En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
No estoy inventando nada si digo que lo que impulsa a los famosos personajes de Brontë es un amor crudamente violento y psicológicamente destructivo, un nudo narrativo complejo que Fennell confunde con lujuria de la barata; digamos, a lo 50 sombras de Grey
La semana pasada tuve la mala idea de ver la última adaptación del gran clásico de Emily Brontë Cumbres borrascosas, producida, escrita y dirigida por la cineasta británica Emerald Fennell. No tenía grandes expectativas, la crítica la había destrozado hasta la crueldad, pero me intrigaba conocer el enfoque de Fennell, que es hoy considerada la más reciente estrella del cine británico. Multipremiada con el Oscar y el Bafta en 2021 por el guion original de Una joven prometedora, pensé con un candor rayano en la inocencia que el daño no podía ser tan grave. Obviamente, me equivoqué. Fennell consiguió destruir uno de los más atrevidos y complejos clásicos de la literatura del siglo XIX, lo que en sí mismo es grave, pero lo es más aún porque cada vez se leen menos y es muy probable que los jóvenes que vean la película crean que “eso” es Cumbres borrascosas.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Cuando Emily Brontë publicó el libro en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, muy pocos entendieron de qué iba; con una estructura narrativa innovadora y unos personajes que escapaban al cliché, la novela se sintió extraña y ajena a la sensibilidad de la época. Tuvo que pasar el tiempo para que se decodificaran las claves de esta tóxica historia de amor, que es en realidad una historia de obsesión, venganza y tensión sexual en medio de un escenario de violencia y discriminación. En pocas palabras: un chico huérfano (Heathcliff) y una chica apasionada (Catherine), un amor destructivo, dos familias desgarradas por generaciones y los indómitos páramos de Yorkshire como escenario de fondo. Una mezcla explosiva, la fórmula perfecta para que el siglo XIX revele toda su victoriana complejidad y su poderosa actualidad de “tiempos violentos”.
Fennell, en cambio, optó por la superficialidad, eliminó todos los relatos dentro del relato, inventó escenas, suprimió casi una decena de personajes y cambió el carácter y el rol argumental de otros, alterando el desenlace de tragedia y redención que escribió Brontë. Pero la cosa no termina acá, porque la película está dominada por una estética artificiosa en los ambientes y el vestuario, los que, a la búsqueda del choque contemporáneo, solo consiguen parecerse a un Disney kitsch con actores vestidos —y desvestidos— para excitar a adolescentes posmodernos.
Se podría especular que es una cruza entre los brillos rosa de Barbie y la oscuridad de Frankenstein, al menos si nos atenemos a los protagónicos de Cathy y Heathcliff. Ella es Margot Robbie —léase Barbie en Barbie— y él Jacob Elordi —el monstruo del Dr. Frankenstein en Frankenstein—. Ambos son buenos actores y hacen lo que pueden con unas escenas imposibles de interpretar, las que por momentos se vuelven tan desopilantes que darían risa si no fuera que está de por medio Emily Brontë. Tomas de corpiños desgarrados, planos de aceitosos músculos de gimnasio, descabelladas escenas de sexo sadomasoquista, secuencias de llantos histéricos y el máximo de los disparates: Cathy masturbándose en los míticos páramos azotados por el viento y la lluvia.
Este contexto hace que la película fluctúe entre la invención deliberada y la confusión conceptual, sobre todo, por creer que la pasión entre Cathy y Heathcliff, que es atracción sexual y por añadidura pura tensión, se resuelve convirtiéndola en encuentros eróticos explícitos. No estoy inventando nada si digo que lo que impulsa a los famosos personajes de Brontë es un amor crudamente violento y psicológicamente destructivo, un nudo narrativo complejo que Fennell confunde con lujuria de la barata; digamos, a lo 50 sombras de Grey.
A su vez, destruye toda la profundidad del conflicto al hacer de Heathcliff un galán pasteurizado —en el original es de piel oscura, algo así como un gitano—, por lo que desaparece de escena la xenofobia colonialista y clasista, razón de ser de las humillaciones que germinan el odio que Heathcliff acumula.
No creo que el problema esté en el eterno debate sobre las adaptaciones, no se trata de dogmatismos puristas; el cine tiene su propio lenguaje narrativo y debe construir libremente y pensar sin límites. No obstante, si se sustituye el sentido y el contenido que hacen a la trascendencia del libro, ya no se trata de una adaptación. Otra posibilidad: pensarla como una “versión libre”, pues en ese caso desconcierta que en la historia que eligió contar todo esté fuera de lugar, se sienta falso, incoherente y emocionalmente fingido.
Sea cual sea la opción, el denominador común es la incomprensión de la novela, curiosa coincidencia con la recepción que tuvo en su época. ¿Será que hemos llegado al punto en que una mujer ya no entiende a Emily Brontë? Si es así, las mujeres estamos en problemas.