Más agua, pero no de cualquier manera
Un informe de Hedgepoint Global Markets —una empresa brasileña de servicios financieros— ubica a Uruguay, Argentina, Paraguay y el sur de Brasil entre las zonas donde El Niño suele aumentar las precipitaciones durante la primavera y el verano, un patrón que tiende a favorecer el desarrollo de la soja y el maíz.
Para Uruguay, el escenario aparece, en principio, como una buena noticia. Guadalupe Tiscornia, investigadora del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), explicó a Búsqueda que la señal local de El Niño implica “probabilidades más altas de que se den lluvias por encima de lo normal”, sobre todo en el norte del país, durante la primavera y el comienzo del verano. En ganadería, dijo, “tener una primavera más lluviosa es bueno” porque implica más pasto y puede permitir guardar forraje. En cultivos, mejores precipitaciones a lo largo del ciclo pueden redundar en mayor producción.
El matiz está en cómo llegan esas lluvias. “No es lo mismo que llueva un poquito todos los días” que recibir en una jornada el agua prevista para un mes, señaló la agrónoma. En el primer caso, la lluvia funciona casi como riego; en el segundo, puede producir escorrentía, saturación de suelos, anegamientos y pérdidas. “Las lluvias abundantes en poco tiempo nunca son buenas”, advirtió.
También hay riesgos concretos: barro en los sistemas lecheros, plagas y enfermedades por exceso de humedad, DON —una micotoxina— en trigo, hongos en frutales y dificultades en horticultura. Según Tiscornia, en cultivos de verano, el balance será positivo solo si las lluvias no impiden la siembra ni provocan exceso de agua en el suelo. “En la medida que se instalen bien esos cultivos, si se dan buenas lluvias, a priori les debería ir bien”, dijo.
El punto de partida ofrece cierto margen. La investigadora del INIA indicó que junio cerró con contenidos de agua en el suelo superiores al 60% en todo el país, por encima de los niveles a partir de los cuales la vegetación empieza a sentir estrés. “Estamos relativamente bien de agua, si bien no estamos con suelos saturados”, resumió. Eso permite que, si las precipitaciones llegan de forma gradual, los suelos todavía tengan capacidad de absorberlas.
La señal, sin embargo, no es igual en todo el territorio. El efecto de El Niño es más claro en el norte, mientras que el sur —la zona que más arrastra déficits de agua— ha mostrado un comportamiento “más anómalo”. Por ahora, dijo Tiscornia, la expectativa más firme es una primavera más lluviosa, “en el norte sobre todo”.
Leer El Niño también se vuelve más complejo con océanos más cálidos. La especialista explicó que el fenómeno se define por anomalías en la temperatura del océano, pero que “no es lo mismo una anomalía” calculada sobre los últimos 60 años que sobre los últimos 30. Para Uruguay, dijo, el mayor desafío sigue siendo la variabilidad: “Es difícil tener un año normal; todo el mundo lo que quiere es que venga un año promedio, cosa que nunca ocurre”.
Más toneladas no aseguran más dólares
Aun si El Niño favorece una primavera más lluviosa, el efecto económico final no dependerá solo del volumen producido.
Tiscornia explicó que, para estimar el impacto sobre el PIB, las exportaciones o las cuentas públicas, la variable central termina siendo la productividad por rubro. En los cultivos, eso puede observarse con relativa rapidez a través de superficie, rendimiento, calidad y pérdidas. En la ganadería, en cambio, el efecto es más complejo: “Implica varios años”, porque el estado de una vaca puede repercutir después en los porcentajes de preñez, en los terneros y en la producción futura.
El otro límite está en los precios. Si Uruguay, Argentina, Paraguay y el sur de Brasil logran buenas cosechas al mismo tiempo, la oferta regional de soja y maíz aumentaría. Uruguay podría exportar más toneladas, pero no necesariamente recibir más dólares en la misma proporción. Para un país agroexportador, una buena zafra no se traduce automáticamente en mayor ingreso externo: depende de la relación entre cantidades y precios.
La situación global vuelve el balance más incierto. El Niño puede favorecer al sur de América Latina y, al mismo tiempo, afectar por sequía o estrés térmico a otras regiones productoras, como Australia, el sudeste asiático, India o el centro-norte de Brasil. Hedgepoint advierte que el fenómeno puede causar efectos opuestos dentro de América del Sur: aumentos de productividad en el sur y reducciones en el norte, en especial en grandes estados brasileños como Mato Grosso, Goiás y Bahía.
Citibank muestra esa tensión en sus proyecciones para los commodities. Frente a febrero, elevó 33% su previsión para el trigo en el segundo semestre de 2026 y 9% la del maíz, mientras mantuvo sin cambios la de la soja. Para Uruguay, entonces, el impacto macroeconómico de El Niño no se medirá solo en rindes, sino también en precios de exportación, ingreso de divisas y términos de intercambio.
Del clima al PIB y las cuentas públicas
La Rendición de Cuentas a estudio del Parlamento incorpora el otro costado del problema. La exposición de motivos señala que los fenómenos hidrometeorológicos —en particular sequías e inundaciones— afectan especialmente a los sectores agropecuario y energético, producen impactos directos sobre hogares e infraestructura y presionan las cuentas públicas. También advierte que, aunque el agro tiene una carga tributaria relativa baja, sus pérdidas productivas pueden provocar efectos indirectos de magnitud sobre el resto de la economía y, por esa vía, sobre la recaudación.
En ese contexto, el MEF informó que “recientemente se incorporaron variables climáticas, específicamente de precipitaciones, a los modelos de proyección del PIB”. La señal es relevante: el clima deja de aparecer solo como una explicación posterior de los desvíos y empieza a entrar en la medición anticipada de la actividad.
El impacto fiscal también se observa del lado del gasto. El antecedente inmediato fue la emergencia agropecuaria declarada el 24 de febrero por déficit hídrico, que activó créditos subsidiados, corrimientos de vencimientos, fondos para alimentación animal, líneas de capital de trabajo, garantías bonificadas y postergaciones de obligaciones ante organismos públicos.
La Rendición de Cuentas incluyó además un primer ejercicio de clasificación del gasto público con incidencia climática positiva. En 2025 identificó $ 2.603 millones, equivalentes al 0,07% del PIB y al 0,26% de la ejecución presupuestal total. El monto implicó un aumento real de 1,29% frente a 2024. La mitad correspondió a mitigación de emisiones, 20% a emergencias por eventos climáticos y 19% a adaptación y gestión del riesgo de desastres climáticos.
La cifra no mide todo el costo del cambio climático para el Estado: no incorpora todas las pérdidas de ingresos, los daños privados ni los efectos indirectos sobre el PIB. Pero sí marca un cambio de escala. El clima empieza a tener una dimensión cuantificable dentro del presupuesto y deja de ser tratado solo como un imprevisto.
Quién paga la adaptación
La estrategia del gobierno coloca el riego como una de las principales herramientas para estabilizar la productividad agropecuaria. La Rendición de Cuentas señala que, entre las zafras 2017-2018 y 2024-2025, los rendimientos de los cultivos con riego fueron 59% superiores en soja y 82% mayores en maíz frente a los cultivos de secano.
El dato muestra el potencial de la inversión, pero también abre una pregunta: ¿quién puede pagar esa adaptación? Tiscornia explicó que desde el INIA se trabaja para que los productores “empiecen a manejar o a gestionar mejor el riesgo asociado a la variabilidad”, combinando soluciones estructurales —como sombra, bebederos, fuentes de agua o sistemas de riego— con medidas de manejo. “Lo peor que puede pasar es que no lo uses un año, pero en algún momento lo vas a usar”, dijo.
El límite es financiero. “Muchas de esas cosas implican gastos que los productores muchas veces no pueden afrontar, y esa es la realidad”, afirmó. En particular, señaló que “sería buenísimo que muchos tuvieran sistema de riego”, pero “no todos pueden financiar un sistema de riego porque tienen otras prioridades, porque hay otras cosas también en juego”. Por eso, agregó, también se promueven medidas que “no implican gastos”, como ajustar fechas de siembra, elegir variedades o cambiar el manejo del ganado.
El riego, además, no elimina por completo el riesgo. “A un productor que hace todo bien, tiene sistemas de riego, hizo todas las inversiones, también en algún momento le va a pegar”, advirtió. En el sur, recordó, hubo productores con sistemas de riego que no pudieron utilizarlos porque no tenían agua. De ahí surge la necesidad de complementar la inversión predial con instrumentos de transferencia de riesgo.
“Hay riesgos que son muy sistémicos y generalizados, y muchas veces les pegan a un montón de productores”, dijo la investigadora. La Rendición de Cuentas recoge esa lógica al proponer capacitación, apoyo financiero para contratar seguros granjeros e indemnizaciones o cofinanciamiento para emergencias no cubiertas por los seguros vigentes.
Pero el desarrollo de esos instrumentos todavía enfrenta límites. Tiscornia sostuvo que los seguros agropecuarios funcionan, pero tienen “muchas oportunidades de mejora”. Según dijo, desde el INIA se apoyan iniciativas del Ministerio de Ganadería, del Banco de Seguros del Estado y de bancos privados, aunque el proceso “no es fácil”: muchas veces el problema está en los costos para los productores y otras en la dificultad que encuentran muchas veces las aseguradoras para conseguir reaseguros. En ese marco, la adaptación climática aparece no solo como un desafío técnico, sino también financiero.