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    La escuelita del crimen

    Parece lógico que si un joven estuvo preso en cárcel de adultos, no debería volver a un centro de menores. Todos sabemos que en las cárceles uruguayas la rehabilitación es una utopía, y que, con todo lo que pueda aprender allí alguien que ya cometió delitos de homicidio, lejos está de la vuelta a convivir con otros adolescentes

    Columnista de Búsqueda

    “Delincuentes de poca monta”, dijo Jaime Saavedra y encendió la pradera. Le pegaron militantes de izquierda, integrantes de organizaciones sociales, y hasta el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) y la Institución Nacional de Derechos Humanos. El motín en el centro que dirige, el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa), provocó sus palabras y también los cuestionamientos. Más adelante veremos si estuvo bien, si no, si debió tener más cuidado o si lo que envió fue un mensaje firme hacia adentro. Pero acá hay un punto clave y es donde me quiero detener: uno de los jóvenes que participó de la toma de rehén a una funcionaria había estado un tiempo en el Comcar. Resulta que nuestro sistema establece que los menores que tienen penas por distintos delitos permanezcan en el Inisa cuando cumplen la mayoría de edad. Y la pena máxima para los adolescentes es de 10 años. Calculen. Por eso es que en los centros de reclusión de adolescentes no hay solo menores de edad. Está bien. O no, pero así funciona. Hoy cuatro de cada 10 jóvenes en el Inisa son mayores de edad. Sí, casi la mitad.

    Y en este caso apareció la parte realmente más escandalosa del asunto. Mucho más que las palabras de Saavedra, que fue donde se puso el foco inmediatamente. ¿Cómo es posible que uno de los jóvenes investigado por participar del motín haya pasado una temporada en el Comcar y luego vuelto al centro de menores? No tengo que explicar lo que es, lamentablemente, el Comcar ¿verdad? La escuelita del crimen, como aquel conocido grupo de humoristas uruguayos.

    Bueno, resulta que el joven tiene 19 años y cumplía, desde tres años atrás, una pena por homicidio. Por eso estaba en el centro de bulevar Artigas y Cufré y allí debía terminar su pena. Según informó El País, el 6 de octubre del año pasado salió en una de las licencias estipuladas en su régimen de rehabilitación y no volvió. No solo no volvió, sino que el 25 de noviembre, cerca de su casa, hubo un asesinato y, según la Fiscalía de Homicidios, él fue el responsable. En ese momento ya tenía 19 años, por lo que se pidió su imputación como adulto y se lo envió a la cárcel.

    Sin embargo, en diciembre, al día siguiente de su imputación, el Juzgado de Adolescentes reclamó que le quedaba el resto de pena por cumplir por el primer homicidio, por lo que debía permanecer en Inisa hasta el 2028. La jueza del caso entendió que así debía ser porque la sentencia estaba firme y debía cumplirse en el centro de menores, pero la fiscalía apeló ese fallo.

    Con varias idas y vueltas en el medio, el joven volvió al centro de menores después de haber pasado 20 días preso en el Comcar, pese al pedido de la fiscal Adriana Edelman de reconsiderar esa decisión, justamente, porque el inciso del artículo 92 del Código de la Niñez y la Adolescencia indica que las medidas sobre los menores de edad en ningún caso podrán cumplirse en establecimientos destinados a adultos, salvo cuando por cualquier motivo haya permanecido en una cárcel para cumplir otra medida. Acá está el punto. Si estuvo preso en cárcel de adultos, no debería volver a cárcel de menores. Parece lógico, pero el hecho de que la medida por la que estaba en el Comcar era cautelar y la del Inisa era firme fue clave en la decisión. Debía volver.

    Las normas suelen tener más de una interpretación, pero si prima el sentido común, esto no tiene sentido alguno. Todos sabemos que en las cárceles uruguayas la rehabilitación es una utopía, y que, con todo lo que pueda aprender allí alguien que ya cometió delitos de homicidio, lejos está de la vuelta a convivir con otros adolescentes.

    Ante este panorama, Saavedra planteó que debía revisarse la norma. “Como no se terminó de probar su participación en su delito como mayor y tenía un saldo pendiente, viene para el Inisa. Esto se lo explico a mi nietita de dos años y lo va a entender, porque ese chiquilín que sale del Comcar no puede terminar en el Inisa en ningún caso por un saldo pendiente”. Y sí. El presidente Yamandú Orsi respaldó a Saavedra y se mostró afín a analizar las reformas. Bien. Mientras tanto, el joven sigue en el Inisa, con sanciones impuestas pero en el Inisa.

    Tan delicada es la situación que, si lo pensamos dos minutos, todo está mal en esto. Con los 10 años de pena máxima, si un adolescente ingresa al Inisa con 17 años, puede llegar a permanecer allí hasta los 27. En convivencia con menores, mucho menores, con todo lo que eso implica. Porque, además, no todos los internos del Inisa son asesinos o delincuentes peligrosos. No vale demonizar. Allí también hay adolescentes que cometieron delitos menores y tienen todas las chances de rehabilitarse y encontrar un camino sano. De hecho, es lo que Saavedra plantea desde que asumió. Convenios con empresas privadas, acuerdos para primera experiencia laboral, acompañamiento en la salida.

    Sin embargo, el foco estuvo puesto en sus palabras. “Hubo dos adolescentes, delincuentes de poca monta, que no sé qué se creen que son, que cometieron, en 10 minutos, todo tipo de delitos. Este directorio y este presidente no les tienen miedo, y van a tomar todas las decisiones para que se agraven las penas que tienen y que en la vida cotidiana sufran todas las consecuencias que puedan tener”, dijo el mismo día del motín, en las puertas del centro donde había ocurrido la toma de rehenes a dos funcionarias. Es cierto, quizás la expresión no fue la más acertada. Fue raro escucharlo hablar en esos términos cuando es una persona cuya calidez siempre sorprende para bien. ¿Pero qué esperamos que diga el presidente del centro de detención de menores cuando se ataca así a dos trabajadoras? Unas horas después, en entrevista con Doble click en FM Del Sol, Saavedra dijo que habló en un tono que no es el que usa habitualmente, pero se reafirmó en su postura. “Pensé exactamente lo que iba a decir, todos en mi equipo sabían que yo iba a decir lo que dije”, aclaró, y agregó que “hay momentos para marcar claramente el límite y cobijar a la gente que está atrás tuyo. Precisan escuchar que el directorio está”.

    Pero mientras Saavedra recibió el respaldo del presidente Orsi, del ministro del Interior, Carlos Negro, de otros ministros, senadores y diputados de distintos partidos por su defensa a las trabajadoras y su intención de cambiar la realidad del Inisa, algunas organizaciones lo cuestionaron con dureza.

    El Serpaj indicó que “los y las adolescentes privados de libertad viven en condiciones que implican una vulneración constante de sus derechos humanos” y que las autoridades “tienen la responsabilidad de contribuir a un debate serio, informado y respetuoso de los principios de derechos humanos”. “En este sentido, repudiamos enfáticamente los dichos realizados por el presidente del Inisa”, señalaron. Por el lado de la Institución Nacional de Derechos Humanos, su presidenta, Mariana Mota, dijo en el programa Punto de encuentro de radio Universal que las declaraciones de Saavedra no fueron felices porque “profundizan el concepto de que hay adolescentes que son irrecuperables” y entiende que con ese mensaje se renuncia como Estado a la rehabilitación que impone la Constitución. El comentario va en la dirección de que el presidente del Inisa ha dicho que cree que un porcentaje menor de los internos es irrecuperable, concretamente, cerca del 10%.

    Podemos coincidir o discrepar en si fue feliz o no la frase que se pone en el foco. Pero el foco está claramente en otro lugar. Estamos permitiendo que cada tanto, personas que cometen delitos como adultos vayan a la cárcel y luego vuelvan a convivir con menores, a los que Saavedra respalda e impulsa a su rehabilitación a través de programas y generación de oportunidades que, por los motivos que sean —que en general vienen desde el inicio de sus vidas—, nunca tuvieron.

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