Aaron Diehl. Foto: Jimmy Baikovicius

Otra gloriosa edición del Festival Internacional de Jazz de Punta del Este

En la mitad del camino de mi vida me detuve a escuchar

7min 1
Nº2003 - al de Enero de 2019
Eduardo Alvariza

Cuando la música es tan buena, necesitás un respiro. Al Foster me dejó extasiado. Enciendo el televisor en el hotel y me topo con William Petersen y De­nnis Farina. Es Manhunter, de Michael Mann, basada en una novela de Thomas Harris, en la que Brian Cox hace de Ha­nnibal Lecter. Petersen baja corriendo por unas escaleras circulares como si fuese en el Guggenheim de Nueva York, una escena envolvente, oscura. Después le doy de punta al zapping, pero los canales no van tan rápido como los botones del saxo de Chris Potter, ni como las manos del pianista Adam Birn­baum, que tiene cara de estudiante alemán atormentado, un tipo que de alguna manera debe detener el terremoto de su creatividad, un personaje sacado de Goethe. Birnbaum toca con una ligera inclinación de su cuerpo, como si estuviese en falsa escuadra, y su rostro es casi impasible, a no ser por pequeñísimos gestos de placer, que es el placer de tocar con Al Foster. Y el baterista parece imantar a los músicos, traerlos hacia él, acunarlos en semejante espiral de música. “En el groove del tema no repitió ni un solo pique”, dice Popo Romano asombrado, “fueron todas variaciones distintas”. Es que este baterista tremendamente sutil hace cosas que no hacen los otros bateristas. Un rostro de permanente goce, porque el jazz, cuando se toca de ese modo, es un goce total. En la platea la gente delira, y sobre un costado del escenario se ha formado una concentración de músicos escuchando al cuarteto de Al Foster, y particularmente, viéndolo a él.

 Otra espiral que te chupa: las trompetas de Diego Urcola y Jessé Sadoc en el homenaje a Lee Morgan. The Gigolo, Mr. Kenyatta, Party Time, The Sidewinder, Speedball, los temas salen disparados como eso: un aluvión de pastillas estimulantes. Qué grande Morgan, un compositor adictivo, total sentido del ritmo, y yo aquí sentado en el medio del campo, escuchando, tomando un vinito. No me movería. Como no se mueve Grant Stewart para soplar su tenor. Es un espec­táculo verlo con su saco gris —le queda algo apretado— y el pelo totalmente blanco, soplar unas notas profundas, líricas, a lo Dexter Gordon. Solo mueve los dedos; el resto del cuerpo es una fortaleza. Stewart acompañó al cantante y pianista Johnny O’Neal, un showman total, un hombre que alguna vez fue gordo, muy gordo, y debido a una enfermedad, ahora es flaco, muy flaco. O’Neal invita a subir al escenario a Benny Green para realizar una pieza a dúo. La banqueta los recibe a los dos. El teclado espera. Cada uno se concentra en su lado, Green sobre los graves y O’Neal sobre los agudos, pero de pronto cruzan los brazos y aquella música bullente de notas saltarinas ahora parece generada por un pulpo. La gente delira. Le digo a Francisco Yobino:

—Parece que dan lluvia para el domingo.

—Ni la nombres —me dice muy serio.

Foto: Jimmy Baikovicius

Al entrar en la solitaria madrugada del hotel, más tarde, Johnny O’Neal surgirá melancólico, con las notas azules bien marcadas, sentado con sus músicos en un banco, fumando, bebiendo, abrazándolos. Una imagen de soledad, desvalimiento y tristeza que también tiene el jazz. Siempre estamos lejos de casa.

En la piscina del hotel —dentro, con el agua al cuello— me cruzo con Gary Smulyan. El tipo trabajó de chef 16 horas al día, además de tocar el saxo barítono. Me cuenta excitado que vio a Dexter Gordon cuando el tenor volvió de Europa a NYC en 1976 y tocó en vivo una semana larga en el Village Vanguard, testimonio registrado en el disco doble Homecoming (“Fui todos los días, todos, todos, todos”, dice Gary). Que ama la literatura, los libros y las librerías y es un fanático de la serie negra (James Ellroy, Jim Thompson, Elmore Leonard, Walter Mosley, y tira una montaña de autores). Que no hay un festival de jazz como este, tan puro y en un lugar tan alucinante, en ninguna otra parte del mundo. Que vio Roma de Cuarón y le pareció fascinante (“¡Esa banda que pasa por la calle todos los días!”). Que recuerda con horror cuando tocó con la orquesta de Woody Herman para la Junta Militar argentina en 1979, en el Gran Rex de Buenos Aires (“Estaban todos juntos en las primeras filas, daba miedo”). Que con Trump la gente manifiesta abiertamente su racismo (“Una cosa es pensarlo y otra decirlo: odio a los putos judíos”). La conversación es tan animada que nos arrimamos al borde de la piscina para recostarnos y Gary sigue hablando de jazz, de literatura policial (más Chandler, más Hammett, más Thomas Harris) y admirando a las mujeres que pasan. Y con esas ganas e intensidad tocó, sacando unas notas de su barítono que parecían la bocina de un barco.

Reparten revistas Down Beat en el festival, el último número de enero, con Eric Dolphy en la tapa. También en la portada leo: “In memoriam Roy Hargrove”. Puta madre, tenía 49 años. Y sí, llevaba una vida disipada, con muchos demonios a cuestas. Tremendo trompetista, que por supuesto también estuvo en el festival. Le pregunto a la fotógrafa argentina Adriana Mateo, que lo conoció y expone unas fotos de jazz en una carpa al costado del quincho de las comidas, cómo era Hargrove:

—Muy dulce, nunca gritaba ni se enojaba y le gustaban mucho las mujeres —no agrega nada más, no quiere decir nada más y se retira.

Foto: Jimmy Baikovicius

Aaron Diehl y Benny Green fueron dos de los pianistas preferidos por el público. El trío de Diehl fue una calamidad de preciosismo, delicadeza y espacio para soñar entre los instrumentos. Tocaron una versión increíble de Con alma, de Dizzy Gillespie. A la notoria formación clásica del pianista se sumaron dos monstruos más: el contrabajista Paul Sikivie y el baterista Quincy Davis. En el segundo set de este trío, Diehl presentó una composición de título provisorio: Spiritual Transmission, que había escrito... esa mañana.

Benny Green agradeció con timidez todos los elogios y regalos que le hicieron, y derrochó entrega y swing, pasando por momentos de gran intimismo. En un tramo de recogimiento, el burro —que ama las disonancias a lo Cecil Taylor— comenzó a rebuznar detrás del escenario. Green levantó la vista hacia el público, dejó de tocar por unos breves segundos, con una risita apreció el aporte del animal y continuó. Cuando había que levantar las cosas, sus manos caían sobre las teclas como máquinas perfectas de armonía. No podías dejar de mover la pierna, un típico espasmo de estos conciertos.

Otra vez en la piscina del hotel. Además del mate, abundan los tópicos del jazz, como la elegancia. Los músicos suben al escenario con traje y corbata o al menos con saco. Es una imagen clásica. Dejás la vida en el escenario, sudás como un caballo, pero seguís bien vestido, como en una fiesta. El jazz es una fiesta. Le pregunto a Popo cómo se vería entrajetado junto a su contrabajo. Me responde con una anécdota de Leo Maslíah:

—Leo tocaba de alpargatas y ya las tenía hechas mierda. Estábamos de gira en Chile y caminábamos por la ciudad. De pronto pega un alarido que nos sorprende a todos y se detiene: había una tienda que vendía alpargatas. Entró, compró unas nuevas, salió a la calle y dejó las viejas al costado de un árbol.

Popo, además de un gran bajista (para los que todavía no lo sepan, su contrabajo es el oficial del festival y todos los bajistas lo tocan), es un fanático de las motos. Se compró una Harley-Davidson y cada tanto hace paseos con otros motoqueros.

—¿Prestás la moto?

—La moto no se presta. El contrabajo sí, y le hace mucho bien. Este año le puse cuerdas nuevas, que me trajo Paquito.

Me vuelvo a cruzar con Gary Smulyan. Me recomienda más autores de serie negra. No los conozco y son tantos que le digo que me los anote. La lista se lleva una página entera de mi libreta. Recalca que varios libros hay que leerlos en orden, es imprescindible. 

Foto: Jimmy Baikovicius

Están en el escenario la vocalista Nnenna Freelon y el guitarrista Chico Pinheiro. Los insectos rodean a Nnenna. En el cielo se avecina una tormenta eléctrica. Puta madre, fue mi culpa, yo llamé a la lluvia. La gente soporta una lluvia tenue, abre sus paraguas y la música no para, hasta que los rayos están cada vez más cerca de nuestra cabezas. Y además son horizontales, como generados por el laboratorio de Frankenstein cuando le quiso dar vida al monstruo. Se suspende el concierto de cierre con la banda de Paquito, que sería un homenaje a la música de Chick Corea. Los fieles que quedamos, que somos muchos, nos mandamos para el restaurante. Y allí se improvisa inmediatamente una jam se­ssion. Afuera caen toneladas de agua y el cielo se ilumina con fogonazos. El restaurante está a reventar de gente ansiosa por más música. Hace un calor sofocante. Se abren las ventanas. Los saxos y las trompetas no tienen amplificación. No importa: soplan a lo macho. Gary Smulyan no cabe en el escenario y espera entre la gente, con la camisa manchada por un tremendo lamparón de vino y su voluminoso barítono. Tiene una sonrisa amplia, generosa, y esos lentes redondos de intelectual. En el arranque de un tema, Paquito tiene las partituras equivocadas. Se detiene la música. Paquito revuelve por allí, en el estuche de su saxo, y consigue las partituras adecuadas. Largan de nuevo. La gente delira. Estamos en el sur profundo, en un galpón atiborrado de gente que ama el jazz. Reverbera una autenticidad a prueba de cualquier mal tiempo. Fin de otro glorioso festival en El Sosiego de Punta Ballena, que tendrá las fechas históricas del 3 al 6 de enero de 2019. Francisco Yobino ya piensa en el siguiente.

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