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    El arma arancelaria

    Juancito es un niño de 8 años a quien, en un cumpleaños, le regalaron un autito de juguete, estilo los antiguos Matchbox, que, sin duda, muchos exniños recuerdan.

    Juancito se puso a jugar con su autito, lo hacía rodar empujándolo con su manito sobre una mesa, inventándole un garaje con una caja de gelatina vacía que le había dado su mamá, y lo hacía dar curvas cerradas alrededor de una maceta que había en una mesa.

    Pero para Juancito el juego no había terminado ahí. Un día imaginó que el autito era un avión y, apretándolo entre sus deditos, lo hacía volar por toda la casa. Otro día jugó a que el autito era una lancha, y lo metió en el lavatorio del baño lleno de agua, empujándolo con sus manitos para levantar olas.

    En una palabra: el autito no era solo un autito, sino lo que su dueño quería que fuera.

    En los Estados Unidos hay un presidente, que se llama Trump, que en vez de autitos tiene aranceles.

    Cuando le explicaron lo que eran los aranceles, empezó a usarlos como Juancito al principio con el autito: empujándolo sobre la mesa. En este caso, castigaba con aranceles de 10, 20, 50 o 145% a los productos de países que no le caían simpáticos, según cuánto creyera que debían pagar de derechos de aduana para ingresar al territorio de los EE.UU.

    Pero un día, como Juancito cuando el autito se volvió avioncito o lanchita, Trump vio que los aranceles podían tener otro uso, más allá del arancelario típico. Y como estaba enojado con Lula, porque —según él— la justicia brasileña estaba haciendo una caza de brujas con su amigo Bolsonaro, decidió aplicarle un 40% de aranceles a los productos de Brasil, así fueran castañas de cajú o aviones de combate. Qué también. Bolsonaro es un patriota.

    Y ahora, hace un par de días, caliente con Putin porque no quiere terminar la guerra de Ucrania, le dijo a Vladimir que, si en 50 días no firma la paz, le aplicará un 100% de aranceles a Rusia.

    Los asesores económicos y comerciales de Trump le explican que los aranceles son otra cosa y se usan con otros fines, pero él (mirá quién) ni pelota que les da. Y hubo uno de los asesores políticos, de esos que le hacen el juego al trompa, que le dijo que hay muchos países en los que pasan cosas raras, y que él podría ayudarlos usando los aranceles.

    Fue así que hace unos días le dijeron a Trump que el grupo de “diálogo social” que funcionará en Uruguay, de 22 integrantes solo le daría ocho asientos a los partidos políticos.

    —¿Y para quién son, entonces, los otros 14 lugares? —preguntó don Donald.

    Le informaron que eran para Fucvam, el PIT-CNT, las ONG Viva la Lucha que es Mucha, Los Vamo a Reventar, La LUC nos Importa un Joraca, y unas cuantas organizaciones y grupos populares de parecido perfil.

    —Entonces, vamos a darles una ayudita a los partidos de la coalición, porque este atropello frentista me parece un abuso —replicó el presidente de los EE.UU. Y decidió aplicarles un arancel del 45% a todas las importaciones de productos uruguayos que tuvieran sellos del gobierno uruguayo.

    Sus asesores comerciales le dijeron que iba a ser muy difícil de aplicar, que toda la documentación de exportaciones uruguayas llevaba sellos de las autoridades, y que esa medida iba a perjudicar a muchas empresas uruguayas que no tenían nada que ver con el gobierno, pero los asesores políticos, que agarran viento en la camiseta con la menor brisa, le sugirieron algunos otros castigos arancelarios para Uruguay. Así fue como la Casa Blanca anunció que, tras el disparatado comentario del ministro del Interior, Dr. Negro, que el operativo del clásico había sido “perfecto” y “un éxito total”, desde esta semana se le aplicaría un arancel del 55% a la importación de productos uruguayos fabricados en los talleres de la Policía.

    De nada sirvió explicarle a Trump que los EE.UU. no importaban ningún producto fabricado por la Policía uruguaya, entre otras razones porque la Policía Nacional no fabricaba ningún producto exportable, pero el presidente insistió en que la medida tenía un efecto psicológico importante, y se hizo filmar mostrando a cámaras el decreto firmado con ese bolígrafo grueso que tanto estamos viendo diariamente en la tele.

    Tras estas importantes medidas, Trump creó un grupo de trabajo para analizar cuáles serían las siguientes medidas arancelarias que él tomaría para ayudar a los uruguayos ante tantos atropellos inexplicables de las autoridades o de los grupos políticos afines a las autoridades uruguayas.

    Así se ha sabido ya que se aplicarán aranceles del 189% (no se sabe muy bien a qué productos, pero eso es algo que no le interesa a Trump) para castigar al Sunca y al Partido Comunista por el desfalco a los fondos del Fosvoc, “porque a los comunistas hay que pegarles siempre y donde se pueda, y más donde les duela”, expresó Trump ayer, al salir de la Casa Blanca rumbo a su cancha de golf para su partida semanal.

    Se rumorea en Washington que también están en estudio sanciones arancelarias a la Intendecia de Montevideo, por haber pagado más US$ 14 millones en horarios fictos de trabajo los sábados, y al nuevo intendente frentista de Río Negro por haberle pedido explicaciones a UPM por unos malos olores que hay en el aire de Fray Bentos.

    No está claro si también se dictará un decreto con más aranceles por la importación electrónica de la emisión grabada de los discursos del presidente Orsi, porque, si bien Trump dice que no podrían ser tan confusos como los que le han hecho escuchar a él, lo cual demostraría que se trata de un atentado proveniente desde dentro de la propia fuerza política del presidente, la cosa podría no ser tan así.

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