A comienzos de la década de 1980, en un bar de Pocitos, dos tipos toman cerveza, piden unas pizzas y conversan. Parece un encuentro común, de esos que ocurren a diario, pero no lo es. El más joven de los dos, Guido Berro, está muy conmocionado, duda de comer y tiene buenos motivos para ello: acaba de debutar en una escena del crimen como médico forense. Apenas unos minutos antes, en un apartamento de la calle Cavia, estos dos peritos judiciales, uno veterano y el otro inexperto, habían hecho su singular trabajo en medio de mucha sangre derramada alrededor de un cuerpo masculino que tenía el intestino cortado con una hoja de afeitar. Un caso tremendo, con connotaciones psiquiátricas, que en principio apuntaba a un homicidio, pero luego recordarían como el del harakiri.
Más muertos que vivos
“Andá a darle un beso a tu abuela”, le dijo la madre al niño Guido durante el velorio. Esa vieja costumbre hizo que tuviera su primer contacto con el frío de un cadáver. Varios abogados en la familia, el haber trabajado, mientras era estudiante, de auxiliar administrativo en el Poder Judicial y otras coincidencias lo fueron llevando hacia la especialidad que lo obligó a desarrollar una gran capacidad de observación.
En general, los médicos forenses intervienen para investigar a los muertos y a veces también a personas vivas. Un caso excepcional, sin embargo, fue el que le tocó al doctor Guaymirán Ríos Bruno, al que sus colegas llamaban Chumbo.
A Ríos —cuenta Berro— le correspondió acompañar al juez Daniel Echeverría en la tarde del 14 de abril de 1972 para levantar los cadáveres del matrimonio Martirena, acribillado por las Fuerzas Conjuntas en la calle Amazonas como respuesta a los atentados de esa mañana.
Hay varias versiones acerca de lo que pasó en Malvín durante esa cruenta jornada. Una de ellas sostiene que, mientras recorrían la casa, el Chumbo Ríos descubrió, además de los dos muertos, que había personas refugiadas en un berretín. Al abrir la puerta del escondite, aparecieron dos tupamaros: Eleuterio Fernández Huidobro, que estaba herido a causa de la gran balacera, y el contador David Cámpora, quienes sobrevivieron.
Berro intervino para ayudar a resolver cientos de casos penales, pero algunos dejaron más huella que otros. Recuerda que una vez fue convocado a Punta Ballena para estudiar una muerte sobre la que existían dudas de si se trataba de suicidio u homicidio. El eventual matador, un entrenador personal que se había peleado con su amante, una mujer casada, declaraba que cuando ella cayó desde la altura al vacío, él estaba a cierta distancia, orinando, y que no había visto nada.
El día de la reconstrucción había un fuerte viento, lo que hizo a Berro dudar de que el entrenador no hubiera visto nada, porque si hubiera orinado de espaldas, se habría mojado la ropa. Luego de una consulta con los servicios meteorológicos de la Armada, el juez confirmó que el día de la muerte también soplaba un fuerte viento en la misma dirección, lo que hacía poco creíble la declaración.
Otro caso en el que la observación del forense resultó clave, aunque pudo llevar a un error, fue en la investigación de la muerte —durante una rapiña— de la empleada de una tienda, en la calle Juan Benito Blanco. Berro observó que, por la forma en la que entraba el puñal en el cuerpo, solo podía haberlo hecho un zurdo. El acusado, sin embargo, declaró varias veces que era diestro. Jueza y forense intercambiaron miradas de duda, pero todo se aclaró durante la reconstrucción: el hombre mostró con naturalidad que había usado la mano derecha para sostener la garganta de la víctima, mientras la apuñalaba con la otra.
En otro caso, unos malvones con huellas de pisadas en un balcón y un hombre detenido justo mientras salía de una casa desde donde había caído una mujer, que resultó muerta, llevaron a la Policía a deducir que se trataba del matador que huía. La investigación, sin embargo, sumó elementos razonables para demostrar que el hombre ya había salido de la vivienda cuando el cuerpo cayó al vacío y dictaminar suicidio.
Berro fue llamado a intervenir cierta vez que encontraron un cuerpo hinchado por el agua en la costa del Río de la Plata. La autopsia permitió extraer una pieza de ortodoncia con características que ayudaron a identificar al fallecido: un empleado de Buquebus que se había caído por la borda.
Aunque los años de trabajo llevan a desarrollar un cierto desapego, que no significa insensibilidad, el forense afirma que se sintió muy golpeado ante situaciones como la de unos jugadores de baby fútbol argentinos muertos en un accidente de carretera o ante las empleadas de limpieza del Palacio de la Luz, fallecidas juntas en un cuarto durante el incendio de agosto de 1993.
Ver a los pequeños muertos vestidos con sus equipos deportivos lo afectó tanto que ese día, apenas pudo, llamó a su casa a preguntar cómo estaban sus hijos. Hasta que no contó lo que había pasado, su esposa no entendió por qué, así del golpe, le había nacido ese “amor filial”, ironiza.
Casos célebres
Algunos de los dictámenes de Guido Berro como auxiliar de la Justicia se hicieron famosos. Le tocó intervenir en muchos asuntos con connotaciones públicas: desde el análisis a posteriori del duelo Batlle-Beltrán hasta el estudio del cráneo de Ubagesner Chaves Sosa, desaparecido durante la última dictadura.
En el caso del famoso duelo entre el entonces expresidente José Batlle y Ordoñez y el periodista Washington Beltrán, que terminó con la muerte del segundo, el Viernes Santo de 1920, muchos años después Berro realizó la autopsia histórica junto con el doctor Antonio Turnes para descartar que Batlle, como se dijo, hubiera usado una bala modificada, que hubiese resultado más letal.
Un trabajo raro llevó a que el corazón del general Eugenio Garzón viajara al lado de Guido Berro, en su auto. Este episodio ocurrió cuando le pidieron que recuperara el órgano deteriorado, guardado en un museo. Garzón había muerto en diciembre de 1851, poco antes de asumir como presidente y sobre quien quedó en el cargo, Francisco Giró, pesó la sospecha de haber acelerado su deceso. Aunque el médico tratante del general fue investigado y juzgado, la autopsia realizada por el doctor Fermín Ferreira determinó muerte natural por rotura de aneurisma. Muchos años después, el caso le llegó a Berro, pero solo a fines de recuperar el objeto de la polémica histórica.
El veterano forense también intervino en asuntos delicados con repercusión internacional. Por ejemplo, cuando en 1995, en una playa del balneario El Pinar, apareció un cuerpo, el antropólogo Horacio Solla y Berro, su director en el Instituto Técnico Forense, intercambiaron opiniones acerca de quién sería el muerto. La hipótesis de que el cadáver podría pertenecer al bioquímico chileno Eugenio Berríos, que había trabajado en Inteligencia para el dictador Augusto Pinochet, fue desarrollada y confirmada luego por ambos, gracias a los registros dentales ya antes de que se efectuara la prueba de ADN.
Berro fue consultado en muchos otros casos: en la investigación del homicida serial Pablo Goncálvez, en el estudio de los restos del charrúa Vaimaca Pirú, en el expediente de la autopsia del ex preso político Álvaro Balbi, muerto por submarino en la Guardia Republicana, analizó la autopsia del exintendente de Cerro Largo Villanueva Saravia y coincidió en que había sido un suicidio. También probó quemar huesos en un horno, junto con su colega Hugo Rodríguez, para confirmar que la llamada Operación Zanahoria pudo haber sido realizada.
El caso de Chaves Sosa le despertó especialmente su veta de investigador. La identificación de este militante comunista asesinado y desaparecido por la Fuerza Aérea, en 1976, se produjo gracias a la prueba de ADN. Sin embargo, para aproximarse y cruzar los datos genéticos, ayudó que Berro había observado un dato singular: el cráneo tenía un diente más oscuro. A partir de ese hallazgo, pudo consultar a la viuda y confirmar que, en efecto, cuando tenía seis o siete años, la víctima sufrió un traumatismo que le había dejado esa marca.
El saludo al compañero inglés
En marzo de 1971, cuando el fiscal de Corte Guido Berro emitió un dictamen in voce a favor de pasar a los principales dirigentes tupamaros —entonces excepcionalmente— a la justicia militar, la organización decidió secuestrarlo.
En los 13 días de reclusión —contó su hijo, el forense Guido Berro— uno de sus compañeros en diferentes locales de la Cárcel del Pueblo fue el embajador inglés Geoffrey Jackson. Berro quedó mal de ese episodio y enseguida que salió se jubiló, pero en setiembre, cuando al inglés también lo liberaron, fue a saludarlo acompañado de su hijo. El diplomático estaba entonces bajo fuertes medidas de seguridad en un edificio de la Ciudad Vieja, arriba del Banco de Londres, y la Policía no los dejó pasar. Antes de retirarse, Berro le pidió al policía que le hiciera llegar su tarjeta de visita. Unos minutos después, cuando ya se estaba subiendo al auto, el agente llegó corriendo y le dijo que el embajador Jackson quería recibirlo.