Desde el intento de femicidio ocurrido el 1º de setiembre en Facultad de Medicina, la Universidad de la República (Udelar) viene atravesando un profundo proceso de revisión interna liderado fuertemente por el orden estudiantil.
Por primera vez en la historia de la Universidad de la República, hubo una ocupación por una universidad libre de violencias de género
Desde el intento de femicidio ocurrido el 1º de setiembre en Facultad de Medicina, la Universidad de la República (Udelar) viene atravesando un profundo proceso de revisión interna liderado fuertemente por el orden estudiantil.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAnte el horror de lo sucedido, la primera reacción de la Udelar pareció no dimensionar del todo los hechos y, en una publicación de Instagram demasiado escueta, expresaba su “conmoción y solidaridad ante la agresión a una estudiante”. Las respuestas no tardaron en llegar: “Eso no fue agresión! Fue intento de femicidio está más que claro”. También: “Espero mucho, muchísimo más de la Udelar que un comunicado como este”.
Mientras tanto, estudiantes de los distintos servicios ya estaban convocando a un paro de 24 horas con movilización frente a la Facultad de Medicina. Con un poco de delay, la Asociación de Docentes de la Udelar (Adur) se sumaba a la movilización y convocaba a un paro de apenas tres horas, con la excepción de algunos servicios como Facultad de Artes, que prefirió acompañar la propuesta de estudiantes parando 24 horas.
Pero no fue “el paro”, fueron los gritos y los cuerpos de estudiantes en el espacio público los que lograron sacudir el letargo institucional. Fue el orden estudiantil decretando la ocupación en una, dos, tres, nueve facultades. Fueron las y los estudiantes haciéndose cargo de la institución a la que pertenecen, exigiendo un freno a la inercia cotidiana que nos acostumbra a mirar para el costado y seguir como si nada pasara.
Así, el viernes 4 de setiembre el Consejo Directivo Central resolvió el cese de actividades académicas, primero hasta el martes 8 y después hasta el sábado 12. Como una melaza incómoda, el diálogo colectivo durante cada uno de esos días fue calando hondo en la comunidad universitaria, removiendo estructuras densas, poniendo algunos temas por primera vez sobre la mesa. Y por primera vez en la historia de la Udelar, hubo una ocupación por una universidad libre de violencias de género.
La movilización de los distintos colectivos, pero muy particularmente del orden estudiantil, logró lo que la institución no estaba pudiendo desde hacía mucho; logró lo que la investigadora y académica feminista inglesa Sara Ahmed llamaría “oír con un oído feminista”. Cuando nos enseñan a silenciar siempre a las mismas personas, desarrollar un “oído feminista” es un verdadero logro: es poder oír a quienes nadie oye, amplificar las voces sistemáticamente silenciadas. En su libro ¡Denuncia!, Ahmed desarrolla una serie de investigaciones sobre lo que sucede cuando estudiantes, docentes y trabajadores de una universidad denuncian acoso sexual, violencia y discriminación dentro de la propia institución. Desarrollar un oído feminista, dice Ahmed, puede pensarse como una táctica institucional: “Para oír las quejas hay que desarmar las barreras que nos impiden oírlas, y cuando digo barreras me refiero a barreras institucionales: las puertas y las paredes que hacen que mucho de lo que se dice y se hace se vuelva invisible e inaudible”. Para oír las quejas es necesario desmantelar las barreras, y para eso primero se precisa tomar conciencia de cuáles son las barreras que tiene la institución.
Lo que las movilizaciones de estos días lograron fue no solamente darles a los hechos ocurridos la importancia que ameritaban, sino también darle a toda la comunidad universitaria (docentes, funcionariado, estudiantes) el tiempo necesario para revisar las prácticas de violencia, acoso y discriminación que cada día tienen lugar en la propia institución. Y cada colectivo aceptó el desafío de mirar hacia donde incomoda, de revisar las lógicas internas, anquilosadas por un funcionamiento históricamente patriarcal, que todavía es invisible para muchos. Esto permite agrietar la imagen monolítica de una universidad comprometida con la igualdad y en contra de la violencia de género, para mirar realmente hacia adentro y ver qué pasa cuando la violencia ocurre en el interior de los espacios propios. Como pregunta Ahmed: ¿Qué hace una institución con aquello que la denuncia? ¿Cómo responde? ¿Qué mecanismos pone en funcionamiento? ¿Qué escucha y qué deja de escuchar?
Las ocupaciones estudiantiles fueron más que una medida de protesta: lograron que la denuncia permaneciera abierta y generara cambios de un modo lento, por goteo, a fuerza de encontrarse y dialogar. Probablemente el mundo siga siendo machista y violento por un buen rato, por eso se agradece cada esfuerzo colectivo por buscar algo mejor.