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Bilbao: de la decadencia de los años 80 al “efecto Guggenheim”, una visión integral como motor de regeneración del tejido social y de su trama urbana; ¿por qué no soñar con una Montevideo limpia, ordenada, que valore el patrimonio, si otras ciudades similares y en peores circunstancias pudieron?
Tuve la oportunidad de estar en Bilbao a finales de la década de los 80 y aquello daba pena. La crisis de la industria siderúrgica y naviera, que desde siempre había sido la fuente de su riqueza económica, social y cultural, había convertido a la ciudad en un fantasma sin destino. El puerto y los astilleros abandonados, la ría del Nervión, un foco de contaminación, y su elegante arquitectura de finales del siglo XIX y principios del XX eran el fiel reflejo de la desidia. A su vez, se respiraba un constante desasosiego por el terrorismo de ETA y toda la ciudad irradiaba la decadente sensación de que algo se había roto y que la fractura era irreparable.
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Para finales de la década de los 90, Bilbao era otra ciudad, sus calles lucían limpias y su arquitectura restaurada, la ría se había descontaminado y se la podía transitar con comodidad gracias a una red de puentes, tranvías y metro. Museos, restaurantes y edificios reconvertidos bullían de gente y los arquitectos estrella como Norman Foster, Frank Gehry o César Pelli se disputaban los proyectos. Y todo ocurrió en apenas 10 años.
Llegué de Bilbao hace algunas semanas y doy fe de que el fenómeno que se conoce como el “efecto Guggenheim” es uno de los mayores éxitos de reconversión y regeneración del tejido social y de la trama urbana jamás visto. Pero hay algo engañoso en la nominación, porque el Bilbao de hoy no se reduce a la instalación del Museo Guggenheim, sino que es el resultado de una visión integral sin la cual el museo jamás habría podido tener el éxito que ha tenido.
A principios de los 90, Bilbao comprendió que solo un cambio radical podía torcer su destino, fue así que el gobierno se impuso dejar atrás su pasado industrial para reconvertirse como ciudad de servicios, turismo y cultura. Creó un modelo de cooperación interinstitucional que incluía el consenso político del gobierno de España, el País Vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y el Ayuntamiento. En 1992 todos ellos se unieron, en un programa de gestión a cargo de una sociedad de capital 100% público llamada Bilbao Ría 2000. Sin titubeos ni marchas atrás, la entidad financió, gestionó y blindó el plan maestro de los previsibles vaivenes políticos y electorales. Se fue por pasos, sorteando obstáculos y conflictos, pero a un ritmo feroz.
Primero, la recuperación de la ría y sus espacios verdes, de allí a la infraestructura y al sistema de transporte: carreteras, vías férreas y movilidad interna; un nuevo aeropuerto, obra de Santiago Calatrava, y un sistema de metro, obra de Norman Foster. El plan incluía la reordenación urbana de los barrios deprimidos y, justo cuando se ponía en marcha, Thomas Krens, por entonces director del Guggenheim de Nueva York, lanzó la idea de la internacionalización del museo. Bilbao se presentó y fundamentó su candidatura en el plan estratégico ya en funcionamiento, y lo hizo a pesar del riesgo financiero, político y electoral que implicaba para el gobierno vasco y la diputación. A veces se olvida que el museo es una franquicia y que el terreno y la construcción pionera y millonaria de Frank Gehry corrieron a cargo de los dineros públicos.
Hoy, ante el impacto que tuvo para Bilbao y su proyección internacional, se pierden de vista aquellos riesgos y también las polémicas que generó. Basta con recordar que la oposición a su construcción fue liderada por el escultor Jorge Oteiza, figura legendaria del arte vasco, el que llegó a amenazar con ponerse frente a las excavadoras para frenar las obras. Inaugurado en 1997, el museo amortizó la inversión en tres años y, a pocos meses de su apertura, hasta Oteiza capituló y terminó siendo amigo de Gehry.
Montevideo no está ni cerca del Bilbao de los años 80, pero sus calles, sus espacios públicos y su arquitectura están en un estado deplorable, la basura es un problema sin solución y la circulación un calvario. Su dimensión es casi como la de Bilbao, la que con su área metropolitana cuenta con 1.037.000 habitantes. Entonces, ¿por qué no soñar con una Montevideo limpia, ordenada, que valore nuestro patrimonio, si otros similares a nosotros y en peores circunstancias pudieron? Muchas son las respuestas a esta pregunta casi existencial, pero Bilbao nos enseña que se puede. No es magia, no es milagro, es convicción, objetivos claros y estar dispuesto a asumir riesgos.