• Cotizaciones
    miércoles 04 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Eso es relativo

    Ya no se recurre a los hechos para cambiar (y hasta mejorar) las narrativas, simplemente se los acomoda dentro de lo que la narrativa necesita para poder imponerse sobre las demás

    Columnista de Búsqueda

    Una de las cosas que viene resultando más evidente en la charla pública es que los hechos ya no importan. No es que los hechos no estén allí, es que simplemente ya no hay manera de ponerse de acuerdo sobre ellos. La misma situación, los mismos datos, la misma foto, el mismo video serán “analizados” de manera completamente distinta, dependiendo de en qué narrativa estemos inmersos o a cuál seamos adeptos. Los hechos siguen allí, tercos, inalterables, esperando su futura prueba de carbono-14. Pero como sociedad ya no somos capaces de tasarlos para luego poder actuar en consecuencia. Los efectos de esto son, claramente, catastróficos.

    Un ejemplo concreto: la muerte de Renee Nicole Good en Mineápolis a manos de un agente del ICE, siglas en inglés del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. A la luz de lo que se veía en los muchos videos que se hicieron del momento de los disparos, de inmediato se armaron dos “versiones” sobre los mismos hechos. Los videos, que deberían haber servido para dilucidar unos hechos tan concretos y materiales como la muerte de Good, fueron usados para potenciar dos narrativas distintas. La más delirante, la de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quien afirmó, contundente, que al intentar alejarse de los agentes del ICE Renee Good "utilizó su auto como arma" en un "ataque terrorista doméstico" y que, por eso, los tres tiros que el Estado le pegó en la cara estaban bien dados.

    Sin entrar en ese delicado asunto según el cual, en una situación de confusión callejera, sacar el arma y pegarle tres tiros a alguien en su coche sea parte de algún protocolo razonable en la relación entre ciudadanos y Estado, lo llamativo es la inversión de términos: ya no se recurre a los hechos para cambiar (y hasta mejorar) las narrativas, simplemente se los acomoda dentro de lo que la narrativa necesita para poder imponerse sobre las demás. Esto, que puede parecer delirante (y estúpido en términos de la supervivencia de la especie) y que se ha convertido en moneda corriente en la conversación publica, nos retrotrae a los tiempos previos a la modernidad. A esos tiempos en donde la idea de usar los datos de la realidad para construir mejores estrategias de supervivencia quedaba sepultada por una narrativa omnipotente que demandaba actos de fe ciega. De hecho, ese sigue siendo el método de cualquier religión hoy en día. Lo que estamos perdiendo a toda velocidad es el acuerdo sobre la preeminencia de los hechos por encima de los relatos y su relevancia a la hora de decidir qué caminos colectivos nos conviene seguir.

    Lo que sí hizo la ciencia en su momento fue plantear la idea de que la verdad, esto es, aquello que se puede medir, contrastar y controlar, pertenece a una órbita que es esencialmente distinta a la de las narrativas. De ahí el inmenso valor instrumental de la ciencia, un valor que se encarna en, por ejemplo, la reducción drástica de la mortalidad infantil gracias a las vacunas. Sin embargo, nuestra cabeza, que en alguna parte sigue siendo esencialmente religiosa, descree de los datos, descree de la realidad. Excepto cuando esa realidad le sirve para confirmar su narrativa, sus creencias previas. Y si no le sirve, bien los descarta (“las vacunas producen autismo”), bien dice los disparates que dijo Kristi Noem (“terrorismo doméstico”).

    Lo interesante es que ese mecanismo, tradicionalmente impulsado desde las religiones, lleva cincuenta años siendo impulsado también desde una parte de las ciencias sociales. En su ensayo Cómo defender a la sociedad contra la ciencia de 1975, el filósofo Paul Feyerabend escribía que su intención era “defender a la sociedad y a sus ciudadanos de toda clase de ideologías, incluyendo la ciencia. Toda ideología debe ser vista en perspectiva. Uno no debe tomarlas demasiado en serio. Debe leerlas como cuentos de hadas que tienen muchas cosas interesantes que decir, pero que además contienen mentiras descaradas".

    El relativismo metodológico radical del pensador austríaco, su “anarquismo epistemológico”, era una advertencia sobre los extremos más dogmáticos de unas comunidades científicas que entendía ensimismadas. Era a la vez un llamado a la libertad creativa dentro de la ciencia, cuyos procesos más novedosos Feyerabend asimilaba a los procesos artísticos antes que a la producción científica convencional. De manera indirecta esa idea, la del relativismo y la posibilidad de considerar a la ciencia un cuento de hadas más, está en la base de nuestra actual imposibilidad de mirar unos hechos y extraer una conclusión común que nos resulte útil y operativa para mejorar nuestras vidas. La boutade del epistemólogo se convirtió, en medio siglo, en la moneda corriente de nuestras vidas cotidianas.

    Así, gente que considera que las vacunas son malas puede, al tiempo que descarta cualquier evidencia al respecto, creer ferozmente en la energía de los cuarzos. O puede que gente que dice amar a la familia, la tradición y la propiedad considere aceptable resolver a tiros un cruce de palabras entre una ciudadana y un tipo con la cara cubierta y armado hasta los dientes, que se supone representa al Estado. Lo real no importa. De hecho, se nos dice que no existe o que no hay forma de saber qué es lo real. Así, los hechos se acomodan a lo que se necesite para mantener el relato firme. En esa arcadia feliz de cuarzos energéticos pero formalmente agnóstica, las verdades son siempre múltiples y no existen más allá de nuestros acuerdos grupales. No sea cosa que se nos acuse de querer imponer una única narrativa machirula y heternormativa que afirme que existe una verdad verificable más allá del relato que más nos gusta.

    Es como si aquella vieja pregunta “si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?” nos resultara imposible de contestar. Se dirá “¿y qué importa no poder contestar esa tontería que no tiene la menor relación con nuestras vidas?”. Bueno, lo mismo se podría decir de las afirmaciones de Feyerabend medio siglo atrás, ¿qué peso o importancia puede tener lo que diga un señor a sus alumnos en una cátedra en Alemania o Suiza en 1975? Y sin embargo acá estamos. Las ideas de la academia pueden arrancar como sistematización de ideas que están en la calle. Después, si sobreviven el tiempo suficiente, pueden incluso convertirse en material de política pública. Y si sobreviven aún más, en parte de nuestro “sentido común”, de aquello que nos parece evidente. En parte de una narrativa o relato.

    Obviamente, la “culpa” no es de Feyerabend ni de ninguno de los relativistas posmodernos. Después de todo ellos hablaban para un público universitario, no para una secretaria de Seguridad Nacional maleducada y ultraconservadora. Como tampoco Marx le habló a Pol Pot. Pero esa puede ser, y a veces es, la trayectoria de las ideas cuando vuelven a la calle, muchos años después. Por suerte, ese mismo relativismo nos permite no creerle mucho a nadie, como proponía Feyerabend. Otra cosa es si ese descreimiento que descarta hechos y vacunas mientras elige cuarzos y narrativas sobre “terrorismo doméstico” nos sirve para algo. Parece que no mucho, pero incluso eso es relativo.