El secretario de Transporte de Estados Unidos y actual administrador interino de la NASA, Sean Duffy, ha convertido la instalación de un reactor nuclear en la Luna en una prioridad absoluta, según informó Politico.
El director interino de la NASA, Sean Duffy, ha convertido el despliegue de un reactor nuclear en la Luna en su máxima prioridad, calificándolo como una “segunda carrera espacial”. Washington busca adelantarse a Pekín y Moscú en el desarrollo de energía nuclear para una futura base lunar
El secretario de Transporte de Estados Unidos y actual administrador interino de la NASA, Sean Duffy, ha convertido la instalación de un reactor nuclear en la Luna en una prioridad absoluta, según informó Politico.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl ex presentador de Fox News envió el jueves una directiva al personal de la agencia describiendo la misión como una “segunda carrera espacial”, que espera repetir el desenlace de la primera: con Estados Unidos por delante de sus rivales, como ocurrió en 1969. Duffy fijó un plazo concreto: 2029. Para entonces, según The New York Times, quiere que se lance el primer reactor nuclear hacia la Luna, adelantándose a China y Rusia, que han anunciado planes conjuntos para tener su propio generador lunar operativo a inicios de la década de 2030.
En mayo pasado, Pekín y Moscú firmaron un memorando de entendimiento para cooperar en la construcción de un reactor que abastecería a una base lunar “internacional” desarrollada en conjunto. Washington teme que, si alguna de estas potencias llega primero, pueda declarar una “zona de exclusión” que limite la instalación de otras misiones en las cercanías.
La competencia por construir un reactor nuclear lunar forma parte de ambiciones más amplias de establecer una presencia humana permanente en la Luna. Tanto el programa Artemis de Estados Unidos como el proyecto chino-ruso contemplan bases estables, que demandarían mucha más energía que las breves misiones Apolo de la década de 1970.
“Necesitamos mucha energía para futuras misiones a la Luna”, explicó Simon Middleburgh, del Instituto de Futuros Nucleares de la Universidad de Bangor (Gales). “Para establecer bases lunares permanentes, necesitaríamos generar nuestra propia agua y oxígeno”. Sin embargo, el debate sobre la fuente energética adecuada sigue abierto.
“Normalmente, la gente pensaría en usar energía solar”, señaló Ian Whittaker, astrofísico de la Universidad de Nottingham Trent. “Pero en la Luna hay un desafío clave: la noche lunar”. Esa noche dura el equivalente a 14 días terrestres, lo que exigiría enormes bancos de baterías para almacenar energía suficiente, con un coste y una complejidad técnica muy elevados.
La energía nuclear, en cambio, ofrece mayor densidad energética. “Es tan densa que un reactor del tamaño de un coche pequeño podría, en teoría, alimentar una base lunar durante unos seis años sin repostar”, afirmó Middleburgh. Esta característica la convierte desde hace décadas en una opción particularmente atractiva.
“En la época dorada de la exploración espacial, entre las décadas de 1950 y 1970, ya se exploraban aplicaciones de la energía nuclear”, recordó Carlo Carrelli, experto de la agencia nacional italiana para nuevas tecnologías y desarrollo sostenible. “Puede que para el público parezca algo nuevo, pero en realidad no lo es”.
En tecnología lunar, el tamaño importa: cuanto más pequeño, mejor. «Una instalación nuclear típica en la Tierra es enorme, muy pesada y genera muchísima energía», explica Carrelli. “No se puede desplegar algo así en la Luna: habría que transportar miles de toneladas de acero y hormigón, y se desperdiciaría gran parte de esa energía en bases que, al menos al principio, serán bastante pequeñas”.
Por eso la investigación apunta ahora a los microrreactores, que producen kilovatios en lugar de gigavatios —como las centrales terrestres— y que pueden viajar a bordo de cohetes, según apunta Whittaker.
La NASA ha invertido más de 200 millones de dólares desde el año 2000 en sistemas nucleares a pequeña escala, aunque ninguno ha llegado aún a fase de vuelo. En 2023, otorgó tres contratos de 5 millones cada uno para estudiar reactores de 40 kilovatios, suficientes para alimentar de forma continua 30 hogares durante una década.
Llevar un microrreactor no es lo mismo que poner en órbita una central nuclear, pero seguirá siendo caro. No está claro cuántos serán necesarios: quizá uno baste, pero los expertos insisten en que habrá que contar con unidades de respaldo para evitar apagones. Según estimaciones recogidas por France 24, el lanzamiento e instalación podrían costar varios miles de millones de dólares, sumando fabricación y transporte.
A esto se suman desafíos técnicos propios de la Luna. “En la Tierra, parte del calor de la fisión nuclear se disipa gracias a la atmósfera”, señala Middleburgh. “En la Luna, necesitaremos sistemas de refrigeración alternativos”. La baja gravedad también complica las cosas: “Procesos como la ebullición o la transferencia de calor no funcionan igual, lo que dificulta el enfriamiento del reactor”.
Un accidente nuclear como el de Chernóbil, sin embargo, es muy poco probable. La falta de oxígeno reduce drásticamente la posibilidad de reacciones químicas necesarias para una catástrofe así.
Aun con estas dificultades, Carrelli recuerda que “los microrreactores son relativamente fáciles y rápidos de construir”. Por eso, el objetivo de la NASA de tenerlos listos para 2029 podría cumplirse —aunque él ve más realista apuntar a principios de la década de 2030—.
Washington también juega en clave geopolítica. “La dimensión política es quizá más importante que el reto técnico”, afirma Whittaker. La primera nación en instalar un reactor en la Luna podría quedarse con una ventaja estratégica duradera.
“Todos quieren ser los primeros, porque no hay leyes ni tratados que regulen la colonización lunar”, advierte. “Es como en la colonización de antaño: quien se establece primero, reclama el territorio”. En este caso, la energía sería el primer paso para apropiarse del suelo lunar: instalar un reactor y luego alegar que la base debe levantarse cerca, asegurando así el control del área.
Middleburgh espera que el modelo de la Estación Espacial Internacional —basado en la cooperación— se repita. Pero el clima de tensión entre Estados Unidos, China y Rusia hace difícil pensar que el espíritu colaborativo sobreviva en esta nueva carrera espacial.
FUENTE:FRANCE 24