En la computadora aparece el rostro de Ida Vitale desde su casa en Austin (Texas), Estados Unidos, y su voz suena clara y precisa en la comunicación por Skype. Prefirió ese medio para hacer la entrevista con Búsqueda antes que el teléfono, y últimamente lo ha usado con frecuencia porque este 2015 ha sido para la poeta el año de los reconocimientos. El 19 de mayo ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, pero unos días antes había recibido el Premio Internacional Alfonso Reyes, otro prestigioso galardón que brindan varias instituciones mexicanas.
A los 92 años, Vitale parece incansable. Escribe por las noches y lo hace a su ritmo, que es minucioso y continuo. “Soy lechuza, trabajo hasta tarde y me despierto lento”, explica. A veces se acuesta a altas horas de la madrugada; por eso, cuando la llamaron a las seis de la mañana para decirle que había ganado el Premio Reina Sofía, la encontraron dormida y pensó que se habían confundido. “Al principio sentí desconcierto porque varias veces había rodado mi nombre, entonces pregunté si era una broma”.
El Premio Reina Sofía, que convoca Patrimonio Nacional de España y la Universidad de Salamanca, se concede a la obra de un autor vivo que ha sido relevante para el patrimonio cultural hispanoamericano. Está dotado de 42.000 euros.
“Tengo muchas cosas pendientes y en estos momentos estoy terminando un libro para publicar en México que tendría que haber entregado hace un año”, dice, preocupada por los requerimientos editoriales. “Para lo que yo no me apuro es para escribir. Me gusta dar una mirada después de que pasa un tiempo, pero eso no se armoniza mucho con los editores”.
Poeta, traductora, ensayista y crítica literaria, Vitale ha publicado más de 20 libros de poesía en Montevideo, México, Estados Unidos y España (Oidor andante, Procura de lo imposible, Reducción del infinito), y varios ensayos y libros de prosa y crítica literaria (El ejemplo de Antonio Machado, Cervantes en nuestro tiempo, De plantas y animales: acercamiento literario).
Reacia a cualquier clasificación, a Vitale no le gusta definir su poesía. Pero sí habla de la importancia de pulir la palabra. “Quizás la única manera de ser objetivo sobre lo que uno hace es olvidarlo, olvidarlo realmente para tener la frialdad suficiente de juzgarlo poco caritativamente. Eso lo aprendí de Juan Ramón Jiménez”.
La escritora llegó a Estados Unidos en 1989 junto con su esposo, el también poeta Enrique Fierro, quien fue profesor en la Universidad de Austin y hoy está jubilado. “Ahora con esto del premio han dicho que yo fui docente en la Universidad, pero nunca lo fui. Sí tuve un vínculo por Enrique”, aclara.
Antes de radicarse en Austin, la vida de la pareja fue itinerante, vivieron en México, luego volvieron a Uruguay con el retorno de la democracia, pero a los pocos años se volvieron a ir. “Enrique fue director de la Biblioteca Nacional y estaba saturado, absolutamente. Donde hubo militares todo queda trastocado. Cuando pasan dejan una especie de urgencia de cada uno. La parte anárquica que todos tenemos dentro sale a flote cada vez que nos sacamos un gobierno autoritario de encima y no siempre es positivo. Admiro a los países que tienen el equilibrio suficiente para salir de una situación así con elegancia. En Uruguay eso faltó, hubo algo de ‘ahora me llegó la hora a mí”, explica Vitale sobre aquel momento en que decidieron que su lugar estaba en otro lado.
En México, adonde llegó como exiliada en 1974 y permaneció hasta 1984, conoció a Octavio Paz, quien la integró al comité asesor de la revista Vuelta. “Éra un rey en México, respetadísimo. Yo no tenía ni la más remota intención de relacionarme con él, pero me lo crucé en una exposición y alguien me lo presentó. Le dije que lo había empezado a leer gracias a José Bergamín, que me pasó sus libros allá por 1947”. Intelectual español exiliado en Uruguay durante la Guerra Civil española, Bergamín fue docente de Vitale en la Facultad de Humanidades y uno de sus maestros literarios, junto con Juan Ramón Jiménez.
Antes de emigrar hacia México, Vitale había colaborado con el semanario Marcha y había dirigido la página literaria del diario Época. Fue también codirectora de la revista Clinamen e integró la dirección de la revista Maldoror. Cuando regresó del exilio en 1984, dirigió las páginas culturales del semanario Jaque.
Ni orgullo ni rechazo.
Aunque a ella no le gusta hablar de generaciones literarias, es inevitable asociarla con la Generación del 45, de la que es su última representante. En aquel grupo de escritores e intelectuales que marcaron las letras uruguayas se encontraba Ángel Rama, primer marido de Vitale, con quien tuvo dos hijos: Claudio y Amparo.
“No siento ni orgullo ni rechazo por esa generación, pero a mí lo que no me gusta es el criterio de las generaciones. Incluso dentro de la crítica es una manera cómoda y simplificadora de dividir al mundo. Cuando se habla de la Generación del 45 siempre se piensa en escritores. Para mí, una generación son también pintores, músicos, todos los que integran el ámbito en el que uno creció y evolucionó. Lo otro me parece reduccionista”.
También está en contra del criterio cronológico. “Siempre pienso que puedo sentirme unida a alguien de una generación anterior o de una que vino después. Importa hilvanar no en sentido horizontal sino vertical: en qué se reconoce uno o en qué se apoyó, qué eligió o qué aceptó, y, a la vez, con quiénes de los que vinieron después nos sentimos continuados. Pero es luchar contra la corriente. Todo está más bien organizado con criterios cronológicos y contribuye a algo que a mí me desagradó siempre: que los que pasaron, pasaron, y los que vinieron todavía no llegaron”.
Como ejemplo, Vitale recuerda a una poeta joven que un día la fue a visitar para que la ayudara a publicar en una revista literaria alguna de sus obras. “No voy a darte nombres ni detalles de la revista. Pero cuando se la llevé a quienes la dirigían me dijeron: ‘Ah, pero esta revista es solo para nosotros’. Esas son las cosas que me molestaban bastante de aquella época”.
El abuelo de Vitale había llegado al Río de la Plata con Garibaldi. Ella, que nació en Montevideo el 2 de noviembre de 1923, recuerda que creció en un ambiente de tolerancia y respeto, aunque con un padre que vivía “un poco al margen”. Fue criada por una abuela y una tía que llegó a ser directora de la escuela República Argentina. “Llevo el nombre de otra tía que no conocí. Había sido secretaria de José Arechavaleta, director del Jardín Botánico. Heredé de esa tía un gran armario lleno de cajitas blancas con muestras de bichitos y plantas. Siempre viví en un medio en el que las mujeres habían hecho lo que querían y habían estudiado. Mi familia tenía relación con Paulina Luisi, entonces yo veía un mundo femenino que no estaba nada oprimido”.
Nunca se sintió opacada por la figura de su primer marido, Ángel Rama, considerado uno de los mayores ensayistas y críticos latinoamericanos. “Siempre pensé que era culpa de las mujeres si no se colocaban donde debían. Pero Enrique (Fierro) siempre me corrige y me dice: ‘Pero qué estás diciendo, si Uruguay es súpermachista”.
Hasta que se olvide.
“Su poesía es pura, con Juan Ramón Jiménez como punto de partida, pero no es una discípula del Premio Nobel. Su poesía es la de alguien que ha leído a Juan Ramón, sobre todo el de la última etapa más metafísica, y lo ha interiorizado, porque la poesía de Vitale es la de alguien que interioriza todas sus visiones sobre la realidad de la vida”, dijo Luis Antonio de Villena, un miembro del jurado del Premio Reina Sofía.
Reacia a cualquier clasificación, a Vitale no le gusta definir su poesía. Pero sí habla de la importancia de pulir la palabra. “Quizás la única manera de ser objetivo sobre lo que uno hace es olvidarlo, olvidarlo realmente para tener la frialdad suficiente de juzgarlo poco caritativamente. Eso lo aprendí de Juan Ramón Jiménez. Él decía que hay que guardar los poemas hasta que uno se olvide, y después retomarlos y corregirlos. Eso se aplica a la poesía y también a la prosa. Claro que ahora no puedo dejar mi obra, no dispongo de mucho tiempo para retomarla”.
El abuelo de Vitale había llegado al Río de la Plata con Garibaldi. Ella, que nació en Montevideo el 2 de noviembre de 1923, recuerda que creció en un ambiente de tolerancia y respeto, aunque con un padre que vivía “un poco al margen”.
Vitale ha viajado seguido a Uruguay de visita y es cauta al decir cómo ve al país desde lejos, pero tampoco evade las respuestas. “Suelo ir todos los años. Como estoy afuera, no es muy elegante decir todo lo que no me gusta, pero creo que nadie me va a discutir que la educación es un desastre. A qué se debe, no sé. Solo puedo agradecer haber tenido profesores como Bergamín en Facultad de Humanidades. Eran otras épocas de integraciones positivas”.
En cuanto a algo que le quedó pendiente en la vida, Vitale dice que le hubiera gustado viajar a Japón. “Enrique siempre dice que me intereso por un mundo que ya no existe. Mi Japón es literario y pictórico y no debe de tener nada que ver con el Japón de hoy. Pero sé que hay ciudades que mantienen su tradición”. Ha leído autores como Kazuo Ishiguro y Haruki Murakami, pero considera que son “más internacionales y menos japoneses”. El autor que sí le gusta es Natsume Soseki, un narrador y poeta de comienzos del siglo XX.
Vida Cultural
2015-09-03T00:00:00
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