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    No todo es violencia de género

    Estamos acostumbradas a que nos midan con una vara distinta, a que tenemos que demostrar capacidad antes de ocupar un lugar que normalmente sería de un hombre; pero tenemos que aceptar que nos puedan cuestionar; no que nos agravien, no que nos hostiguen, pero sí que nos cuestionen como a cualquiera

    Columnista de Búsqueda

    Para hablar en serio sobre este tema tenemos que partir de una base obvia. Las mujeres estamos sometidas a un mundo machista desde el momento en el que nacemos. A sus decisiones, a sus ninguneos, a sus ataques. A sus asesinatos. El patriarcado como regulador de la sociedad está ahí, permanentemente. Los años y las luchas de muchas lograron torcer un poco la balanza, pero falta tanto, tanto.

    Desde siempre sabemos y nos acostumbramos a que todo lo tenemos que demostrar. A que nos midan con una vara distinta a la de los varones, a que, si somos capaces, tenemos que dejarlo clarísimo antes de ocupar un lugar que normalmente sería de un hombre. Lo sabemos todas y lo saben todos.

    Por eso es tan difícil poner este tema en debate. Porque bajo estas premisas las mujeres solemos ser violentadas sin pausa. Sin embargo, tenemos que poder discutir sobre esto y separar los tantos. ¿A dónde voy? A los últimos comunicados del Frente Amplio sobre distintas mujeres integrantes del gobierno y lo que se entiende por violencia política basada en género.

    A nadie escapa que hay un grupo de mujeres políticas que son frecuentemente insultadas sin tregua, en especial en redes sociales. Cosa de todos los días. Les pasa a ellas, nos pasa a las mujeres periodistas, a las feministas en general. A toda mujer que, de alguna manera, tenga exposición y manifieste sus ideas. El mundo de las redes y los valientes sin cara es tan insondable como aterrador. Pero también es, al menos por ahora, incontrolable. Y ahí sí vemos desplegada la violencia de género en su máximo esplendor. Cualquier planteo político que salga de la boca de una mujer es blanco fácil de ataque, insulto, agravio, amenaza. A algunas las atacan por ser hijas de, sin dejar lugar a que puedan tener su propio valor político y humano. A otras porque acceden a lugares de poder que otros envidian, a otras solo porque piensan diferente, a otras porque no tienen más miedo.

    Pero tenemos que poder separar las redes de la vida real. Hay mujeres a las que el hostigamiento digital no les da respiro. Y a eso suman el hostigamiento en la vida real. El caso de Fabiana Goyeneche, que hace poco resurgió con furia, es paradigmático. La odian desde que apareció como cara visible en contra de la baja de edad de imputabilidad. Su frase posterior, alusiva al derecho a la gente a vivir en la calle —que probablemente haya cambiado con el paso de los años y la realidad que rompe los ojos—, la persigue desde entonces. Se puede compartir o no su forma de pensar, pero algunos consideran que cada vez que su nombre aparece es momento de pegarle a morir. Ese es solo un caso, pero es, creo, el más elocuente. Pasa con María Fernanda Souza, hija de la experiodista y senadora Blanca Rodríguez, pasa con Florencia Astori, hija del fallecido referente frenteamplista Danilo Astori, a la que le adjudican un regalo de un museo que jamás existió. Pasa y seguirá pasando. Y no solo con las mujeres de izquierda, por supuesto. ¿Leyeron o escucharon las cosas que les han dicho a María Eugenia Roselló o a Valeria Ripoll? Solo por nombrar algunas.

    Después, y en un plano diferente, están las criticas públicas a mujeres políticas que pueden tener su componente machista —como casi todo—, pero que tenemos que poder aceptar que sean cuestionamientos a propuestas o planteos, y que tenemos que poder recibir. Porque no puede empezar a quedar en el aire que, por ser mujeres, no nos puedan criticar. Sé que no es el caso de las mujeres aludidas en los comunicados del Frente Amplio, como la ministra Cristina Lustemberg, la subsecretaria Gabriela Valverde o la senadora Blanca Rodríguez. Pero justamente para que eso no quede en el aire y se empiece a instalar la idea de que las mujeres políticas “se victimizan”, como ya empezamos a escuchar, es que creo que este tipo de comunicados no ayudan. ¿Por qué? Bueno, porque como dice el texto, se apela a “la responsabilidad de todas las fuerzas y dirigentes políticos a desterrar el insulto, el agravio y la confrontación violenta como práctica habitual de relacionamiento y el fortalecimiento de la democracia”, en relación con lo sucedido con estas dirigentes, a lo que además califican como violencia política basada en género. De acuerdo. Sería lo deseable en todo relacionamiento sin distinción. Pero eso no puede implicar que no se pueda criticar o cuestionar una postura pública de una mujer política. El tono o la forma es otra cosa.

    En los casos mencionados hay una excepción —a mi modo de ver— y es lo que pasó con Gabriela Valverde. El senador nacionalista Carlos Camy le dijo, palabras más, palabras menos, que si fuera hombre, la discusión que estaban teniendo terminaba de otra forma. En uruguayo, a las trompadas. Claro que es violencia. Violencia de género con todas las letras. El senador se disculpó y bienvenidas sean las disculpas.

    Pero no es todo lo mismo. La senadora Rodríguez hizo un planteo político y la criticaron, alguno la chicaneó, pero como en general sucede cuando alguien hace una propuesta que puede tener su polémica. Es cierto, no es la primera vez, pero ¿tenemos que enmarcarlo en violencia política basada en género? A Lustemberg, el senador blanco Martín Lema le dijo palabras fuertes —”está hasta las manos”—, cuestionó su gestión y la denuncia que el ministerio hizo contra el anterior subsecretario de salud. Habló de canallada. Pero, de nuevo, ¿tenemos que tomar estos casos como violencia política basada en género? ¿Esas críticas se dieron porque son mujeres? ¿A las mujeres no se nos puede criticar cuando tenemos actividad pública y hacemos propuestas y tomamos decisiones? Sí, nos critican más, son mucho más duros, pero tenemos que aceptar que nos puedan cuestionar. No que nos agravien, no que nos insulten, no que nos ninguneen ni que nos hostiguen. Pero sí que nos cuestionen como a cualquiera.

    No es fácil marcar la línea. Tampoco es fácil no salir en respaldo inmediato a una mujer cuando es atacada. En especial cuando los señalamientos se repiten. Pero no podemos mezclar. Sé que algunas —probablemente muchas— no se sientan representadas con estas palabras, pero lejos de ser agraviantes buscan que pensemos dónde ponemos la línea. Si todo es violencia de género, al final nada lo es. Y eso es lo peor que nos puede pasar.