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    Egos como catedrales

    Ninguno pone el pie en el freno: son narcisistas desatados lanzándose el uno contra el otro, y de una forma casi pueril van por todo, lo apuestan todo

    Columnista de Búsqueda

    ¿Es posible que alguien no haya visto venir este desenlace? Fue como adivinar el final de aquellas telenovelas de la tarde en que la chica pobre y buena invariablemente terminaba casándose con el chico rico. En este caso hablamos de la pareja formada por el presidente del país más poderoso del planeta, Donald Trump, y el ultramillonario Elon Musk (Tesla, SpaceX, X), que fue su mano derecha, la que sostenía la motosierra que iba a desmantelar la administración pública federal en aras del ahorro. ¿Cuánto podía durar el idilio de una pareja de megalómanos?

    Duró menos de un año, o sea, lo que muchos imaginábamos que tenía que durar. Atrás quedaron los tiempos de tirarse flores en los programas de la cadena Fox: “Quería a alguien realmente inteligente para trabajar conmigo”, decía Trump. “Yo quiero al presidente, solo quiero dejar eso claro. Creo que el presidente Trump es un buen hombre”, le respondía Musk. Conmovedor, ¿verdad? Estábamos en la cresta de lo que se llamó el “bromance” (mezcla de brother y romance).

    Pero Elon empezó a caer en desgracia, a distanciarse de miembros importantes de la Casa Blanca como la jefa de gabinete, Susie Wiles, incluso a pelearse a empujones y puñetazos con alguno de ellos. Su inexperiencia política y sus desacuerdos de fondo con la estrategia arancelaria terminaron erosionando la relación con el propio presidente. Trump pasó de exhibir el Tesla rojo en la propia puerta de la Casa Blanca a decir que va a venderlo. Todo un símbolo. La disputa, que debe de haber empezado a puerta cerrada (imagino los gestos amenazantes, dedos en alto y discusiones a gritos, como corresponde a los caracteres vehementes de los involucrados), no tardó en trasladarse al escenario de las redes sociales donde, como ya se sabe, la pradera arde más y mejor.

    Elon embistió sin pudor dejando de lado las formas. Lo hizo desde sus dominios en X: llamó “ingrato” a Donald, le recordó que sin él y su ayuda hoy no sería presidente. Y, como si esto fuera poco, amenazó con usar su enorme poder como gran donante para la campaña de políticos que podrían trabar la aprobación de la reforma tributaria que persigue el gobierno. El presidente, ni corto ni perezoso ante las advertencias, contraatacó y subió la apuesta: deslizó que Elon no se había ido por propia voluntad, lo trató de drogadicto en una conversación privada, pero asegurándose de que sus palabras trascenderían. Y colocó la frutilla sobre la torta: advirtió que revisaría los contratos estatales del millonario tecnológico.

    “Me siento como los hijos de un divorcio amargo, donde uno simplemente dice: Realmente desearía que mamá y papá dejaran de gritar”, dijo el senador Ted Cruz (republicano por Texas) en su podcast el viernes 6 de junio.

    Ninguno pone el pie en el freno. Son narcisistas desatados lanzándose el uno contra el otro. Y de una forma casi pueril van por todo, lo apuestan todo.

    El millonario respondió a las amenazas con más amenazas, dijo que, si cancelan sus contratos, no tendrán forma de llegar a la Estación Espacial Internacional, y hasta coqueteó con la posibilidad de lanzar una alternativa al Partido Republicano. Finalmente, lanzó un misil de munición gruesa ante los millones de usuarios de X: acusó a Donald Trump de figurar en la lista de pedófilos de Jeffrey Epstein.

    Cada publicación busca ser más escandalosa que la anterior, al punto que Greg Murphy, un representante republicano, escribió: “Ya basta, Elon. Deja el teléfono y sal a jugar”.

    A todo esto y ante la amenaza de Trump de rever los contratos, las acciones de Tesla se desploman con pérdidas de US$ 150.000 millones en tres horas, se esfuma más de un 14% de su valor de mercado.

    Después hay un cambio en la estrategia del presidente, que ignora la mención a la lista de Epstein, anuncia que no está en sus planes reconciliarse con su examigo y centra sus esfuerzos en transmitir la importancia de la reforma tributaria. Pero Elon, envalentonado con su propio discurso, publica un video de Trump y Epstein en una fiesta en la isla y hasta republica una propuesta de reemplazarlo por el vice, J. D. Vance. Ningún empresario se había atrevido a tanto con un presidente de los Estados Unidos.

    No sabemos qué sucedió después de eso. Solo que, horas después de haberlo subido, Musk borra el tuit sin explicaciones. Pero él sabe que el mensaje, la amenaza, ha llegado a donde tiene que llegar, y que habrá consecuencias: hoy, sin ir más lejos, se multiplican los pedidos, incluso de los propios republicanos, para que se desclasifiquen los archivos Epstein.

    Dos egos como catedrales, dos hombres ultrapoderosos unidos por la ambición y el dinero, un enfrentamiento explosivo. No es una rareza, el mundo está lleno de nexos enfermizos entre gente rencorosa y vengativa, el mundo está lleno de peleas entre machos alfa. Lo realmente preocupante, lo que marca una necesidad urgente de debate entre los estadounidenses, es el grado de influencia, de poder y de arbitrariedad de los involucrados, y la consiguiente falta de confianza en el sistema que generan sus acciones. La democracia más grande del mundo reconoce sin tapujos que millones de dólares, puestos uno encima del otro, hacen que un Donald Trump gane las elecciones. Y que ese mismo Donald Trump, una vez presidente de los Estados Unidos, tenga el poder de conceder dinero público a su antojo a las empresas con las que simpatiza, así como de cancelar sus dádivas cuando las amistades se enfrían. Una pelea de gallos ha reflejado de qué manera la ira, la codicia y la venganza pueden filtrar la política, ha demostrado cómo las reacciones viscerales, insultos, amenazas y ajustes de cuentas han llegado para sustituir el debate ideológico.

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