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Estamos viviendo en una era mercantilista. Con esto me refiero a una época en la que las preocupaciones de los legisladores tienen que ver tanto con la seguridad como con la prosperidad. Esto, como argumenté en “El peligroso triunfo del neomercantilismo” amenaza la estabilidad de la economía mundial, así como las relaciones entre las grandes potencias. China, además, está mejor posicionada para el mercantilismo que Estados Unidos (EE.UU.) y la Unión Europea (UE).
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Los mercantilistas buscan poder y seguridad o, en otras palabras, la capacidad de intimidar a los demás y, a su vez, de resistirse a ser intimidados por ellos. ¿Cómo se podrían medir estas capacidades? El enfoque más obvio es evaluar el tamaño de la economía, la autosuficiencia y el poder de monopolio. Sin embargo, como sabiamente argumentó el fallecido Henry Kissinger: “Ninguna nación puede alcanzar la seguridad absoluta. Seguridad absoluta para una nación significa inseguridad absoluta para todas las naciones”. Cuanto más temible te vuelvas, más se unirán los demás en tu contra.
Pensemos en China. Su economía tiene aproximadamente el mismo tamaño que la de EE.UU. Actualmente se encuentra en la vanguardia, o muy cerca de ella, en las tecnologías más importantes, incluyendo —como parece cada vez más evidente— la inteligencia artificial (IA). Su avance en este sentido es impresionante. EE.UU. es más autosuficiente en materia de energía; pero China cuenta con una fuerza laboral mucho mayor y un nivel de ahorros invertibles considerablemente más alto: en 2025, su ahorro nacional bruto (ANB) representó el 43% del producto interno bruto (PIB), frente a apenas un 17% en EE.UU. China también cuenta con un sector manufacturero mucho más grande: en 2024, el valor agregado de la industria manufacturera china fue casi tan grande como el de EE.UU. y de la eurozona juntos. Su pericia en el ámbito de las energías renovables y de los vehículos eléctricos se ha vuelto extraordinaria.
Tal como señaló en octubre de 2025 Bridgewater Associates, el conocido fondo de cobertura, EE.UU. es autosuficiente en materia energética gracias a su abundante suministro de petróleo y gas, pero enfrenta limitaciones en su capacidad para ampliar su suministro de electricidad. China es autosuficiente en materia de electricidad gracias al carbón y a las energías renovables, pero presenta vulnerabilidades en el suministro de petróleo y gas. La guerra con Irán ha puesto de relieve esta debilidad.
Sin embargo, China ha logrado establecer poderosos monopolios en las cadenas de suministro globales, entre ellos los de la energía solar fotovoltaica; de las baterías de iones de litio; de las tierras raras y de los imanes; del galio y del germanio; y de la construcción naval. Algunos de los mencionados crean verdaderos puntos de estrangulamiento, tal como lo demostró China de manera tan eficaz en su guerra arancelaria con EE.UU.
La habilidad de suministrar tantas cosas que otros no pueden constituye una fuente de poder coercitivo. El alto grado de autosuficiencia de China también reduce su vulnerabilidad ante la coerción por parte de terceros, mientras que su tamaño la convierte en un importante mercado para muchos países. En general, la capacidad de China para ejercer poder económico es enorme.
Tal como lo señaló Brad Setser, del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), en una reciente conversación con Markus Brunnermeier, de la Universidad de Princeton, ahora se habla de un “segundo choque de China”. A continuación, se presentan algunos de los puntos principales, más allá de los mencionados anteriormente.
En primer lugar, la situación macroeconómica de China es muy diferente a la que prevalecía antes de la crisis financiera mundial y, más aún, antes del fin de su auge inmobiliario. Las exportaciones están disparándose, pero la demanda interna se ha estancado. En segundo lugar, su superávit de exportación en el sector manufacturero ronda actualmente el 2% del PIB mundial, lo que equivale a “aproximadamente el doble del mayor superávit que Japón jamás haya registrado”. En tercer lugar, y lo más importante, China presenta un ingreso neto negativo inexplicable de alrededor de US$125 mil millones en sus inversiones extranjeras netas. Sin embargo, según estimaciones razonables sobre los ingresos que genera con sus US$4 billones en activos extranjeros netos, debería tener un superávit de unos US$100 mil millones. Como resultado, sostiene Setser, el renminbi está actualmente infravalorado en alrededor de un 30%.
En otras palabras, China sigue mostrando una característica típica del mercantilismo: superávits comerciales y por cuenta corriente persistentes.
Como resultado, las políticas de China inevitablemente se perciben como una amenaza para gran parte del mundo. Si un socio comercial importante registra superávits comerciales y por cuenta corriente enormes y persistentes, todos los demás países se ven obligados a registrar déficits compensatorios. Esto conduce a la contracción de los sectores especializados en la producción de bienes y servicios comerciables, así como a enormes déficits financieros internos. Éstos, a su vez, generan presiones proteccionistas como las que hemos estado observando en EE.UU. y, cada vez más, en la UE. Sin embargo, los países de altos ingresos no son las únicas víctimas de la búsqueda de dominio en el sector manufacturero por parte de China. Entre esas víctimas, sostienen Shoumitro Chatterjee y Arvind Subramanian, también se encuentran los países pobres, cuyo desarrollo se ve obstaculizado.
Una llamativa característica del desarrollo chino ha sido la disminución de su tasa de crecimiento económico, la cual pasó de más del 10% hace dos décadas a un mínimo de 4.3% durante el año que concluyó en el segundo trimestre de 2026. Incluso esta última cifra, casi con toda seguridad, exagera el crecimiento de la oferta impulsada por el mercado. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la economía no está generando una oferta de oportunidades de inversión lo suficientemente grande como para absorber su colosal ahorro. Pero, como señala Stephen Roach, un veterano observador de China, el reequilibrio hacia el consumo, tan necesario desde hace tiempo, sigue sin materializarse. Bajo el mandato de Xi Jinping, parece que nunca se reconocerá la prioridad de aumentar el consumo.
Sin embargo, China es una efectiva potencia mercantilista, aunque ni siquiera ella puede evitar las deficiencias de este enfoque. EE.UU. también es ahora mercantilista, aunque de una manera mucho menos coherente. La UE también se ve empujada hacia una dirección similar.
Brunnermeier sostiene que, en este mundo, es necesario calcular una “cuenta de resiliencia” junto con la cuenta corriente, la cual “compensaría nuestra dependencia geopolítica: la facilidad con la que los bienes de la cuenta corriente pueden obtenerse de otros países”. Esta idea es ingeniosa. Pero, entonces, ¿quién sale ganando?