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Los de Lust y Salle son casos distintos, pero tienen algo en común: los dos pescan en la pecera de los desencantados de la política tradicional, que es cada vez más grande en Uruguay
Acá todo llega mucho más tarde, porque es como si fuéramos una isla. Somos el país más distinto de toda América Latina. Aquí no tienen éxito los outsiders ni tampoco los extremistas, porque la mayoría estamos ubicados en el centro del espectro político y no nos gusta ni el escándalo ni los cambios bruscos. Estamos más cerca de Europa que de los pueblos originarios de estas tierras. Nietos o bisnietos de emigrantes es lo que somos y eso se nota en nuestra cultura y en nuestros valores democráticos.
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Suena familiar, ¿no? ¿Cuántas veces hemos escuchado conceptos similares? Antes, a mediados del siglo pasado, hasta llegamos a creernos la “Suiza de América”, y hasta el día de hoy persiste esa idea de que somos diferentes, de que nos separan mucho más que las fronteras con los demás países de la región.
Hay algunos indicadores que ayudan a esa autocomplacencia. Es verdad que tenemos mejores índices de desarrollo humano, una clase media un poco más amplia y un sistema político con mucha historia, sostenido por instituciones fuertes y duraderas. Pero nos somos una isla. Es mentira. Se trata únicamente de un consuelo que suele inmovilizarnos.
Capaz que en el pasado más lejano las diferencias eran más notorias que ahora. El problema es que cada vez lo son menos y todos los movimientos que ocurren en América Latina siempre llegan aquí de una forma u otra. Mentira que somos independientes, que nada de lo que ocurra política o económicamente en otros países del continente nos puede salpicar.
Una prueba contundente al respecto. En los últimos años se viene registrando un evidente corrimiento hacia la derecha a nivel continental. Ocurrió en Ecuador, en Bolivia, en Argentina y más recientemente en Perú, en Chile y en Colombia. No solo cambiaron de signo político los gobiernos de esos países, sino que algunos de los presidentes ganadores se ubican bien a la derecha del espectro político, muy alejados del centro. Antes eran mayoría las administraciones de izquierda, y hoy el péndulo se corrió para el otro lado.
Pues Uruguay también está atravesando un corrimiento ideológico hacia la derecha. No muy pronunciado, pero está ocurriendo. Así lo mostró el director de la empresa de opinión pública Ignacio Zuasnabar, durante el último desayuno del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), semanas atrás. “La matriz ideológica prácticamente se ha mantenido estable hasta 2025, que se da la antesala de lo que estamos viendo en 2026: una brecha de ocho puntos (porcentuales) entre la identificación de derecha y de izquierda. Son datos realmente diferentes a los que veníamos viendo y no habíamos visto una diferencia de esta magnitud en todo el siglo”, señaló. Según Equipos, el 34% de los uruguayos se autoidentifica con la derecha, el 26% con la izquierda y el 39% se ubica en el centro del espectro ideológico. Cinco años atrás, las proporciones eran de 31% para la derecha, 30% para la izquierda y 39% para el centro.
Algo está pasando. La supuesta isla se está quedando sin agua alrededor. Ahora autodefinirse como de derecha ya no es una rareza en Uruguay, como ocurría años atrás. Cada vez hay más que se ubican con orgullo en ese lugar del espectro ideológico. Entre ellos hay muchos jóvenes, especialmente varones, al igual que lo que está ocurriendo en otros países.
Senadores como el blanco Sebastián da Silva, que en otro momento no hubieran tenido tanto protagonismo, ocupan los primeros lugares del debate público y empiezan a aparecer entre los dirigentes más populares de la coalición republicana. Da Silva, al igual que su colega Graciela Bianchi, centra su actuación pública en criticar a la izquierda y no tiene ningún problema en defender la forma combativa de hacer política del presidente argentino Javier Milei o del norteamericano Donald Trump o en reivindicar la “derecha popular”. Y ese discurso está teniendo cabida en Uruguay.
Lo mismo ocurre con algunos que son vistos como outsiders por la mayoría de los uruguayos, como el exdiputado Eduardo Lust y el actual legislador Gustavo Salle. Algunas de las últimas encuestas realizadas por las principales empresas de opinión pública registran porcentajes de intención de voto en crecimiento para ambos y ese no es un dato para nada menor. Se acompasa también con lo que está ocurriendo en la región y en una parte del mundo. Los de Lust y Salle son casos distintos, pero tienen algo en común: los dos pescan en la pecera de los desencantados de la política tradicional, que es cada vez más grande.
Así que Uruguay no es inmune a estas nuevas realidades. Cada vez menos. Por eso es hora de tomarse en serio lo que está ocurriendo y fortalecer nuestras instituciones y nuestro sistema político, que tiene fallas importantes, pero que sigue siendo garantía de seriedad y de sentido común en la mayoría de los temas fundamentales.
En unas pocas semanas, los ciudadanos brasileños votarán a un nuevo presidente. Los principales competidores son el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, de izquierda, y Flavio Bolsonaro, de derecha. Si gana Bolsonaro, una posibilidad según las encuestas, Uruguay pasará a ser el único país con un gobierno de izquierda en toda América del Sur. ¿Qué se necesitaría en ese caso? Mucho pragmatismo del gobierno y también de la oposición para intentar seguir el camino de la sensatez y no entrar en una dinámica de fanatismo y de buenos contra malos.
El Frente Amplio (FA) está mostrando señales en el otro sentido. Según informó Búsqueda la semana pasada, está “alerta” para “reaccionar inmediatamente” si surgen “indicios” golpistas de Trump en apoyo a Bolsonaro en Brasil. La misma nota periodística revela además que el FA tuvo un acercamiento con el Partido Comunista de China y que prepara un encuentro con parte de la izquierda continental y mundial en apoyo a Lula.
Pues esa estrategia, entendible en una fuerza de izquierda, no ayuda al gobierno uruguayo si Brasil cambia de signo político. Al contrario, le dificulta su accionar. Da la sensación de que el presidente Yamandú Orsi y otros integrantes de primera línea de su gabinete lo tienen claro. Por más que quizás no fue lo más oportuno que Orsi se haya encontrado esta semana con Lula en Nueva York, a pocos días de las elecciones brasileñas, hasta ahora ha cuidado las formas y no se definió en forma expresa a favor de un candidato, como sí lo hizo Milei, por ejemplo. Está bien, es lo que Orsi tiene que hacer, cada vez más.
Porque el presidente representa a un país y no a una fuerza política. Es el presidente de todos y su aislamiento internacional perjudica al país y no solo a él. Hay momentos para cuestionarlo, pero otros para apoyarlo, desde el oficialismo y la oposición.
El próximo puede llegar a ser uno. Que lo sepan todos, opositores incluidos. Porque no somos una isla, pero al menos, todavía, en algunos aspectos, seguimos siendo distintos. Sería bueno cuidarlo.