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Aunque con la inflación salimos del bucle de estabilización y crisis, en otros aspectos la sociedad parece seguir atrapada en ciertos patrones mentales que impiden al país avanzar más rápido hacia el desarrollo
Con solvencia académica, el nuevo presidente del Banco Central (BCU) ha venido enfatizando que nuestro país se encuentra en una nueva etapa al haber conseguido, por primera vez en 20 años de historia del régimen de metas de inflación, que la tasa de 12 meses se ubique dentro del rango consecutivamente por dos años.
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Los intentos en las ocho décadas anteriores por contener la inflación casi siempre fracasaron o tuvieron logros parciales; eran ciclos de estabilización y crisis, ilusión y desencanto que dominaban el debate público y nos sacaban del foco de abordar el resto de los problemas nacionales. Según Guillermo Tolosa, ahora sí estamos en la puerta para salir de este interminable bucle. Sostiene que, más allá de esta conquista importante para el país —que debe consolidarse y no puede ser vista como el final del camino—, los uruguayos todavía no disfrutamos los “frutos del nuevo paradigma no por tontos” ni por “mal intencionados”, sino porque la sociedad está atrapada en patrones mentales, emocionales y actitudinales.
Quedan prestamistas que por “cubrirnos de un riesgo que ya es muy bajo” cobran tasas de interés altas; los ahorristas siguen depositando mayormente en dólares, lo que desafía “cualquier métrica de retorno ajustado por riesgo” y restringe la posibilidad de que empresas y hogares uruguayos tengan crédito en moneda nacional accesible; y hay empresarios que acuerdan con sus trabajadores salarios por encima de la pauta “solo para luego darse vuelta y cargar precios más altos”, lo cual lleva a una “trampa colectiva donde no ganan ni unos ni otros”.
El presidente del BCU dice que no existe en macroeconomía la excepcionalidad uruguaya —lo que llama el “Homus uruguayensis”— y, del mismo modo que la tasa de interés como instrumento de política monetaria ha servido para estabilizar los precios en gran parte del mundo emergente, también tenía que funcionar acá.
En otras áreas, sin embargo, parecen persistir ciertos patrones culturales o ideológicos que nos mantienen, como pasó con la inflación, siempre en riesgo de retroceder: muchos siguen aferrados a la idea de que el Estado debe intervenir en todo aunque lo haga de manera ineficiente y sin los retornos esperados para la sociedad. Esas interferencias derivan en déficits que pagamos todos y se traducen en un “costo país” alto que nos hace poco competitivos, un bucle que lleva a la baja inversión y al escaso crecimiento, como el que ha tenido en promedio la economía uruguaya durante la última década. Mercados con poca competencia y demasiado regulados, sectores protegidos y normas laborales restrictivas para lo que son los tiempos actuales conducen a lo mismo: un país que tiene la oportunidad de dar el salto hacia el desarrollo pero que se resigna a ir a paso de tortuga. Un cambio evolutivo en estos aspectos nos es imperioso como país.