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Los que somos fanáticos de la novela histórica náutica, la de Joseph Conrad y Patrick O’Brien, sabemos de los peligros de una deriva y de un motín a bordo. También sabemos que ni el desvío de rumbo ni las rebeliones llegan porque sí. Y lo cierto es que el legendario Museo del Louvre, quintaesencia de la grandeur de Francia y símbolo de su destino como faro de la cultura, está escorado por viento de través.
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Lo vienen asolando múltiples escollos, y el último es, precisamente, la rebelión de sus más de 2.200 funcionarios entre conservadores, técnicos, administrativos y de seguridad. Una movilización que ha conseguido cerrar las puertas del museo en tres ocasiones —la última, el pasado lunes 19— y que seguirá haciéndolo sin previo aviso y sine die. Asimismo, las medidas implican que, cuando el museo está abierto, solo se puede ver un puñado de obras en un recorrido predeterminado que, para calmar los ánimos, incluye la Gioconda, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia. Y lo digo así, porque la cosa también viene caldeada entre los visitantes con la nueva tarifa discriminada por nacionalidad, la que impone a los no europeos una entrada de 32 euros, mientras que los comunitarios siguen en 22.
En realidad, el conflicto no es más que la resulta de una situación de fragilidad que el museo arrastra desde hace años en los planos institucional, financiero y patrimonial. En enero del 2025, el presidente Emmanuel Macron presentó con gran pompa el proyecto Louvre — Nouvelle Renaissance; un ambicioso plan de reorganización e infraestructura que, 700 millones de euros mediante, llegaba para afrontar las diversas crisis que lo cercaban. Pero todo quedó en el olvido en el mes de octubre, cuando el espectacular robo en la Galería de Apollon dejó expuestas sus extremas vulnerabilidades. Y se desató el pandemonium; las cámaras perimetrales eran insuficientes, el sistema de vigilancia era vetusto o no funcionaba y hasta se filtró el informe que revelaba que la contraseña del servidor de seguridad del Louvre era Louvre. Para colmo, en medio del bochorno mediático, debió cerrar la Galería Campana, de cerámica griega, por fragilidades estructurales en las vigas, y a los pocos días se inundó la biblioteca de antigüedades egipcias por una tubería en mal estado.
Ahora, tengamos un poco de empatía. En 2025 el Louvre recibió 9 millones de visitantes, lo que implica un aluvión de 30.000 personas por día. Es el museo más visitado del mundo y también el más grande; su superficie es de 210.000 m² de los cuales 73.000 son de exhibición, un recorrido lineal de 14,5 kilómetros. Su acervo es de 650.000 obras y objetos artísticos, de los que se exhiben de forma permanente 35.000. Y lo más importante, el propio museo es una obra de arte de más de 800 años de historia. Comenzó su andar en 1190, cuando el rey Felipe Augusto construyó una fortaleza con el fin de defender el margen derecho del Sena. En el siglo XIV Carlos V El Sabio lo convirtió en palacio real al instalar su biblioteca y, luego, con el paso del tiempo, cada nuevo rey francés fue dejando su impronta. Francisco I hizo de él un palacio renacentista; Enrique IV le sumó la Gran Galería —hoy corazón del museo—, y Luis XIV cerró el círculo al culminar esa joya única que es la Cour Carrée.
Por sus pasillos se paseó Enrique II y conspiró la gran Catalina de Medici, sus habitaciones fueron sede en el siglo XVII de la primera academia de arte de la historia y, en 1793, los revolucionarios sellaron su destino como museo. Toda la historia de Francia se puede narrar a través de este edificio, cuya última intervención fue en la década de los 80 del siglo pasado bajo el impulso del presidente François Mitterrand. Pero las famosas pirámides de Ieoh Ming Pei llegaron justo antes de que estallara el turismo cultural masivo, por lo que, al ser proyectadas para 4 millones de visitantes, hoy resultan insuficientes e inoperantes por centralizar el ingreso en lugar de descongestionarlo.
¿Cómo no va a ser difícil proteger, conservar y exhibir un patrimonio de esta envergadura? ¿Cómo se gestiona una tromba diaria de 30.000 personas? ¿Cómo no se van a fragilizar las vigas y a romper los caños? Todas preguntas razonables, no obstante, por más exigente que sea la tarea, el Louvre tiene que —y debe— capear esta tormenta. Francia y los franceses ya lo hicieron con Notre Dame. Ahora, le toca al Louvre.