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La condena frontal al uso indiscriminado de la violencia en el conflicto israelí-palestino no necesita echar mano a equivalencias falaces; catalogar de “nazis” a israelíes o palestinos solo agrega más leña a una hoguera en la que ya han perecido demasiados inocentes
Declarado fugazmente por el INAU como no apto para todo público, el cuplé de la murga Doña Bastarda no debió ser interpretado como una apología de la violencia. Una lectura atenta muestra lo contrario: se trata de una condena al belicismo y al fanatismo nacionalista.
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El caso, sin embargo, habilita una discusión más relevante y genérica. Para ilustrar los riesgos y consecuencias del nacionalismo exacerbado, la murga construye un paralelismo entre las acciones de Israel en la reciente guerra de Gaza y el Holocausto del pueblo judío a manos del nazismo. Por ejemplo, se traza una equivalencia entre una de las tantas atrocidades documentadas por la historiografía del Holocausto (la fabricación experimental de jabón utilizando grasa humana de los judíos asesinados) y el tratamiento de los críticos de las acciones israelíes en Gaza: “Y a los que me llamen nazi sin tregua y sin compasión los encierro en una jaula y los convierto en jabón”.
La idea de que Israel se ha comportado con los palestinos igual que los nazis con los judíos nació mucho antes de la guerra de Gaza. Es un recurso retórico que parte del campo propalestino utiliza de forma obsesiva desde hace décadas. Ya en 2002, por ejemplo, el premio Nobel de Literatura José Saramago comparó el bloqueo israelí de la ciudad de Ramala en Cisjordania con Auschwitz, el campo de concentración donde fueron asesinados millones de judíos. Este paralelismo, del que el cuplé de Doña Bastarda es un enésimo ejemplo, es a todas luces inadecuado. Aunque existen acusaciones muy graves y fundadas sobre las acciones de Israel en Gaza (incluida la comisión de un genocidio), hay enormes diferencias de sustancia y de contexto entre estas acciones y las del nazismo. Cabe destacar especialmente dos.
En primer lugar, el Holocausto fue una política planificada de persecución y exterminio de la población judía europea. Luego del triunfo del nazismo en 1933, el Estado alemán declaró enemigo al pueblo judío, y dispuso primero su discriminación legal y, posteriormente, su aniquilación física. Por el contrario, el Estado de Israel no planificó ni procuró jamás el exterminio del pueblo palestino. Incluso entre los académicos que sostienen que Israel cometió un genocidio en Gaza, existe un amplio consenso en que esas acciones no son equivalentes a las del nazismo. El propósito de exterminar a un pueblo entero es una clase de genocidio muy específica que no aplica ni a Gaza ni al tratamiento histórico de la población palestina por parte de Israel. Si Israel se hubiese comportado con los palestinos tal como los nazis se comportaron con los judíos, no existiría en la actualidad una población de siete millones de palestinos “desde el río hasta el mar”, incluidos más de dos millones de ciudadanos árabes-israelíes que residen dentro del Estado de Israel con derechos civiles y políticos. Esta constatación en nada minimiza las responsabilidades de Israel en Gaza, donde fueron asesinados cerca de 70.000 palestinos (mayormente civiles). Como expresaron Daniel Blatman y Amos Goldberg, dos destacados historiadores del Holocausto y profesores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, aunque no haya sido Auschwitz ni Treblinka, Gaza es una gran mancha moral que acompañará a Israel de aquí en más y un crudo espejo al que deberá enfrentarse tarde o temprano.
Una segunda diferencia mayor entre Gaza y el Holocausto remite al contexto. Cuando el nazismo ascendió al poder, los judíos europeos no tenían conflicto alguno ni con el Estado alemán ni con grupos específicos de la sociedad alemana. El exterminio del pueblo judío se construyó simplemente a partir del antisemitismo visceral del nazismo, que determinó que el pueblo judío constituía una “raza” inferior que merecía ser borrada por completo de la faz de la tierra. Cuando hablamos de Gaza, en cambio, nos referimos al hito más reciente de un largo conflicto entre dos pueblos que disputan ferozmente sus derechos sobre un pequeño territorio de Medio Oriente. Bajo este conflicto, ambas partes han cometido múltiples atrocidades en diferentes etapas históricas. En el caso específico de Gaza, los crímenes de Israel se produjeron en el marco de su guerra contra Hamás. Dicha guerra comenzó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás (autoridad gobernante de Gaza) invadió sorpresivamente Israel, mató a sangre fría a cerca de 1.200 personas y secuestró a otras 250 personas (de las cuales buena parte fue asesinada también). Esta masacre es el mayor atentado terrorista sufrido por Israel en sus casi 80 años de historia y, aunque haya sido omitida por el cuplé de Doña Bastarda, es otro ejemplo cabal de fanatismo nacionalista. Resulta, por tanto, profundamente problemático establecer una equivalencia entre el exterminio de una población indefensa y los crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco de un sangriento conflicto entre dos movimientos nacionales.
Por desgracia, la frecuente equiparación de las acciones de Israel con las del nazismo se ha transformado en una jugada políticamente rentable: lleva agua para el molino de quienes quieren deslegitimar la existencia de Israel como hogar nacional judío y, al mismo tiempo, licúa la pesada deuda que Occidente arrastra con el pueblo judío, al convertir a las antiguas víctimas en actuales victimarios. El paralelismo, además, es políticamente muy peligroso. Una vez que un adversario es tildado de “nazi”, solo cabe despreciarlo, subyugarlo y destruirlo.
La construcción de falsas equivalencias políticas con el nazismo también es usada con frecuencia en la vereda de enfrente. Concretamente, muchos defensores acérrimos de Israel establecen de forma recurrente analogías entre los defensores de la causa palestina y el nazismo, y acusan a los primeros de portar los mismos objetivos que este último: destruir el Estado de Israel y aniquilar a los judíos que lo habitan. Ha llegado a escribirse, por ejemplo, que “Palestina libre” es el “Heil Hitler” del siglo XXI. En este caso, el propósito es deslegitimar la causa palestina por un Estado propio e instaurar una narrativa de suma cero en la que solo queda como recurso el uso implacable de la fuerza contra un enemigo irreconciliable.
La condena frontal al uso indiscriminado de la violencia en el marco del conflicto israelí-palestino no necesita apelar a equivalencias falaces y dañinas. Catalogar de “nazis” a israelíes o palestinos solo agrega más leña a una hoguera en la que ya han perecido demasiados inocentes. A su vez, evitar la banalización del Holocausto con fines políticos y propagandísticos es un mínimo acto de respeto a los millones de víctimas y sus descendientes. ¿No será tiempo de cambiar el repertorio?