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¿Cuánto hace que no visita la Biblioteca Nacional?
Hace décadas que la institución está cubierta por una inquietante penumbra literal y metafórica; sus autoridades, las sucesivas administraciones, no resolvieron de la mejor manera las tensiones surgidas entre cuidar el acervo del libro, mantener el edificio y atraer lectores
No es un reproche. No hay nada que reprochar si no pisó la Biblioteca en años. Casi nadie va. Los usuarios suelen ser investigadores o lectores en busca de libros difíciles de conseguir. En 2023, por ejemplo, hubo 1.490 consultas presenciales en la sala de lectura, 40 extranjeros recorrieron las instalaciones y unos 10.000 estudiantes acompañados por docentes participaron de visitas guiadas. Los datos surgen de la Memoria anual de gestión de la Biblioteca, un documento engorroso de leer que refleja la variedad de tareas asignadas a la institución. Ese mismo año, uno solo de los shoppings de Montevideo recibió cerca de 15 millones de visitas. Por eso, en el lenguaje coloquial y cortando grueso, se dice: “no va nadie”.
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Hace décadas que la institución está cubierta por una inquietante penumbra literal y metafórica. Ha perdido su encanto. El edificio, el mobiliario y los procedimientos para solicitar libros se mantienen parecidos a 40 años atrás, antes de que existieran los celulares y computadoras en las mochilas estudiantiles. Antes de los libros digitales. Antes de la Internet masiva. Antes de las redes. Antes de la pandemia. Antes de las clases virtuales. Antes del ChatGPT.
En Uruguay, la construcción de la Biblioteca Nacional fue un camino tortuoso. Se postergó durante décadas, y cuando por fin se concretó el llamado a concurso, comenzó otro periplo hasta la inauguración que insumió más de 20 años. La piedra fundamental fue colocada en 1937, el edificio se ocupó en 1955 y la inauguración oficial ocurrió en 1964. El proyecto ganador de Luis Crespi integraba la Biblioteca y el Museo Histórico Nacional en un único edificio. La obra tuvo problemas técnicos desde el inicio, lo del Museo quedó por el camino y también Crespi, quien fue sustituido en la dirección de obras por Roberto Tiscornia, arquitecto del Ministerio de Obras Públicas de entonces. Este último introdujo modificaciones que implicarían la pérdida de ciertos valores del proyecto original, dice el arquitecto Santiago Mederos en el artículo “El edificio de la Biblioteca Nacional”.
“El clasicismo moderno del proyecto de Crespi representaba las pretensiones culturales del gobierno (…). Abierta a su público en dos turnos, para que el obrero y el empleado puedan formarse, la BN formaba parte de una política de promoción cultural o ‘perfeccionamiento espiritual’ —una expresión de la época—, que encontró en la idea del ‘templo del saber’ una metáfora idónea para su representación”, concluye Mederos.
El edificio conserva la apariencia solemne, mientras a su alrededor el barrio da señales de cambios sociales que dejan marcas en la fachada, pequeñas humillaciones cotidianas. Pintadas, roturas, carteles pegados. Una reja —fierro pelado nomás— metida entre las columnas pretende darle protección frente a los robos y otras miserias. Pasada la puerta, un guardia le preguntará adónde va y se fijará si lleva mochila. Precauciones, aunque justificadas en estos tiempos, que generan la ligera sensación de ir salvando obstáculos para llegar hasta el libro.
Apenas entrar, a uno le vienen ganas de hablar bajito, en susurros. Los ficheros siguen siendo una maravilla digna de un museo. Hay miles de fichas metidas en cajoncitos de madera, ordenadas por título, autor o tema. Todo un símbolo del conocimiento que refulge en medio del silencio abrumador. En el centro está la sala de lectura. Conserva las mismas mesas de décadas atrás, las mismas lámparas, las mismas sillas. Por la claraboya entra una luz tenue. En un tiempo estuvo cubierta con una tela sombra, y tal vez siga siendo ese el motivo de la penumbra. Una de las ventanas laterales está tapada parcialmente por armarios y otra, recubierta con papel. La Biblioteca se ha ido llenando de oficinas, lugares de trabajo, para cada tarea nueva que se le encomienda. Unas cuantas ventanas que dan al pasaje peatonal también están cubiertas. Es simple: el papel se estropea más rápido con la luz y las cortinas lo protegen. En sentido inverso, los lectores necesitan aire y claridad. En suma, la Biblioteca —sus autoridades, las sucesivas administraciones— no resolvió de la mejor manera las tensiones entre cuidar el acervo del libro, mantener el edificio y atraer lectores. Al final, entre humedades, plagas, falta de presupuesto, malas decisiones arquitectónicas, aumento de libros y tareas… las buenas intenciones del inicio se han ido enredando.
Por cierto, la nuestra no es la única biblioteca en crisis en el mundo. ¿Faltan ganas de leer? Quizás, aunque eso no lo explica todo. En la última década, más de 180 bibliotecas del Reino Unido cerraron o se entregaron a grupos de voluntarios, según The Guardian. Numerosos pueblos cierran espacios de lectura, también en Uruguay, o los mantienen con horarios ridículos. Pero al mismo tiempo, se siguen abriendo bibliotecas y las hay tan demandadas que, para conseguir un lugar, la gente hace fila.
En 2017, Alejandro Varela, por entonces estudiante de arquitectura, hoy arquitecto y doctorando en Suiza, inició una investigación sobre la Biblioteca Nacional como parte de su proyecto final de carrera. “¿Cómo se debe actuar cuando el patrimonio arquitectónico pone en riesgo el patrimonio cultural?, se preguntó en el punto de partida. El resultado es una propuesta potente que, de concretarse, sería un tsunami para la zona del Cordón. Varela imaginó, entre otras tantas cosas, la creación de una torre hacia la calle Guayabos con capacidad para reubicar los libros del acervo histórico y, de este modo, liberar espacio destinado a la lectura y las exhibiciones. El proyecto incluye cambios en la circulación, conexión del edificio con el entorno (el callejón, la Facultad de Artes, la Facultad de Derecho…) y un espacio vivo en la azotea, una especie de plaza en altura, donde se podría cantar, bailar, hacer skate, reunirse y hasta tomar un café para agitar el “templo del saber”. Es un planteo atrevido que se mete con la solemnidad del granito y hasta con la idiosincrasia uruguaya, y que bien podría dar inicio a un debate profundo sobre la Biblioteca Nacional del futuro. Algo que vaya más allá del revoque y unas manos de pintura. Algo que nos haga regresar.