Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSr. director:
Nunca imaginé tener que comunicarme con usted y sus probables lectoras y lectores para compartir estas experiencias. Con mucho esfuerzo, una mujer sencilla como yo, trabajadora, marrona, uruguaya y latinoamericana reunió el dinero necesario para financiarse un viaje turístico a Portugal. Fui de paseo.
Hacia allí viajé, cumpliendo todos los requisitos necesarios: pasaje de ida y vuelta, con el regreso marcado antes de los 90 días permitidos para estar en el país, comprobante de que contaba con 3.800 euros, entre efectivo y tarjeta de crédito internacional, documento de responsabilidad firmado por la persona que me alojaría —es algo parecido a una carta de invitación—, captura de estados de cuenta y movimientos de mis tarjetas de crédito y débito, itinerario de viaje y comprobante de seguro de viaje con cobertura por 90 días.
Sin embargo, la llegada y el ingreso a Portugal no fueron lo que había esperado. Arribé el martes 3 de junio a las 7.30 de la mañana y, después de hacer una cola de más de tres horas en Migraciones, la persona que me atendió me envió directamente a la oficina de la Policía en el Aeropuerto de Lisboa. Afirmó que yo no podía comprobar el dinero con el que contaba y que tampoco podía comprobar que contaba con pasaje de regreso, algo que intenté explicarle que no podía mostrar porque mi celular no tenía batería.
Un paréntesis. Es de destacar que en esas primeras tres horas ya una puede ir haciéndose una idea de que la bienvenida no es tal: la fila para atender viajeros del “resto del mundo” era muchísimo más larga que la de quienes provenían y tenían documentos de la Unión Europea. Cierro paréntesis.
Retomo el relato. Una hora y media después de ser enviada a la oficina policial, dos agentes se dignaron a atenderme. Fueron muy hostiles a lo largo de toda la entrevista, me exigieron todo tipo de información personal y privada, que francamente no entiendo qué podría haberles aportado. Uno de ellos me habló violentamente, me llegaron a preguntar si no me daba cuenta de que estaba en una situación muy vulnerable y que podía terminar expuesta a trata de personas (sic). Apelación que entiendo más oportunamente a la manipulación para obtención de información que a la preocupación en sí de mi integridad.
Todo fue tan violento que, al final, una de las preguntas del interrogatorio fue si me había sentido violentada por parte del equipo policial, a lo que respondí “violentada, acosada y ninguneada”. Cuando leo la declaración, observo que el policía que escribía dejó establecido que no había sido así. Todo muy surrealista.
Enviaron la entrevista a sus superiores, y mi ingreso a Portugal fue denegado. Me indicaron que tenía derecho a un abogado adjudicado por ellos mismos, a lo cual pregunté si podía yo misma contratar un servicio particular porque no me daba ninguna confianza ser defendida por alguien que trabajaba para ellos, a lo cual respondieron que sí y eso fue lo que hice, invirtiendo plata de mis vacaciones en intentar salir de una intervención clasista, racista y xenófoba como la que estaba viviendo.
A todo esto, lector, lectora, calcule las horas, las tensiones y la tristeza que estaba yo transitando.
A las 16.00 horas llegó mi abogada al aeropuerto, pero no pudimos entrevistarnos sino hasta las 21.00 horas. Mientras las horas transcurrían, yo seguía en un sector, mi abogada en otro y mi amigue Ange esperándome y sosteniéndome emocionalmente también en otro sector del aeropuerto.
Cabe destacar que viajé con el gato de mi amigue, que no veía hace meses y estaba con mucho deseo de recibir, ni siquiera tuvieron la amabilidad de entregar a la mascota a su dueña, cuando tenía conmigo la documentación necesaria y requerida para el traslado del animal. Decidieron dejarlo también varado en el aeropuerto, luego de 15 horas de viaje y las siguientes que ya he mencionado antes.
Asesorada por mi abogada, a las 22.15 horas enviamos por correo electrónico toda la información que detallé en el segundo párrafo de esta carta. La respuesta recibida por el policía a cargo de recibir la información es que a esa hora no había nadie con jerarquía suficiente para evaluarla y resolver mi liberación (cosa que por lo menos tendrían que habernos avisado con anticipación, si unx tiene al menos un poco de empatía), por lo cual debía permanecer “alojada” en el aeropuerto hasta el día siguiente. “Alojada” quiere decir en un lugar que por supuesto no tiene la menor dignidad para alojar a nadie, en donde pasás frío, dormís con ruidos constantemente, porque los encargados de la limpieza del aeropuerto trabajan a la madrugada y estás en medio del tránsito de turistas.
Al día siguiente, miércoles 4, desperté y consulté a la policía por mi situación. “Sentate y esperá un poco”, fue la respuesta que obtuve. Me contacté de inmediato con mi abogada y a las 17.00 horas le respondieron que “el correo electrónico no llegó”. De inmediato, antes de las 18.00 horas lo volvió a enviar, junto con una captura de pantalla del envío a las 22.15 horas de la noche anterior. Le respondieron que “el gabinete jurídico evaluaría la situación”.
Otra noche más durmiendo en condiciones de absoluta precariedad en el aeropuerto. Ya era jueves 5, yo había llegado a Lisboa el martes 3 a las 7.30 hora local. A todo esto, ya el Sr. cónsul del Uruguay en Portugal se estaba ocupando de llamar y consultar insistentemente a la Policía por mi caso y en comunicación con mi amigue Ange, a quien le afirmó: “Yo no puedo permitir que una persona pase dos días sin asearse”. Lo mínimo que pensamos la mayoría, ¿verdad? Pero parece ser que los encargados del servicio de seguridad de Lisboa no. Tanto desde Uruguay como desde Argentina se había conformado una red de personas que me estaban tratando de ayudar.
Empecé a sentir enojo e impotencia por la situación. Cuando nos despertamos, los policías procedieron a quitar nuestros catres, quizá porque afectara a la imagen de Portugal que los demás turistas habilitados para el turismo vieran alrededor de 20 personas “haciendo rancho” en medio de su aeropuerto internacional. Nos trajeron un “desayuno” que me parece importante describir: un yogur en mal estado con dos rodajas de pan viejo.
Tres horas después, una oficial de Policía que ya había observado accionar mediante discriminación lingüística a otras personas en tránsito me llama, me hace entrar a la oficina, me pregunta mi nombre, mi fecha de nacimiento, el motivo de mi viaje, en donde me iba a alojar y si tenía previsto visitar solamente Portugal, todo en portugués. Respondo asertivamente todas las preguntas, de la misma manera que lo hice el primer día, martes 3, al llegar a Lisboa. La oficial sella mi pasaporte, me mira, e increíblemente con un español muy claro me dice: “Bienvenida a Portugal, andá a buscar tu maleta” (sic). Lo cual confirma, aunque no es necesario ya en este punto, el grado de violencia que se transita en esa situación simplemente por no formar parte de la UE.
Pero no, lector, lectora, este no es el final feliz de esta historia. Mientras todo esto sucedía, recibí un correo electrónico de Latam. Cuando pude salir del aeropuerto y llegar con mi amigue Ange, que me recibía en su casa, me ocupé del susodicho correo. Haré una “versión breve”. Mi pasaje de regreso Madrid-Montevideo ya no existía y, con el mismo número de orden, aparecía un pasaje Lisboa-Montevideo para el viernes 6, o sea, un día siguiente al que me encontraba.
Latam hizo las modificaciones correspondientes, pero esto fue un hecho gravísimo: alguna autoridad portuguesa robó mi identidad y utilizó, sin mi consentimiento y sin haber sido resuelto todavía mi caso, mi pasaporte para modificar mi vuelo de regreso.
Latam, reitero, hizo lugar a mi solicitud de devolverme mi pasaje original, en principio sin querer darme información de qué había sucedido. Solo me decían que había sido un error suyo y que lo iban a solucionar. Ante mi insistencia reiterada para saber qué había sucedido, logré que me informaran que “una funcionaria del Aeropuerto de Lisboa el miércoles 4 había realizado el cambio de vuelo”. Y ante mi furiosa insistencia para saber el motivo de este otro atropello, me responden: “No hay motivo que podamos explicitar para explicar este cambio”. Sin palabras.
Quiero terminar esta carta ya extensa afirmando categóricamente que en esas primeras horas, primeros días en los que estuve sometida a este escarnio, a este destrato, pude ver en mayor medida lo que es el racismo.
Aproximadamente ocho de cada 10 personas a las que detenían eran morenos. Las personas de tez blanca que llegaron fueron todas liberadas inmediatamente. Los morenos pero con documentación europea fueron liberados el primer día o al día siguiente. Los que aun habiendo presentado su documentación y recurrieron a abogado fueron devueltos a sus países de origen. Dentro de esta categorización se encontraban peruanos, paraguayos, venezolanos y argentinos, fundamentalmente.
Asistí a todo tipo de situaciones violentas, incluso entre las y los policías. Estuve desde las 7.30 horas del martes 3 hasta las 14 horas del jueves 5 de junio “alojada” en un aeropuerto, con frío, mal alimentada, mal dormida, sin poder higienizarme adecuadamente, menstruando y con la permanente incertidumbre de no saber que pasaría conmigo.
Soy artista, latina y trabajadora. No vine a Europa exclusivamente para sacarme selfies y postearlas en Instagram, vine a conocer las dinámicas culturales y sociales de un país, a convivir con la gente sencilla, con migrantes, latinos y también trabajadores pobres. A cocinar en sus casas, a compartir sus comidas, a pasear por sus parques. No soy la turista, así como muchos, que se espera que gaste sumas elevadas de dinero en su país y eso les molesta. Les molesta que tengamos el mismo derecho de conocer y caminar por sus ciudades si no vamos a formar parte del sistema capitalista que te incita constantemente a derrochar dinero. Les molesta que podamos disfrutar de sus servicios sin sentirnos con la necesidad de medirnos a través de lo económico y el privilegio de clase.
Tuve que pasar por la exposición de que los policías revisen mis contactos y mensajes de WhatsApp, que confirmaran que formo parte de organizaciones feministas y queers, y por ende me interrogaron respecto de si viajaba para sumarme a organizaciones o manifestaciones sociales, si había estado detenida en mi país por ello y todo tipo de impertinencias. Como si expresarse fuera un delito, como si no tuviéramos el derecho de sentirnos libres en nuestra elección de nuestras vidas, como si tuviéramos que pertenecer y seguir fomentando la hegemonía que genera, justamente, distinciones discriminatorias, homofóbicas, racistas, misóginas, sexistas, de violencia estética y corporal.
Tuve y tengo los recursos anímicos, intelectuales y emocionales para sostenerme en medio de todo este destrato. Pero ¿todas, todos, todes lo tienen? ¿Hasta cuándo vamos a tener que “aceptar” que para ingresar a Europa, en este caso a Portugal, tengamos que superar el prejuicio latino = delincuente, latino = deportable, latino = indeseable?
Estoy aquí, luego de un mes de lo acontecido, disfrutando de la compañía de mis amistades de la comunidad latina que se anda moviendo por el mundo y que entienden de mano propia lo que es estar en un lugar que los recibe, pero a la misma vez no los considera parte. Nada de esto hubiese sido posible sin mis redes afectivas, que no permitieron que me sintiera sola entre tanta exposición y con quienes ahora puedo disfrutar mi viaje. Lo merezco, merecemos estar aquí y poder demostrar, con nuestra presencia, que tenemos el derecho de existir y merecer, aunque suene extraño o sin sentido de leer. La realidad es que hay quienes se olvidan que muchas poblaciones y comunidades por no estar dentro de la hegemonía que muchas veces sustenta la cultura, son invisibilizadas, y esto es el mayor acto de desprecio hacia otras vidas humanas. Somos importantes; en el mundo y en la tierra hay espacio para todes, no solo para quienes abusan de sus privilegios.
Lisboa, lunes 30 de junio de 2025.
María Paula Galarza Yona