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    El maestro laico

    Educar sobre un problema no es decirle al alumno qué debe pensar sobre él, sino ayudarlo a estar en mejores condiciones para pensarlo

    Cada 22 de setiembre, el Día del Maestro ofrece una oportunidad para volver a preguntarnos por el sentido de un oficio que cambia con su tiempo y que, sin embargo, conserva una responsabilidad fundamental: poner a las nuevas generaciones en relación con el mundo que reciben.

    Ser maestro nunca ha consistido solo en transmitir conocimientos. Pero tampoco deberíamos caer en la tentación inversa de imaginar al docente como conductor de conciencias, encargado de revelar a sus alumnos cuáles son las ideas correctas, las causas justas o las maneras adecuadas de interpretar la sociedad. Entre esas dos imágenes existe una tradición que merece ser reivindicada: la del maestro laico.

    La laicidad comienza por una profunda confianza en la libertad de conciencia. Por eso el maestro laico no pretende que sus alumnos piensen como él ni confunde educación con adhesión. Su tarea es proporcionar conocimientos, lenguajes y herramientas intelectuales que permitan a cada niño comprender progresivamente el mundo y construir su propio juicio.

    Todo acto educativo contiene una inevitable asimetría. El maestro sabe cosas que el alumno todavía no sabe, selecciona contenidos, formula preguntas y establece límites. Su palabra pesa. Precisamente por disponer de esa autoridad es que debe ejercerla con cuidado.

    La laicidad es también una ética de esa responsabilidad.

    Esto adquiere especial importancia frente a los grandes asuntos del presente. La desigualdad, la violencia, el ambiente, las guerras, las migraciones, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial o las identidades forman parte del mundo en el que nuestros alumnos están creciendo. La escuela no puede ignorarlos, pero tampoco debe convertirlos en una sucesión de respuestas previamente establecidas.

    Educar sobre un problema no es decirle al alumno qué debe pensar sobre él, sino ayudarlo a estar en mejores condiciones para pensarlo.

    Allí aparece el conocimiento: distinguir una afirmación de una evidencia, una opinión de un argumento, una información de una manipulación. Escuchar perspectivas diferentes. Comprender que el respeto debido a las personas no impide el examen crítico de las ideas y que no todas las explicaciones tienen el mismo fundamento.

    Pero el maestro laico se caracteriza también por aquello que sabe callar.

    Hay silencios profundamente educativos. A veces calla porque la palabra debe pertenecer al alumno. Calla para escuchar, para que aparezca una pregunta, para no transformar una conversación abierta en la búsqueda de la respuesta que el docente espera escuchar.

    El maestro sabe, además, que no posee solo autoridad institucional. Puede tener ascendencia afectiva y carisma. Todo ello puede ser valioso para enseñar, pero también exige cuidado. El carisma del maestro no le concede derechos sobre la conciencia del alumno. Cada niño está construyendo su relación con sus afectos, sus creencias, sus dudas y su identidad. El maestro acompaña ese proceso, pero no debe invadirlo.

    Por eso quizá debamos revisar una imagen pedagógica que ha tenido enorme influencia: la del educador como agente de liberación. Esa tradición permitió cuestionar autoritarismos y desigualdades, y ese legado merece ser reconocido. Pero también contiene un riesgo.

    El maestro laico no libera a nadie.

    Quien se atribuye la capacidad de liberar a otro puede terminar atribuyéndose también el derecho de determinar de qué debe ser liberado y hacia qué conciencia debería dirigirse.

    La escuela democrática puede proponerse algo diferente: ofrecer conocimientos que emancipen de la ignorancia, proporcionar palabras, enseñar ciencias, historia, literatura, matemáticas y arte; abrir las puertas hacia mundos que el niño todavía desconoce.

    Después deberá ocurrir algo que ninguna pedagogía democrática debería pretender controlar: cada alumno hará algo propio con aquello que recibió.

    La escuela pública tiene también una responsabilidad ineludible en la formación ciudadana. Pero formar ciudadanía no significa producir adhesiones. Significa enseñar los principios que hacen posible una sociedad de personas libres e iguales, y también aprender a argumentar, escuchar, disentir y convivir con quienes piensan diferente.

    Una democracia no necesita que todos pensemos igual. Necesita ciudadanos capaces de vivir juntos cuando piensan diferente.

    En sociedades plurales, la escuela tiene además la responsabilidad de recibir las diferencias sin encerrar a nadie en ellas. Cada niño llega con una historia, una familia, unas creencias y unas experiencias particulares. Respetarlas es indispensable, pero educar significa también permitir que pueda salir al encuentro de aquello que todavía no conoce.

    Allí aparece una de las funciones más hermosas de la escuela pública: construir un mundo común.

    Un poema, un problema matemático, una experiencia científica, un acontecimiento histórico o una obra de arte pueden convertirse en una mesa alrededor de la cual niños provenientes de mundos diferentes se sienten juntos. Sus diferencias no desaparecen. Simplemente dejan, por un momento, de constituir fronteras.

    La escuela laica no debe elegir entre diversidad y mundo común. Debe respetar la primera y trabajar por construir el segundo.

    Tal vez haya una palabra capaz de reunir todo esto: delicadeza. Educar significa entrar a diario en contacto con conciencias que están construyéndose. El maestro laico sabe que su palabra pesa y aprende a administrarla. Presenta el mundo sin apropiarse de la mirada del niño. Acompaña los desafíos de cada presente sin convertir el aula en una extensión de las disputas ideológicas de los adultos.

    Habla cuando su palabra puede abrir el mundo y sabe callar cuando su palabra podría cerrarlo.

    El maestro no necesita liberar a sus alumnos. Necesita enseñar. Enseñar bien, enseñar mucho, enseñar con rigor y con belleza. Y hacerlo con la delicadeza suficiente para que su propia voz nunca impida que aparezca la voz del otro.