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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Partido Nacional está en una época de sociólogos, focus groups y encuestas para ahorrarle a la dirigencia la tarea de pensar. En cierto sentido, es un ejercicio autoflagelante, que pretende ser una exhibición a la opinión pública de que se está en penitencia por los resultados electorales. Sin embargo, el problema trasciende nombres y apellidos, candidatos o ministros.
Un repaso: Luis Lacalle Pou ganó en 2019. Y lo hizo por el anca de un piojo. A pesar de triunfar en 17 de los 19 departamentos del país, el guarismo del balotaje fue de empate. Incluso, arrasó en ocho departamentos con más del 65% de los votos. Sin embargo, el empate se debió a la pérdida de dos departamentos: los más poblados.
Lacalle Pou obtuvo 383.991 votos en Montevideo, y Daniel Martínez 507.346 (43% y 57% de los votos, respectivamente). Cifras que no fueron notablemente mejores a los 360.355 votos (41%) que obtuvo Álvaro Delgado en 2024, frente a los 508.730 votos (58,54%) que obtuvo Yamandú Orsi en el departamento más poblado.
Delgado perdió porque no logró replicar el tremendo éxito electoral que tuvo Lacalle Pou en el interior. No superó en ningún departamento el 60% de los votos. Lo que sí logró fue repetir la magra votación en la capital, fallando así en su titánica misión autoimpuesta de revertir la hostil cultura electoral de Montevideo en una sola elección. Y además hacerlo con una soldado endeble: Valeria Ripoll —cuya raison d'être en la campaña era darle un enfoque “metropolitano”, y lo que ello signifique—.
Acá está el elefante en la habitación que nadie en el Partido Nacional quiere ver mientras se hace la autocrítica. No podemos pretender señalar únicamente errores dramáticos de la campaña como la candidatura de la vicepresidenta o a cuestiones mal hechas por el gobierno cuando hay factores sociológicos muy encarnados en nuestro país y que son una piedra en el zapato para la derecha uruguaya.
Montevideo es zurda y la derecha no puede romper la barrera del 42% en la “ciudad”. Eso hace que no estemos frente a una democracia de empate: estamos con el tablero inclinado. Que los resultados electorales en Montevideo sean siempre los mismos hace dos décadas es un desafío difícil de sortear para la coalición republicana. La autocrítica tiene que trascender la coyuntura del 2024 e integrar el asfixiante resultado del 2019. Si bien los árboles no dejan ver el bosque, porque la letal fórmula presidencial nos distrae, acá hay un problema mucho mayor, que es el desarraigo de los votantes del área metropolitana hacia los partidos coalicionistas.
La autocrítica tiene que comenzar por reconocer que hemos abandonado la capital a la merced de una izquierda negligente, debido a que los blancos tienen un bagaje histórico que los desmoraliza frente a la ciudad y cuyo resultado sea estudiar y entender la ciudad donde habita la mitad de la población del país, para así generar una estrategia a largo plazo que pueda incluso hacernos ganar en esa circunscripción. Porque la cuestión montevideana no pasa simplemente por ganar las elecciones departamentales; es una cuestión de política nacional, donde pasa por revertir una hegemonía departamental que condena al resto de los uruguayos debido al desproporcionado peso poblacional del área metropolitana.
Montevideo es frenteamplista, esencialmente, porque su clase media es ciegamente izquierdista. Lo es por varios motivos históricos, sociológicos y urbanos. La izquierda acusa a la coalición de no “ir a los barrios”; sin embargo, los republicanos suelen ganar en varios barrios como Pocitos, Carrasco, Punta Gorda o el Centro. ¿Acaso no son barrios? No es que no lo sean, es que no entran dentro de la construcción colectiva imaginaria de lo que es “un barrio”.
Hay muchos relatos urbanos y figuras que moldean el imaginario colectivo. Uno de ellos es avenida Italia, que compartimenta a una clase media más acomodada y la divide del resto de la clase media, sustrayendo a esta última su carácter aspiracional. Esto les hace aún más ajeno los discursos meritocráticos y promercados.
Salir de avenida Brasil y la rambla es darnos cuenta de que hay mucha ciudad tierra adentro. La derecha tiene que dejar de ser talasocrática. Los dos municipios donde ganamos son los costeros. Pero incluso acá tampoco hay ningún plan estratégico ni discurso en torno a ellos; hacerlos crecer, invitar a más vecinos a vivir en las zonas más disfrutables de la ciudad.
Romper la telurocracia frenteamplista en Montevideo tiene que ir de la mano con comprender cómo está compuesta la ciudad y entender cuáles son los barrios donde nuestro discurso puede penetrar mejor. Y esto es en los barrios de la zona media de la ciudad, como La Blanqueada o Larrañaga, donde Lema ganó por primera vez en muchas décadas. Volver a conectar con una clase media que aún conserva reservas de dinamismo y apertura y puede volver a ser el motor de un cambio electoral en la capital.
No sorprende a nadie decir que la gran obra de la izquierda en la ciudad desde 1990 fue la marginación cultural. Hoy, un 1/10 de los montevideanos viven en cantegriles, y otro 2/10 en barrios formales pero precarios. El urbanismo es política y moldea a la sociedad. Desde la intendencia de Tabaré Vázquez se han duplicado la cantidad de asentamientos (¡antes incluso del 2002!). El Plan de Ordenamiento Territorial de Mariano Arana fue el que selló este proyecto sociourbano fomentando la expansión irregular de la ciudad. Quien descrea de estas cifras que revise el historial de cantidad de cantegriles disponible en la página de la Intendencia de Montevideo.
La apatía de la política departamental no nos llevará a ningún lado. Es necesario que la coalición republicana cree una estrategia y un discurso que guíe a la derecha urbana para no ser una oposición eterna a escala nacional. La autocrítica debería hacerles abrir los ojos de que hay que ser igual de férreos, contundentes y estratégicos con el gobierno de Mario Bergara, tal cual lo seamos del gobierno de Orsi.
La estrategia del camuflaje no funcionó: abdicar de nuestros ideales, mentir sobre que no tenemos ideología y pasar desapercibidos del debate público. Eso es rendirnos. Es retirarnos de la esfera pública. No estamos condenados a tener una ciudad rendida a la ultraizquierda. Muchas ciudades del mundo abrazan electoralmente los ideales de la derecha. Y aún más en el mundo iberoamericano: Madrid, Buenos Aires, Lima, Oporto, Río de Janeiro, Medellín, Quito. Los republicanos tenemos que reconectar con la clase media urbana y romper con el muro invisible que se ha construido.
Tomás Bonetti