—Cuando usted y Philippe Aghion publicaron su modelo a inicios de los años 90 formalizaron por primera vez la destrucción creativa dentro de un marco macroeconómico. Más de 30 años después, ¿qué elementos siguen vigentes y cuáles deberían reformularse ante los cambios actuales?
—Esa es una pregunta difícil. El mundo cambió mucho desde entonces, pero algunos fundamentos permanecen. Aquel modelo fue un prototipo, un ejemplo de cómo integrar la destrucción creativa dentro de la teoría del crecimiento. Luego nosotros —y otros investigadores— lo adaptamos a temas como comercio internacional, competencia, educación o política ambiental.
Pero su esencia sigue siendo la misma: incorporar el conflicto permanente entre lo nuevo y lo viejo en la teoría del crecimiento. El crecimiento económico es un proceso conflictivo. Lo viejo y lo nuevo siempre están en oposición cuando surgen las nuevas tecnologías, y ese conflicto es el corazón del modelo, y lo seguirá siendo.
—Si tuviera que actualizar ese modelo hoy, en un mundo dominado por la IA y las grandes empresas tecnológicas, ¿qué haría diferente?
—La IA es lo que llamamos una tecnología de propósito general. No es la primera: antes lo fueron la máquina de vapor, la electricidad o la informática. Todas fueron disruptivas y destruyeron capital físico y humano.
No creo que esto requiera un cambio drástico del modelo. Ya lo usamos para estudiar la difusión de las tecnologías de la información, y también sirve para analizar la IA. Lo que sí necesitamos es entender mejor cómo las tecnologías afectan habilidades específicas: vuelven obsoletas algunas, potencian otras y generan innovaciones nuevas. El modelo original no capturaba del todo eso, pero ha resultado ser un terreno fértil para introducir estas tecnologías.
—¿Cree que la IA acelera o más bien concentra la destrucción creativa?
—Creo que va implicar mucha destrucción creativa y generará enormes beneficios. Pero las tecnologías de propósito general siempre tardan en mostrar resultados.
Cuando las computadoras empezaron a usarse, Robert Solow dijo: “Se puede ver la computadora en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad”. La gente dedica mucho tiempo a aprender sobre la nueva tecnología, a buscar maneras de usarla, pero no pueden reemplazar por completo sus antiguos métodos porque no la dominan del todo. Se necesitan varias innovaciones adicionales antes de empezar a aprovechar todo el potencial de la nueva tecnología.
Lo mismo pasó con la electricidad: al principio solo se reemplazaron las ruedas hidráulicas por motores eléctricos. La productividad se disparó recién con la línea de montaje. Esto aumentó considerablemente los salarios de los trabajadores, algunos de los cuales no eran especialmente cualificados, pero eran necesarios en las cadenas de montaje para mantener el flujo de producción y realizar diversas tareas a medida que avanzaban.
Con la IA ocurrirá algo parecido: habrá inversiones que no rendirán y otras que sí. Pueden pasar décadas antes de entender su verdadero impacto.
—¿Podría crear un nuevo tipo de monopolio, distinto al industrial?
—Es posible. Hay una carrera entre grandes corporaciones que buscan liderar esta tecnología. Esa competencia es positiva por ahora pero, si alguien termina monopolizando todo, será un problema.
Los monopolios no son buenos para la innovación: bloquean a los nuevos actores que podrían reemplazarlos. Hoy no me preocupa tanto —hay muchas empresas compitiendo, lo que está generando mucha inversión—, pero más adelante podría ser un obstáculo serio.
Es notable que China haya crecido tanto sin democracia. Han tenido líderes sabios. Los líderes en China puede que sean totalitarios, pero no son Estados bananeros que solo buscan enriquecerse sin importarles lo que le suceda a la sociedad.
—¿La IA podría provocar más desigualdad entre países ricos y pobres?
—Creo que las ganancias de productividad que puede generar son potencialmente accesibles para todos los países. Es una tecnología poderosa y fácil de distribuir. Hasta ahora se está difundiendo ampliamente. Por eso pienso que probablemente será una fuerza niveladora, más que divisoria.
—Si tuviera que clasificar las principales amenazas al crecimiento —proteccionismo, concentración de mercado, desigualdad o cambio climático—, ¿cuál le parece el riesgo más estructural para la continuidad de la destrucción creativa?
—El cambio climático es un gran riesgo y requerirá voluntad política. Pero el mayor peligro es que los países se aíslen y se cierren, porque la apertura es clave para la innovación. Si estás abierto al comercio internacional, también lo estás a las ideas detrás de los bienes que se comercian. Muchas de esas ideas se crean en otros países; las ves cuando importas esos bienes y te das cuenta de que, si quieres competir, tienes que desarrollar ideas similares o mejores.
También creo que la política de competencia debe repensarse, sin duda en Estados Unidos y en la mayoría de los países. Cuando se suprime la competencia, lo que realmente se suprime es la innovación. Las empresas dominantes con poder de mercado pueden encontrar todo tipo de maneras de bloquear a las posibles empresas emergentes que podrían desbancarlas y reemplazarlas. Cuando esto sucede, se frena el desarrollo de las nuevas tecnologías que podrían impulsar el crecimiento económico. Creo que debemos reconocer esto en la política de competencia.
—Usted es canadiense. ¿Cómo afecta la política arancelaria de EE.UU. a América del Norte y otros países de América Latina?
—Es evidente que EE.UU. está tratando de restringir su comercio internacional, y eso no es bueno para los países que dependen de él. Y creo que las alianzas comerciales serán un sustituto imperfecto para muchos, porque la proximidad geográfica es fundamental para el comercio internacional. Canadá y México no tienen sustitutos perfectos, pero deberán buscar soluciones alternativas, al menos si estas tendencias persisten. No sabemos cuánto durará esta ola de aislamiento de EE.UU.; si es transitoria, el daño será limitado.
—En otras de sus investigaciones exploró la relación entre los ciclos de innovación y las fricciones financieras. ¿Cómo influye el sistema financiero en el ritmo de la destrucción creativa?
—La innovación requiere grandes inversiones en investigación y desarrollo, con resultados inciertos. Por eso es esencial tener un sistema financiero capaz de distinguir unos proyectos de otros. Estados Unidos lo logró con su red de capital de riesgo. Lo que hemos descubierto en nuestro trabajo empírico es que el nivel de desarrollo financiero de un país es un factor clave para que pueda seguir creciendo al ritmo del resto del mundo y beneficiarse de la tecnología, tanto la desarrollada internamente como la extranjera, y continuar su desarrollo en paralelo con el resto del mundo. Donde es difícil financiar innovación, el crecimiento se rezaga.
—Schumpeter temía que el propio éxito del capitalismo terminara socavando las instituciones —incluida la democracia— que lo sustentan. ¿Comparte esa preocupación?
—No creo que el capitalismo lo haga, pero sí hay tendencias políticas que se alejan de la democracia. Y hay mucha evidencia de que las instituciones democráticas son esenciales para sostener el crecimiento, porque fomentan la apertura. Y el gobierno autocrático promueve una especie de capitalismo clientelista que no está abierto a la destrucción creativa.
Es notable que China haya crecido tanto sin democracia. Han tenido líderes sabios. Los líderes en China puede que sean totalitarios, pero no son Estados bananeros que solo buscan enriquecerse sin importarles lo que le suceda a la sociedad. De hecho, han estado promoviendo políticas muy buenas para la sociedad a pesar de no tener las instituciones democráticas que considerábamos necesarias.
—Usted mencionó el cambio climático como una amenaza. ¿Podría desarrollar esa idea?
—Ya vimos avances enormes en tecnologías verdes. En la mayoría de los países, producir electricidad solar es más barato que con combustibles fósiles, que preveo es una tendencia que continuará. Esto fue posible gracias a subsidios públicos a la investigación. Las empresas no desarrollan tecnologías limpias por sí solas: necesitan incentivos. Pero tienen un componente de profecía autocumplida. Una vez que una tecnología se consolida y se vuelve más eficiente que otra, esa nueva tecnología más eficiente se convierte en el objetivo de nuevas innovaciones. Y creo que la gente de todo el mundo se está dando cuenta de ello.
Los autos eléctricos son el futuro, se vuelven más baratos de operar, las baterías mejoran, y sabemos que, si seguimos usando combustibles fósiles al ritmo actual, estos se acabarán. Así que es claramente el camino del futuro. Hay que seguir apoyando este desarrollo, y eventualmente será autosostenible: invertir en tecnologías limpias será rentable sin subsidios.
—¿Qué consejo daría a países pequeños, como Uruguay, que intentan avanzar en innovación sin dejar excluida a una parte de su población?
—Los países pequeños deben permanecer abiertos al comercio internacional. Es tentador, cuando otros países aumentan los aranceles, decir: “De acuerdo, contraatacaré y aumentaré mis aranceles”. Pero, en muchos casos, es contraproducente. Uno se perjudica a sí mismo, quizás incluso más que a sus socios comerciales.
También es importante ayudar a quienes pierden empleos por la automatización, ofrecerles asistencia y reconversión. Si la gente no se siente incluida, tratará de bloquear el cambio.
Y conviene evitar favoritismos nacionales, empresas preferidas en ciertos sectores. Ese tipo de cosas llevaron a Argentina de estar entre los países más ricos del mundo a la situación actual. No es la receta del progreso. Pero hay que cuidar a quienes no se benefician automáticamente.
—¿Cree entonces que el presidente argentino, Javier Milei, logrará éxito con sus políticas económicas?
—Intentar sostener el peso de esa forma es algo que se ha intentado muchas veces en distintos países, y aún no ha funcionado. Tal vez él tenga alguna fórmula nueva, no estoy del todo seguro. No conozco a fondo cómo lo está haciendo, pero sostener una moneda sin cambios fundamentales debajo no me parece una estrategia muy prometedora.