre otros lugares, al final de su ensayo, en donde dice ser un “socialdemócrata atormentado”, un “tibio”, un “liberal con contradicciones”. Y no vale acá que se esconda detrás del pluralismo. Un defensor del pluralismo no tiene por qué ser un tibio o un indeciso. Puede ser un tipo coherente, de pensamiento claro y consistente. Que alguien acepte con tolerancia las posiciones de los demás no lo hace menos convencido de las suyas.

    Deagosto tiene el tupé de trastocar los énfasis del gran Adam Smith inventando eso de la “mano invisible de la moral y la empatía”. Sin duda el tratado acerca de los sentimientos morales de ese autor es una obra magnífica y muy aplicable hoy en día. Pero, si la lee como creo que debería, no dice lo que confusamente él sugiere, aunque quede lindo cómo lo dice. La “mano invisible” es un concepto muy original —y que, en buena medida, se mantiene vigente desde hace 250 años— para explicar el fenómeno del libre mercado, y no otra cosa. Ese libre mercado que Germán —y otros que piensan como él— se empeña en no terminar de aceptar, aunque es una de las bases del liberalismo.

    Justamente, creo que ese es su problema central. Le cuesta aceptar lo evidente —que Smith vio— y es que persiguiendo su propio interés es como los individuos colaboran con el interés de los demás. Para esto es necesario dejarlos actuar con una dosis de libertad suficiente para no apagar su motivación. Que esa libertad no puede ser absoluta es claro. Pero es esencial que sea suficiente. Esto es lo que invariablemente no ha sucedido en las numerosas experiencias marxistas (y no puede serlo dados sus postulados) y por eso han venido fracasando sin excepción. Por esto, de nuevo, afirmo que la libertad es la clave de ser liberal, como he dicho ya antes.

    Dice Deagosto que le parece adecuado “disponer las instituciones mirando siempre a los más desfavorecidos”. Es una preferencia entendible, pero para los liberales no es justa. ¿Por qué hay que dar preferencia alguna a alguien? Para los liberales el Estado debe ser lo más neutro posible. Esto no significa ser indiferente a los problemas de los más desfavorecidos. Pero tampoco es lo contrario, como él dice que le parece más adecuado.

    Afirma Germán que le atrae el pensamiento, por ejemplo, de John Rawls. Bueno, él no dispone las instituciones mirando solo a los más desfavorecidos, sino que lo hace en forma más neutra, como yo venía diciendo. Para Rawls la libertad es lo primero y, en línea con Smith, considera que ella es la que lleva a la mayor prosperidad de la sociedad. Solo que aquel propone su principio de la diferencia, que, básicamente, plantea que el mayor provecho de los más aventajados siempre debe redundar en un provecho para los menos aventajados. Rawls parece ser un liberal de izquierda, efectivamente, pero no llega al punto que Deagosto pretende. Él está convencido, como yo, de que el mejor camino para el avance de los económicamente más débiles es el liberalismo. Que supone el libre mercado, con los controles y ajustes mínimos razonables cuando es necesario, lo cual son excepciones a la regla y no la regla.

    Por último —a mi juego me llamaron— dice Deagosto que está “preocupado por la apropiación libertaria del concepto libertad, que es la libertad sólo en sentido negativo, individualista, casi darwinista”. Me parece que no está bien informado. Milei es Milei y el libertarismo es el libertarismo. Si hubiera leído a los libertarios contemporáneos y hubiera entendido bien los dos conceptos de libertad como trato de explicar en mi conocido ensayo, no sostendría eso. Pero vamos por partes.

    Los libertarios no defienden solo la libertad negativa. Por el contrario, defienden lo que denominan self-ownership (algo así como la propiedad de uno mismo), que es casi lo mismo a lo que yo llamo libertad positiva: ser mi propio dueño o amo, esto es, un espacio de autonomía individual en el cual pueda decidir yo solo acerca de las cuestiones que considero esenciales para mi vida. Lo particular de los libertarios es que pretenden que ese espacio de autonomía sea mayor de lo que normalmente pretenden los liberales. Son más aguerridos en la defensa de ese espacio y, por tanto, más críticos de las potestades y el alcance de la intervención del Estado sobre los individuos y su esfera de acción privada.

    Milei parece irse al extremo dentro del caso libertario, pero es consistente. Para no aburrir acá, le recomiendo a Germán —y a quienes piensan como él— que lea Left-libertarianism and its Critics: The Contemporary Debate —que ya tiene 25 años, pero está vigente, y en el cual encontrará posiciones que le simpatizarán— y “Libertarianism” en la Enciclopedia Stanford de Filosofía. Sobre todo el segundo estimo que le va a permitir entender el libertarismo y a Milei mejor que estudiando la mayor parte de los autores que analiza en su ensayo.

    El problema en su caso —me parece— es que no ha comprendido bien el concepto de libertad positiva. La libertad negativa es tener un ámbito mínimo en el cual el individuo pueda actuar sin ser obstaculizado por otras personas. La positiva es que el individuo pueda ser su propio amo y señor, esto es, que pueda decidir por sí mismo las cuestiones esenciales de su vida en lugar de que les sean impuestas por otros. Las anteriores son las claves para distinguir los dos conceptos. Y, como he planteado en toda oportunidad que se me ha dado, me he preocupado a lo largo de toda mi obra intentando contener las acepciones extensivas de la libertad positiva —como la suya propia— que —no he parado de advertir— distorsionan el concepto en forma tan impertinente que terminan favoreciendo situaciones de falta de libertad. Lo explico en detalle, entre otras fuentes, a lo largo de los ocho capítulos de mi ensayo Dos conceptos de libertad. Al parecer muchos de sus lectores llegan solo hasta el segundo capítulo… y ni siquiera terminan de leer bien este.

    En el segundo de los párrafos del libro Leones y corderos —que transcribí al principio de esta carta—, Deagosto demuestra que sostiene el concepto de libertad positiva extendida. Dice que “la libertad sin las condiciones materiales para ejercerla no sirve de nada”, que tenemos que “poder desarrollar nuestras capacidades más allá del contexto y las circunstancias que nos tocaron”. Y a eso le llama libertad positiva, que para él pasa por la autorrealización, por acceder a las herramientas que nos habiliten el goce de la libertad. Y yo he insistido muchas veces, y en detalle —y también lo hice en la primera carta sobre este tema—, en que no debemos confundir a la libertad con las condiciones necesarias para su mejor goce. Ambas cosas son importantes, pero no son lo mismo. La libertad es la libertad, y no igualdad, equidad, justicia, cultura, bienestar o felicidad humana. Tampoco considero —como Deagosto— que sea necesario que alguien se autorrealice para considerar que es libre. Pero ya me extendí sobre esto en la primera carta.

    El sentido fundamental de la libertad es ser libertad de cadenas, de aprisionamiento, de esclavización por otros cuyos fines son suyos y no los de cada uno de nosotros. El resto es la extensión forzada de este sentido, que por serlo produce contradicciones e inconsistencias. No es que la libertad positiva y la negativa siempre se oponen, como sugiere Germán, y por eso propone un “balance” entre ellas. Lo que se opone es la libertad positiva tergiversada —la que antes llamé “extendida”— y no solo a la negativa, sino también a la positiva sin tergiversar. Así, el balance al que hay que llegar no es entre los dos conceptos de libertad, que en general son perfectamente compatibles, sino entre las libertades de los distintos ciudadanos, y entre estas y el poder de coerción del Estado.

    Por lo expuesto en esta carta, señor director, es que creo que Deagosto se siente tan atribulado, como él reconoce. La clave es la libertad, y aún no ha llegado a comprender su significado en términos liberales. Cuando lo haga seguro se sentirá mejor. Espero haber contribuido en algo a ello.

    Isaiah Berlin

    Por gentileza de Edward Hopper y de LDS

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