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Tenemos que gestionar la revolución de la inteligencia artificial
Debe existir un acuerdo global sobre cómo se controla esta tecnología
Una vista general muestra a los asistentes a la feria frente a un letrero de IA en el Centro de Exposiciones de Shanghái durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial 2025 en Shanghái, China, el 27 de julio de 2025.
En mis dos últimas columnas, argumenté que la inteligencia artificial (IA) trae consigo tanto oportunidades como grandes peligros, algunos incluso existenciales. Esta transformadora tecnología también amenaza valores fundamentales, entre ellos la responsabilidad personal e institucional, el Estado de derecho, la democracia e incluso lo que significa ser humano. Además, será difícil regular exitosamente la IA, no sólo porque su impacto será generalizado, sino porque el progreso está impulsado por una feroz competencia entre empresas, así como entre Estados Unidos (EE.UU.) y China.
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Cabe destacar que una publicación reciente de Anthropic afirma que “estamos delegando una porción cada vez mayor del desarrollo de la IA a los propios sistemas de IA... Llevada al extremo, y con suficiente capacidad informática, esa tendencia apunta a un sistema de IA capaz de diseñar y desarrollar de manera autónoma a su propio sucesor”. La publicación luego afirma que “si fuera posible frenar el desarrollo de esta tecnología, para darnos más tiempo para lidiar con sus inmensas implicaciones, creemos que probablemente sería algo positivo”. Si incluso Anthropic, una compañía líder en IA, teme lo que nos espera, los temores del resto de nosotros, especialmente de los jóvenes, no harán más que reforzarse.
Gran parte de esta preocupación políticamente relevante tiene que ver con el impacto negativo sobre el desempleo que podría tener el supuesto potencial alcista de la productividad. Sin embargo, se desconoce la velocidad y la escala de la transformación que generará la IA. Mi colega John Burn-Murdoch recientemente señaló, por ejemplo, que el aumento en la oferta de aplicaciones generadas por la IA no ha llevado a un incremento correspondiente en su uso. Además, ha generado un mayor aumento en la producción en las etapas iniciales del desarrollo de software que en los productos finales.
Asimismo, un informe general sobre el impacto de la IA en el empleo publicado el año pasado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) concluyó que, a nivel mundial, uno de cada cuatro trabajadores se encuentra en un empleo con cierta exposición a la IA generativa. Sin embargo, también añade que sólo “el 3.3% del empleo mundial se encuentra en la categoría de mayor exposición”. Esto no parece suponer una enorme disrupción. Además, en el pasado se han producido largos retrasos entre las grandes innovaciones (la electricidad, por ejemplo) y el aumento de la productividad. Tal como escribe Paul Krugman, el crecimiento de la productividad ha sido menor durante la era digital que después de la Segunda Guerra Mundial, un período carente de tales avances.
En el extremo opuesto del debate, Vinod Khosla, un experimentado inversionista en el sector tecnológico, afirma en el Financial Times (FT): “Estoy seguro de que la IA realizará el 80 por ciento del trabajo económicamente valioso que los humanos hacen hoy en día, en el 80 por ciento de todos los empleos, más rápido de lo que la mayoría cree. La pregunta no es si el subempleo masivo llegará en la próxima década, sino si tendremos listo un marco de políticas coherente para cuando eso suceda”.
El escepticismo sobre la velocidad y la magnitud del impacto de la IA está justificado. Pero Khosla tiene razón: debemos prepararnos. Es posible que la civilización no sobreviva los choques existenciales y las disrupciones económicas que la IA amenaza con generar. La incertidumbre justifica la preparación, no la autocomplacencia.
Auge-IA
¿Qué opinan las personas de todo el mundo sobre el auge de la inteligencia artificial en la vida cotidiana?
Entonces, ¿qué debe significar estar preparados?
En primer lugar, debemos estar preparados para un mundo en el que las máquinas tomarán decisiones importantes y en algunos casos —sobre todo en los ámbitos de la guerra y la investigación biológica— de enormes consecuencias. En última instancia, los humanos deben rendir cuentas por esas decisiones, ya sea como programadores de la IA, gerentes de las compañías que la comercializan o responsables de la toma de decisiones en las instituciones que la utilizan. Contrariamente a la opinión del presidente argentino Javier Milei, la IA no debe dirigir instituciones sin que las personas rindan cuentas. Los propietarios, gerentes y funcionarios deberían estar sujetos a sanciones penales y civiles por los daños causados por la IA.
En segundo lugar, no podemos confiar en el sentido moral y en el autocontrol de los creadores de IA. Ya hemos tenido una terrible experiencia con los medios sociales. Como he señalado: “Difundir mentiras y fraudes puede ser un buen negocio. Peor aún, difundir publicaciones que hagan insoportable la vida de las personas puede ser un buen negocio... Parece probable que la inteligencia artificial empeore nuestra situación colectiva al crear fraudes 'perfectos' de todo tipo”. Es posible que Anthropic quiera desacelerar el paso, pero se encuentra en una carrera: no puede controlar lo que hacen sus competidores. No permitimos que las compañías farmacéuticas lancen al mercado medicamentos que no hayan pasado por un régimen de pruebas adecuado, y existen muy buenas razones para ello. Algo similar debería aplicarse al nuevo software de IA. Además, en un sector competitivo, dichos regímenes también deben aplicarse a nivel global.
En tercer lugar, esto es precisamente por lo que los regímenes no pueden limitarse a ser nacionales. Debe haber un acuerdo global sobre cómo se debe evaluar y controlar la IA, y cómo se debe determinar la responsabilidad por los daños. La Unión Europea (UE), al parecer, está desempeñando una vez más el papel de regulador de primera (o última) instancia. Quizás esto no sea algo tan malo. La gente alrededor del mundo incluso confía en que la UE sea un mejor regulador que EE.UU. o China, probablemente porque creen que estará menos supeditada a los intereses empresariales o al deseo de usar la IA como arma. Pero, idealmente, China y EE.UU. deberían ser las piedras angulares de cualquier acuerdo. La IA es demasiado riesgosa como para que todos la desarrollen libre de controles.
Por último, y esto es particularmente importante, existe una gran probabilidad de que, con el tiempo, la IA devaste el mercado laboral, aumente la desigualdad y genere una extraordinaria concentración de poder económico —y, por lo tanto, político— en manos de un minúsculo número de empresas y personas. Si sumamos esto a las muchas otras amenazas que supone esta tecnología, nos enfrentamos a un enorme riesgo de que se produzca un derrocamiento autocrático de la democracia. De hecho, esto ya está sucediendo. Quienes deseen que sobreviva el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo deben intentar detener esto. La implicación más obvia es que una buena parte del aumento de los ingresos y de la riqueza debe compartirse. El momento de prepararse para esto es el presente. Si no actuamos, será demasiado tarde.