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Es necesario que podamos mensurar las cosas por las que nos indignamos, reclamamos renuncias y hacemos escándalos, y que nos preocupemos con muchísimo más fervor por los hechos que nos ponen en un lugar espantoso como país
Renunciá, Bonomi. ¿Se acuerdan? La frase se repetía como un mantra durante la gestión del exministro del Interior. Quizás en más de una oportunidad con criterio ante hechos que lo ameritaban, pero se reiteró tanto que, en determinado momento, empezó a carecer de sentido y quizás incluso reforzó la permanencia del jerarca. Pocos días atrás apareció el déjà vu. Apenas se conoció el choque del ministro del Interior, Carlos Negro, el pedido de renuncia por parte de algunos dirigentes políticos blancos y colorados apareció como solución a no se sabe bien qué cosa. Negro chocó a un motociclista. No respetó un cartel de pare y circulaba con la libreta vencida. Mal. Dos veces mal. También podemos preguntarnos a quién no le pasó, pero, bueno, eso no justifica el hecho de que un jerarca incumpla las normas que él mismo debe hacer cumplir. Afortunadamente, el joven que circulaba en la moto se recupera; el ministro, cuya espirometría fue negativa, tiene un plazo para renovar su licencia y pagar la multa y, seguramente, también un recordatorio permanente en su cabeza, como las planas que las maestras obligaban a hacer a los niños décadas atrás cuando cometían algún error. “Debo revisar la fecha de vencimiento de mi libreta de conducir”.
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Este episodio, que incluso el diputado colorado Felipe Schipani comparó con el pedido de renuncia por parte del presidente Yamandú Orsi a la ministra de Vivienda, Cecilia Cairo, a solo un mes y medio de asumir —a mi modo de ver, una distancia enorme entre ambos casos—, me llevó a revisar algunas renuncias y sus motivos. Como para ver si mi percepción de la exageración estaba movida de eje. Seré autocomplaciente. Creo que no estoy equivocada. Veamos.
Durante el gobierno de Luis Lacalle Pou la entrega del pasaporte al narco Sebastián Marset y todas sus consecuencias —la mentira en el Parlamento sobre los chats entre los exvicecancilleres Carolina Ache y Gonzalo Maciel, la denuncia sobre destrucción de esos mismos documentos, “perdé el celular”, entre otras cosas— llevaron a la renuncia del excanciller Francisco Bustillo, el exministro del Interior Luis Alberto Heber, el exasesor presidencial Roberto Lafluf, Ache y Maciel. Fue un asunto grave que dejó al gobierno mal parado. Antes se había ordenado la renuncia de la exministra de Vivienda, Irene Moreira, ante la adjudicación irregular de una vivienda a una militante de Cabildo Abierto. También debió renunciar, en este caso al Partido Nacional —después volvió—, la diputada blanca de Artigas Valentina Dos Santos, al haber sido condenada por usurpación de cargo en el marco de la investigación de las horas extra en la intendencia, por la que también fue condenado el exintendente blanco Pablo Caram. Pero hay más. La del presidente del Directorio del Partido Nacional, Pablo Iturralde, luego de publicado un chat en el que se refería a la investigación por casos de abuso sexual sobre el exsenador Gustavo Penadés y, además de asegurar que la fiscal del caso, Alicia Ghione, era de su palo político, trataba de “cagón” al exfiscal de Corte, Juan Gómez. También estuvo la del actual intendente de Salto, Carlos Albisu, cuando, como presidente de la Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, hizo ingresar de forma directa a ediles y militantes de su sector político al organismo. Hay más, pero la muestra alcanza.
En el gobierno actual, en solo un año también existió una serie significativa de casos inaugurada por Cairo, por no haber regularizado el terreno en el que vive y no haber pagado los impuestos correspondientes, pero hubo más. La exvicepresidenta de la Administración Nacional de Puertos, Alejandra Koch, renunció después de haber votado el ascenso de su esposo, entre otros. El presidente del Instituto de Colonización, Eduardo Viera, debió dejar su cargo a poco de asumir por la incompatibilidad de su condición de colono con la presidencia del organismo. Y, si bien no terminó en renuncia, el caso del presidente de ASSE, Álvaro Danza, tuvo un debate público intenso que hizo que renunciara a su actividad privada luego de los cuestionamientos éticos por parte de la oposición. Y si vamos más atrás en el tiempo, encontraremos otros ejemplos que dejan la situación de Negro como un grano de arena. Sin ir más lejos, debió renunciar un vicepresidente de la República. No tengo que recordar los detalles del caso Sendic, ¿verdad?
En la sesión de ayer miércoles en la Comisión Permanente, a la que había sido citado el ministro y otras autoridades para hablar de las cifras de delitos, afortunadamente ya no aparecieron los pedidos de renuncia, sino un reclamo de disculpas públicas por las faltas y advertencias sobre la propia seguridad del jerarca, quien, según varios legisladores, debe viajar con chofer y custodia. Digo afortunadamente porque era un circo que nadie necesitaba. Se pueden cuestionar las políticas de seguridad, el rumbo, las decisiones, los números de los delitos que no bajaron e incluso las infracciones de tránsito y sus consecuencias, que fue lo que sucedió. Primó esta vez la cordura y las diferencias pudieron debatirse en el terreno del respeto y la ubicación. Por eso también es importante poner este asunto a discusión.
Parece una contradicción, pero no lo es. No elijo hablar de esto para darle más relevancia y visibilidad, sino todo lo contrario. Es necesario que podamos mensurar las cosas por las que nos indignamos, reclamamos renuncias y hacemos escándalos. Quiero que nos preocupemos con el mismo o con muchísimo más fervor por los hechos que nos ponen en un lugar espantoso como país. La situación de los niños que viven en hogares del INAU con consecuencias inaceptables en muchos casos, la pobreza infantil de la que ya no hablamos tanto a pesar de que estuvo en todos los programas de gobierno de los partidos que se presentaron en 2024 a la elección, la enorme cantidad de gente que sigue viviendo tirada en la calle, los homicidios que no aflojan, el narco que sigue captando adolescentes ante los ojos impotentes de sus vecinos. Podría seguir enumerando cosas que tienen que hacernos salir de la chiquita en forma urgente. Podría, pero ya me amargué.