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Si el tema de la verdad ya venía complicado, la intervención de la IA lo terminó de embarrar y nos obliga a repensar su papel en la creación cultural, artística, filosófica y quién sabe cuántos etcéteras
El caso de Jianwei Xun, un supuesto filósofo de Hong Kong cuya obra y figura resultaron ser una construcción de la inteligencia artificial (IA) en colaboración con un autor humano, ha provocado un debate sobre los límites de la ética, la autenticidad y la credibilidad en la era digital. Xun nació gracias a la interacción entre dos programas de IA y el presunto traductor del chino del filósofo Andrea Colamedici. Su libro (debo confesar que dudé frente al posesivo, porque ¿de quién es ese libro?), Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, fue calificado como un “revolucionario ensayo” y estuvo a nada de ser el libro del año.
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Jianwei Xun fue presentado como un pensador original, un nuevo Sócrates con acento hongkonés, listo para iluminar al mundo con su pensamiento. El libro voló de las estanterías y los académicos lo citaban con la devoción que se reserva a quienes inventaron la rueda. Entonces llegó Sabina Minardi, una periodista con olfato de detective de novela policial, y descubrió un pequeño detalle: Xun no existe. Es un espejismo creado por Andrea Colamedici y por dos IA con más ego que un influencer de Instagram. ¿Experimento? ¿Engaño? ¿O la prueba de que, en 2025, cualquiera puede hacer filosofía? Eso parece, siempre que tenga las herramientas informáticas adecuadas.
Jianwei Xun, el filósofo que nunca fue, logró lo que sueñan muchos académicos con trabajos y décadas de carrera: ser citado, reseñado y adorado por los medios y las universidades. Y todo eso sin tomarse la molestia de existir. Chupate esa mandarina, Platón.
El fenómeno desafía las certezas tradicionales sobre autoría y verdad. Pero digámoslo todo, esas certezas venían bastante cascoteadas: Elena Ferrante pudo ser un señor barbudo y Carmen Mora resultó un trío de caballeros. Entonces, Jianwei Xun es apenas el último invitado a la fiesta de las identidades dudosas o flojas de papeles.
Lo único auténtico aquí es nuestra capacidad para seguir cayendo en la trampa. Porque si el tema de la verdad ya venía complicado, la intervención de la IA lo terminó de embarrar y nos obliga a repensar su papel en la creación cultural, artística, filosófica y quién sabe cuántos etcéteras.
Según su creador, el experimento buscaba “explorar los límites de la autoría y la creación intelectual en la era de la inteligencia artificial”. Vamos, señor Colamedici, no me venga con experimentos cuando todo indica que si la periodista no lo desenmascara, usted sigue facturando las regalías del libro escrito por sus esclavos digitales hasta que las velas ardan.
La falta de transparencia y la utilización de una biografía falsa provocaron una reacción de rechazo y de desconfianza en los medios, la academia y los lectores, que se sintieron manipulados. Indignadísimos, gritaron “¡engaño!”. Eso sí, siguieron comprando libros de extraños autores anónimos, viendo documentales narrados por voces generadas por IA o retuiteando contenido de bots. Parece que para defender la “autenticidad” alcanza con indignarse de manera selectiva.
El caso de Xun nos demostró que una narrativa convincente puede engañar a los expertos y a los medios, puede poner en jaque la capacidad de la sociedad para discernir entre lo auténtico y lo artificial. Surge así uno de los tantos dilemas éticos: la transparencia de la autoría. Por ejemplo, el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial de 2024 exige identificar los contenidos generados o creados en colaboración con IA, algo que no se cumplió en el caso de Xun (¿o de Colamedici?). El ocultamiento deliberado de la naturaleza del autor habría vulnerado tanto el actual reglamento como los viejos y olvidados principios de honestidad, de confianza, de buena fe, tanto del lado de la divulgación científica como de la creación literaria y filosófica.
Este fenómeno deja a la luz la vulnerabilidad de los sistemas de validación académica y mediática frente a identidades ficticias bien diseñadas. La credibilidad de publicaciones de expertos que citaron a Xun se vio gravemente afectada, dejó ver una crisis de confianza en los mecanismos tradicionales de legitimación. Y no era para menos.
Desde una perspectiva filosófica, algunos dicen que Jianwei Xun no es un fraude, sino una manifestación de una nueva forma de autoría, en la que la voz surge de la interacción entre inteligencias humanas y artificiales. Xun no existe como individuo, pero sí como “acontecimiento del pensamiento”, una configuración momentánea que plasma el diálogo entre humanos y máquinas. Sin embargo, esta visión, con la que tiendo a estar de acuerdo, no exime de responsabilidad ética a quienes diseñan y sobre todo difunden identidades falsas. La creación de Xun, aunque pueda entenderse como un experimento académico o artístico, no fue presentada como tal desde el inicio, y eso dificulta su justificación moral. El debate recuerda otros casos de seudónimos literarios, algunos que ya mencioné, pero la diferencia es que aquí no hay uno o varios sujetos humanos detrás del nombre, sino una combinación de agentes y algoritmos.
El caso Jianwei Xun obliga a reflexionar sobre la necesidad de nuevos marcos éticos y legales, de transparencia para la creación intelectual en la era de la IA. La protección de la confianza pública se vuelve esencial para evitar la manipulación y el descrédito de los sistemas culturales y académico.
En definitiva, aceptar el hecho de que Jianwei Xun no existe, que es una construcción híbrida entre IA y creatividad humana, nos enfrenta al dilema de cómo mantener la honestidad y la confianza en la cultura y en el pensamiento. Al mismo tiempo, el fenómeno invita a reconsiderar el valor de las ideas independientemente de su origen: si la idea es valiosa, ¿importa quién o qué lo generó? Esta pregunta, lejos de tener una respuesta simple, seguirá alimentando el debate sobre los límites de lo humano y lo artificial en la producción intelectual.
En un mundo donde lo auténtico, lo falso y lo artificial están más mezclados que un licuado multifruta, Jianwei Xun nos recuerda una verdad incómoda: la IA, no contenta con escribir tuits y corregir gramática, decidió que ya era hora de inventarse un filósofo, un filósofo entero. ¿Y qué es lo que sigue? ¿Una IA postulándose a presidente con un discurso generado en 0,3 segundos? ¿O muy pronto descubriremos que eso ya sucedió?
Nota: Esta columna fue escrita por Mercedes Rosende en colaboración con Perplexity y Grok (no, no sé bien quién colaboró con quién).