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    jueves 11 de julio de 2024

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    La víctima como héroe

    Hace un tiempo, un amigo de toda la vida me contaba que su sobrina, argentina, le había preguntado cómo era que no reclamaba dinero al Estado por ser víctima de la dictadura. Mi amigo, que anda arriba de los 50, tenía claro que la dictadura uruguaya se había terminado hacía décadas, pero le quedó picando en la cabeza la idea de si él seguía siendo, casi cuarenta años más tarde, una víctima. Y, si por eso, el Estado le debía algo. A mi amigo, un ingeniero que trabaja en innovación, nunca se le había ocurrido que pudiera ser ese el aspecto de su identidad que lo definiera para toda la vida, pero el comentario de su sobrina lo dejó pensando un rato.

    A mí, la idea de ser eterna y definitivamente una víctima de algo que ocurrió hace 40 o 50 años me pareció llamativa. No hablo aquí de aquellos con quienes el Estado tiene realmente una deuda, como es el caso de los familiares de desaparecidos, por ejemplo. Hablo de gente que vio su vida afectada de manera radical por algún suceso que modificó su existencia y le dio un nuevo rumbo desde entonces. Un suceso como, en mi caso, pudo ser la última dictadura. Me llamó la atención la idea de que un hecho que nos afectó durante un período limitado de tiempo en nuestras vidas pudiera ser la parte que define nuestra identidad, aquello que nos nombra: víctima. Y que buscar una restitución de parte de la sociedad pasara a ser una parte central (y natural) de nuestra actividad presente.

    En un interesante artículo publicado por la revista digital argentina Seúl, el crítico literario francés Roland Béhar cita al antropólogo François Azouvi, también francés, para postular que “la cultura occidental ha pasado de una inmemorial ética del heroísmo a una ética del victimismo, la cual se ha de relacionar con el receso de lo religioso como forma institucionalizada. La religión de las víctimas es la religión de un mundo totalmente secularizado, sin salvación posible, sin trascendencia alguna: en un mundo sin Dios, los únicos absolutos que subsisten son el mal y su testigo, su mártir: la víctima”.

    Y creo que justamente va por ahí la cosa que dejó pensando a mi amigo, seguramente sin saberlo: la entronización de la víctima como protagonista de la historia y el abandono del héroe, que ahora es considerado un machirulo arrogante y temerario que nos pone a todos en peligro, siguiendo el mandato del inmemorial patriarcado que nos domina desde siempre. De ahí que toda idea de cambio sea vista ahora como necesariamente asociada a una compensación por un daño previo, antes que como resultado de un proceso de búsqueda del bien común. Se identifican colectivos de víctimas, y, a partir de ahí, se establece un ranking de restituciones. El espacio común no es relevante y, por lo tanto, cuidarlo no parece ser tarea de nadie. Eso sí, después nos horrorizamos por la polarización que nos pasa por arriba. Quién iba a decir que enfatizar la diferencia iba a dar como resultado el debilitamiento de las zonas en común. No se podía saber, claro.

    Y, sin embargo, más allá de la ironía, las víctimas existen. Son reales y merecen nuestra atención. Lo que, sin embargo, no equivale a guiar nuestras políticas públicas solamente por la restitución de ofensas pasadas. O por establecer un ranking de victimismo en el que aquellos que hayan recibido más afrentas y dolor en el ayer reciban más ayudas y apoyos. Entre otras cosas, porque no se trata de las mismas personas: ni quienes cometieron los abusos en el pasado, ni quienes los recibieron son las mismas personas que quienes los cometen y los reciben hoy. Eso sería establecer un criterio en el que la opresión, la culpa y su restitución no son individuales, sino colectivas. Es verdad que algunos colectivos siguen estando en el margen (pienso en que la proporción de afro uruguayos pobres duplica la proporción nacional, por ejemplo), pero no es seguro que el camino para equilibrar las cosas en el punto de partida (es decir, en las oportunidades que se tienen al nacer) sea el de la mera restitución y los rankings de dolores recibidos.

    Vivimos en momentos en los que plantear que quizá apelar a lo identitario para hacer justicia no viene demostrando ser demasiado útil, lo hace a uno merecedor de la cancelación, ese mecanismo que sirve para no discutir qué es mejor o peor y que todo lo convierte en ofensa o agresión. A pesar de lo que crea esa cultura canceladora, todo esto tiene efectos en las gentes del mundo real, no son cosas que ocurran en abstracto y menos desde que son los criterios con los cuales se empiezan a plantear incluso las candidaturas partidarias. Por cierto, más allá de la paridad de las fórmulas, la carta de la candidatura femenina no parece haber pesado mucho en el electorado que concurrió a las elecciones internas.

    Según Mercedes Navío, psiquiatra que dirige los hospitales de la Comunidad de Madrid, “vivimos un momento en el que nadie quiere ser una víctima, pero todos quieren haberlo sido por el prestigio social que esta identidad ha adquirido”. Y agrega, pensando en la salud mental de las nuevas generaciones: “Creo que es muy dañino por cuanto es epidérmico, impostado, es algo que no se arraiga profundamente en quién eres y en el sentido de tu propio propósito. En los ejercicios de memoria victimista nos olvidamos de una frase de Saramago: ‘Somos memoria, sin memoria no seríamos, pero sin responsabilidad no merecemos ser’”.

    Se dirá que todo este asunto es irrelevante, algo propio de sociedades ricas, como las europeas, que ya han solucionado muchas de las cuestiones estructurales, como la pobreza, el acceso a la salud y la educación pública de calidad. Sin embargo, siguiendo nuestra tradicional posición subordinada, muchos países no desarrollados, y hasta nuestro llamado “sentido común”, vienen comprando esa mercadería. Y se la compra sin tomarse la molestia de ver si efectivamente cumple lo que promete. De la misma forma que somos muy exigentes para pedirles precisión a las encuestadoras cuando adelantan datos electorales, somos incapaces de evaluar si una política pública diseñada hace más de una década funciona o no. Es decir, si cumple su cometido último. Y no somos capaces de evaluarla porque es mucho más sencillo creer que basta con que nuestra política tenga buenas intenciones. Porque la política identitaria es antes que nada un ranking moral, no uno que sea capaz de tasar hechos materiales.

    Si todos somos víctimas de alguna clase y para siempre, las víctimas reales y tangibles se pierden en la marea. Si las discriminaciones son el único medidor de merecimientos y solo sirven para posicionarnos en un ranking de restituciones según nuestra pertenencia a determinados colectivos, perdemos inevitablemente de vista los espacios comunes. Y sin espacios comunes que cultivar, lo único que queda como terreno de intercambio será la polarización misma. Cuando la política deja de funcionar como el espacio en donde se construyen puentes y acuerdos entre distintos, es cuando prosperan los outsiders. En ese sentido, la polarización actual es en alguna medida hija de unas políticas que han abrazado la diferencia como único valor y han colocado a la víctima como el nuevo héroe de nuestro tiempo.