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Los partidos políticos tienen entre sus desafíos pendientes argumentar, convencer, plasmar y evidenciar que es posible congeniar libertad e igualdad superando las diferencias clásicas entre izquierda y derecha
La producción y el debate de ideas es una fuerza motora de las sociedades, de su voluntad, convencimiento y capacidad de atreverse a ir mas allá de las coyunturas y los inmediatismos, y con la mirada puesta en mejorar la cultura del pensamiento y la calidad de vida. Una sociedad no avanza por las inercias y los ritmos cansinos de lo que siempre está habituado a ser dentro de los márgenes de lo “correcto”, renuente a los riesgos y sin utopías que la muevan. El quedarse quieto, no agitar olas y en todo caso optar por cambios incrementales dentro de lo conocido y controlable puede “pagarse” en menos bienestar y oportunidades, mayor desigualdad y segmentación, y en más pobreza y marginalidad.
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Lamentablemente, los debates tienden en la actualidad a desnaturalizarse, fomentan la violencia simbólica y se transforman en enfrentamientos crispados y fanatizados entre personas, grupos y comunidades que no están interesados en participar de espacios comunes para forjar construcciones colectivas. Predominan más bien los tribalismos, los particularismos identitarios y la negación de lo que es diferente a lo que se predica sindicado como la razón “suprema”.
Asimismo, la desnaturalización del debate se nutre del vaciamiento ideológico y programático. Como si en realidad no se debiera “perder” el tiempo en discutir ideas cuando lo que se tiene que hacer es evidenciar gestión y resultados más allá de su significación e impactos. Claro está que resulta difícil llevar a cabo iniciativas y programas en ausencia de reflexión y posicionamiento sobre los sentidos, contenidos e implicancias acerca de lo que se hace. Por otra parte, las ideologías son fuente de fricción y de mala prensa cuando se las vincula, por ejemplo, a las denominadas batallas culturales sobre las identidades que generan alta fricción y minan puentes entre diferentes así como obstaculizan acuerdos y avances sobre los derechos de las personas.
Los embates al intercambio de ideas y a fijar posición programática sobre los temas llevan en buena medida a la pérdida de relevancia de las ideologías más clásicas asentadas en los ejes liberalismo-socialismo, conservadurismo-progresismo e izquierda-derecha. Viviríamos en sociedades posismos, donde ya no hay necesidad ni tiempo para discutir sobre la esencia de la ideologías, es decir, sobre un conjunto articulado y evolvente de principios, valores, creencias y conceptos que confieren sentido a los imaginarios de sociedad perseguidos así como coadyuvan a la compresión y a la acción política —referencias, entre otros, al politólogo británico Michael Freeden y al filósofo político italiano Norberto Bobbio.
El descrédito y el desuso de las ideologías como sistemas de pensamiento y acción pueden llevar a cierta mezcolanza acrítica y antojadiza de ideas sin sopesar ni su alcance ni sus implicancias. El poder beber, aprender y extrapolar de diferentes fuentes, y avanzar hacia una hibridación virtuosa de enfoques, marcados por la apertura de pensamiento y la heterodoxia, se contrapone a usos oportunistas y coyunturales de ideas sin profundizar en su basamento. La hibridación lúcida y constructiva aparece como una alternativa a la mezcolanza cortoplacista y superflua a la luz de jerarquizar la producción y el debate de ideas.
Uno de los mayores desafíos de la profundización ideológica yace en lograr una adecuada simbiosis entre los conceptos de libertad e igualdad, que, a la vez de vertebrar, marcaron distancias históricas entre los planteamientos más a la derecha o la izquierda del espectro ideológico. No se trata de dirimir o inclusive de evaporar diferencias entre ideologías de larga data, y que permanecen ancladas en identidades aunque desdibujadas y con incidencia decreciente.
Más bien se trata de mancomunar las ideas de libertad e igualdad para que efectivamente sean el sostén de una democracia revitalizada como modus de vida y, principalmente, como una vía potente y efectiva de responder a las expectativas y necesidades sentidas por diversos segmentos de la población, y por la ciudadanía. La democracia no se sostiene solo como régimen político frente al desafío que implica contrarrestar su erosión, que cruza a diferentes regiones del mundo y golpea fuertemente a las generaciones más jóvenes.
La simbiosis libertad-igualdad parecería ser la vía de fortalecer la democracia asentada en marcar las coincidencias de fondo entre ideologías que otrora pudieron verse como opciones mutuamente excluyentes. Bajo una premisa de inclusividad, nos tomamos el atrevimiento de conectar algunas de las ideas fuerza de dos pensadores del siglo XX que representan ciertamente el pensamiento liberal —Raymond Aron— y el socialismo liberal —Norberto Bobbio—. Seguramente esta coincidencias fueron ya explicitadas y discutidas, pero quizás no se las vio tan claramente en su potencialidad de tender puentes entre dos corrientes de pensamiento —el liberalismo y el socialismo liberal— que están ante la necesidad de reposicionarse a la luz de los extremismos que las desvirtúan y atacan sin piedad.
Raymond Aron —francés, sociólogo y filósofo de la historia— fue un adalid del pensamiento liberal en un sentido filosófico y político. En su última lección magistral en el Collège de France en abril de 1978, Aron argumenta en torno a un concepto comprehensivo de las libertades que se conforma por tres peldaños interconectados, a saber:
las libertades personales, que incluyen la seguridad garantizada por la Policía y la Justicia, de poder desplazarse sin pedir permiso a nadie, de elegir empleo o trabajo, y la libertad de opinión. Esto implica que la libertad de la persona no es solo económica, sino guarda estrecha relación con protegerla en su integridad e integralidad;
las libertades políticas, que se condensan en “votar, protestar y reunirse”, y que tienen esencialmente que ver con “el poder infinitesimal que cada uno tiene el día de las elecciones”;
las libertades sociales, que son aquellas que posibilitan el ejercicio efectivo de las libertades y que implican la conjunción de los medios de los que dispone cada persona con “los medios específicos que el Estado pone a disposición de quienes los necesitan”. Se trata de un Estado que asume la responsabilidad de igualar en oportunidades y reducir brechas para garantizar que las personas puedan ser efectivamente libres (libro Libertad e igualdad. Conferencia en el Collège de France, Página Indómita, Barcelona, pp. 53-61).
Los tres tipos de libertades, propuestos por Aron, dan por tierra con la idea de que la libertad bajo una concepción liberal implica reducirla a la libertad económica, o dejar al Estado circunscripto a un rol de juez y gendarme que, en todo caso, sería uno de los cuatros aspectos que Aron menciona bajo el paraguas de las libertades personales.
Por otra parte, el filósofo político italiano Norberto Bobbio, de impronta progresista, identifica tres niveles en la consideración de la libertad que guardan relación con los tipos de libertades esbozados por Aron. Bobbio se refiere a:
el nivel liberal, que implica la protección de la persona contra toda injerencia que no le permita ejercer su libertad;
el nivel democrático, que supone la participación de la persona en la conformación de las normas que regulan la sociedad;
el nivel socialista, que tiene que ver con la concreción de oportunidades y hechos para que las personas puedan desarrollarse de acuerdo con lo establecido en las normas constitucionales.
Asimismo, Bobbio alude a la igualdad como justicia, y que implica, en un similar razonamiento al de Aron, y más profundo en su impronta social, que el Estado trate igualmente a los iguales y desigualmente a los desiguales. El ideal de Estado social se asocia a igualar en oportunidades para que las personas puedan desenvolverse de acuerdo con sus preferencias y capacidades, y satisfacer sus necesidades. Según argumenta Gregorio Peces-Barba, que fue catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid, la compatibilidad del liberalismo y del igualitarismo reside en la “extensión de los derechos humanos y en la inclusión, entre los mismos, aquellos de inspiración socialista” (libro Igualdad y libertad, Página Indómita, Barcelona, 2020, p. 43).
La simbiosis entre una concepción comprehensiva de la libertades y una noción de la igualdad entendida como justicia podría constituir una vía de fortalecer la democracia en cuanto a un renovada agenda sustentada en un acuerdo político y social que involucre a los gobiernos, partidos políticos, ciudadanía, sociedad civil y sectores productivos. Sobre la base de los aportes realizados desde el liberalismo y el socialismo, se puede avanzar en una hibridación virtuosa y abierta a nuevas formas de fortalecer la democracia.
Los partidos políticos tienen entre sus desafíos pendientes argumentar, convencer, plasmar y evidenciar que es posible congeniar libertad e igualdad superando las diferencias clásicas entre izquierda y derecha. Entre otros temas candentes, se podrían priorizar:
el desarrollo del pensamiento y las capacidades de las personas para procesar y tomar decisiones autónomas sobre sus vidas individuales sin subestimar su potencial y sin alimentar su dependencia de las ayudas;
reducir las brechas por la vía de políticas intersectoriales e interinstitucionales que fortalezcan a las personas, familias y comunidades en tener las oportunidades y herramientas para salir de situaciones de vulnerabilidad que no solo se explican por condicionantes socioeconómicas;
escrudiñar en profundidad cuán efectivamente igualitario es el Estado en tratar a los desiguales por vías diferenciadas sin estigmas ni transformarlos en solo recipientes de transferencias o de compensaciones;
dejar de considerar al Estado como la solución privada y a medida de necesidades personales así como de predominio de intereses corporativos de izquierda y derecha, que se sitúan por encima de las necesidades de la población, y en particular de los más vulnerables;
promover la libertad y la autonomía de pensamiento en toda su amplitud y desarrollo, así como protegerla, en todos los espacios de formación de las nuevas generaciones, así como de las personas adultas.
Como arguye Bobbio, el apego a los derechos humanos y a la libertad implica límites al poder del Estado, y, a la vez, una acción positiva del Estado en la efectivización de derechos sociales. Bobbio acota que “la libertad y la igualdad son los valores que se hallan en los fundamentos de la democracia” (obra citada de Bobbio, p. 48). Encontrar un justo balance entre ambos valores va a redundar en favor del ethos democrático.